Un domingo, Alba decidió visitar a su abuela e intentar animarla contando historias divertidas como hacía antes. Sin embargo, todas sus bromas sonaban vacías y forzadas. Ya no le quedaban risas robadas para ayudarse, y sus propias palabras no conseguían sacarle ni una sonrisa a su abuela. Su abuela la miró con cariño, pero también con una tristeza que Alba no sabía cómo arreglar.
Eso la hacía sentir terriblemente mal.