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Sherlock Holmes - El carbunclo azul, El carbunclo azul - 02 – Text to read

Sherlock Holmes - El carbunclo azul, El carbunclo azul - 02

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El carbunclo azul - 02

Tomó el sombrero y lo miró con la manera introspectiva que le era característica.

—Es tal vez menos sugerente de lo que podría haber sido—dijo,—y sin embargo, hay en él algunas inferencias muy claras, y algunas otras que representan por lo menos grandes probabilidades. Que el hombre es muy inteligente, aparece claro en la parte delantera, y también que ha gozado de buena posición en los últimos tres años, aunque ahora está en mala época. Era hombre previsor, pero ahora lo es menos que antes, y tiende a un retroceso moral que, unido a la decadencia de su fortuna, parece indicar que alguna maligna indiferencia, probablemente la bebida, gana terreno en él. Esto puede ser también la causa de que su esposa haya dejado de quererle, un hecho obvio.

—¡Mi querido Holmes!

—No obstante, el hombre ha conservado un cierto grado de dignidad—continuó, sin hacer caso de mi reproche.—Lleva una vida sedentaria, sale poco, no hace ejercicios físicos, es de edad mediana, tiene el cabello gris, y se lo ha hecho cortar en estos días, y se peina con pomada de limón. Estos son los hechos más patentes que se pueden deducir del sombrero. También se deduce, diré de paso, que muy probablemente en su casa no hay gas.

—Usted se chancea seguramente, Holmes.

—Ni en una palabra. ¿Es posible que ni ahora que presento a usted todos esos datos, no sea usted capaz de ver de dónde los he sacado?

—No tengo duda de que soy muy estúpido, y debo confesar que no alcanzo a seguir las deducciones de usted. Por ejemplo, ¿de qué deduce usted que ese hombre es inteligente?

Por toda respuesta, Holmes se encasquetó el sombrero: éste se deslizó por la frente y fue a detenerse en la nariz.

—Es una cuestión de capacidad cúbica—dijo. —Un hombre con un cerebro tan grande debe tener algo en él.

—¿Y la decadencia de su fortuna?

—Este sombrero tiene tres años: el ala plana estaba en moda hace tres años. Es un sombrero de la mejor calidad. Mire usted la cinta de seda y el excelente forro. Si el hombre pudo comprar un sombrero tan caro hace tres años, y desde entonces no ha comprado otro, es evidente que ha caído en la pobreza.

—Eso está bastante claro, cierto. Pero ¿y lo de la previsión, y lo del retroceso moral?

Sherlock Holmes se rió.

—He aquí la previsión —dijo, poniendo el dedo en el pequeño disco y gancho del elástico para sujetar el sombrero.—No hay sombrero que se venda con esto: si el hombre lo hizo poner, ese es un signo de una cierta suma de previsión, puesto que aquello era precaverse contra el viento. Pero cuando vemos que ha roto el elástico y no se ha dado la molestia de reemplazarlo, claro está que hoy tiene menos previsión que antes, lo que es una prueba bastante concluyente de una naturaleza que decae. Pero por otra parte, ha procurado ocultar algunas de las manchas con tinta, lo que significa que no ha perdido por completo la dignidad.

—El razonamiento de usted es, en verdad, plausible.

—Los otros puntos: edad mediana, pelo gris recientemente cortado y peinado con loción de limón: se observan, con un examen minucioso, en la parte interior del forro. Con la lente se descubre un gran número de puntas de cabellos, cortadas por la tijera del peluquero; todas se adhieren fácilmente, y el forro exhala un olor de limón. Este polvo, usted lo observará, no es el polvo arenoso y gris de la calle, sino el polvo flojo y obscuro de la casa, lo que demuestra que el sombrero ha estado colgado dentro de las habitaciones la mayor parte del tiempo. Después, las manchas de humedad del ruedo interior prueban que el hombre ha sudado abundantemente y no está, por consiguiente, acostumbrado al ejercicio físico.

—Pero su esposa…Usted dice que ha cesado de quererle.

—Hace semanas que este sombrero no ha sido cepillado. Si le veo a usted, mi querido Watson, con el polvo de una semana acumulado en su sombrero, y su señora le deja a usted salir en ese estado, tendré que temer también que haya sido usted bastante desgraciado para perder el cariño de su esposa.

—Pero puede muy bien ser soltero.

—No, pues llevaba el ganso a su casa como prenda de paz para su esposa. Acuérdese usted de la tarjeta que el animal tenía en la pata.

—Usted tiene respuesta para todo. Pero, ¿cómo, por favor, llega usted a deducir que no hay gas en su casa?

—Una mancha de vela, hasta dos, pueden caer por casualidad; pero cuando veo no menos de cinco, creo que poca duda puede haber de que el individuo está en frecuente contacto con la vela; probablemente sube la escalera de la casa con el sombrero en una mano y en la otra una vela que gotea. Y claro está que esas manchas de esperma no caen del gas. ¿Está usted convencido?

—Bueno; todo eso es ingenioso—dije riéndome; pero como usted decía, hace un momento, no ha habido crimen en el asunto, ni nadie ha sufrido daño a no ser la pérdida del ganso, me parece que ha desperdiciado usted su energía esta vez.

Sherlock Holmes habla abierto la boca para contestar, cuando la puerta se abrió bruscamente y Peterson, el comisionista, se precipitó en el cuarto con el rostro enrojecido y la expresión de un hombre presa del mayor asombro.

—¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, señor!—tartamudeaba.

—¡Eh! ¿Qué le pasa? Ha resucitado y se ha volado por la ventana?

Diciendo esto, Holmes se incorporó en el sofá, para ver mejor la agitada cara del hombre.

—¡Mire usted, señor; mire usted lo que mi mujer ha encontrado en el buche del ganso!

Extendía el brazo, y enseñaba en el medio de la palma de la mano, una chispeante piedra azul, un poco más pequeña que un poroto, pero tan pura y radiante, que parecía una chispa eléctrica.

Sherlock Holmes se sentó y dió un silbido.

—Por Júpiter, Peterson—dijo,—lo que ha encontrado usted es un tesoro. Supongo que usted sabe lo que es eso?

—¡Un brillante, señor; una piedra preciosa!

—Es más que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.

—¡No será el carbunclo azul de la condesa de Morcar!—exclamé.

—La misma, exactamente. Debo el conocer su tamaño y su forma, a haber leído el aviso que ha aparecido con respecto a ella en el Times estos días. Es una piedra absolutamente excepcional y su valor puede ser sólo estimado por cálculo aproximado: la justificación de mil libras ofrecidas no representa ciertamente la vigésima parte de su valor mercantil.

—¡Mil libras! ¡Dios grande y piadoso!

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