Dos mas dos son cinco, 2 + 2 = 5, Extracto de 1984
Se preguntó, como ya lo había hecho muchas
veces, si no estaría él loco. Quizás un loco era sólo
una «minoría de uno». Hubo una época en que fue
señal de locura creer que la tierra giraba en torno
al sol: ahora, era locura creer que el pasado es
inalterable. Quizá fuera él el único que sostenía
esa creencia, y, siendo el único, estaba loco. Pero
la idea de ser un loco no le afectaba mucho. Lo
que le horrorizaba era la posibilidad de estar
equivocado.
Tomo el libro de texto infantil y miró el retrato del
Gran Hermano que llenaba la portada. Los ojos
hipnóticos se clavaron en los suyos. Era como si
una inmensa fuerza empezara a aplastarle a uno,
algo que iba penetrando en el cráneo, golpeaba el
cerebro por dentro, le aterrorizaba a uno y llegaba
casi a persuadirle que era de noche cuando era de
día. Al final, el Partido anunciaría que dos y dos
son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que
llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica
de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no
sólo la validez de la experiencia, sino que existiera
la realidad externa. La mayor de las herejías era el
sentido común. Y lo más terrible no era que le
mataran a uno por pensar de otro modo, sino que
pudieran tener razón. Porque, después de todo,
¿cómo sabemos que dos y dos son efectivamente
cuatro? O que la fuerza de la gravedad existe. que, el pasado no puede ser alterado. ¿Y si el
pasado y el mundo exterior sólo existen en nuestra
mente y, siendo la mente controlable, también
puede controlarse el pasado y lo que llamamos la
realidad?
¡No, no! ; a Winston le volvía el valor. El rostro de
O'Brien, sin saber por qué, empezó a flotarle en la
memoria; sabía, con más certeza que antes, que
O'Brien estaba de su parte. Escribía este Diario
para O'Brien; era como una carta interminable que
nadie leería nunca, pero que se dirigía a una
persona determinada y que dependía de este hecho
en su forma y en su tono.
El Partido te decía que negaras la evidencia de
vuestros ojos y oídos. Ésta era su orden esencial.
La facilidad con
que cualquier intelectual del Partido lo vencería
con su dialéctica, los sutiles argumentos que él
nunca podría entender y menos contestar. Y, sin
embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Los
otros estaban equivocados y él no. Había que
defender lo evidente. El mundo sólido existe y sus
leyes no cambian. Las piedras son duras, el agua
moja, los objetos faltos de apoyo caen en dirección
al centro de la Tierra... Con la sensación de que
hablaba con O'Brien, y también de que anotaba un
importante axioma, escribió:
La libertad es poder decir libremente que dos y
dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás
vendrá por sus pasos contados.