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Radio Ambulante, En este pueblo no hay ladrones (1)

En este pueblo no hay ladrones (1)

Daniel Alarcón: ¿Sabías que NPR tiene una app? Se llama NPR One y te ofrece lo mejor de la radio pública de Estados Unidos y más. Noticias, historias locales y tus podcasts favoritos. NPR One te acompaña este Thanksgiving, mientras haces un viaje o estás en fila o estás esperando a un amigo. Encuéntranos en NPR One (O-N-E) en tu tienda de apps.

Entonces, Camila, ¿cómo comienza todo esto?

Camila Segura: Comienza con una llamada. De David Roa a Álvaro Castillo. Dos libreros bogotanos.

David Roa: Yo cogí el teléfono, llamé a Álvaro. Álvaro me contestó y me dijo “¿qué hubo, David?”. Y yo le dije “oiga, Álvaro, se robaron sus Cien años de soledad”.

Daniel: ¿Su qué?

Camila: Su Cien años de soledad.

Daniel: ¿El libro?

Camila: Sí. Pero no cualquier ejemplar. Una primera edición, y además dedicada a Álvaro por García Márquez. Y cuando David le dijo esto, Álvaro…

Álvaro Castillo: Yo me quedé callado.

David: Por un minuto, por ahí.

Álvaro: Un buen rato.

David: O yo lo sentí una hora.

Álvaro: Yo le dije “ahora no quiero hablar” y colgué.

Daniel: ¿Esto cuándo fue?

Camila: Hace más de un año. En mayo del 2015. Y te explico un poco: David era el encargado de la librería Macondo, en la Feria del Libro de Bogotá. Y Álvaro, un coleccionista de libros usados. Ese año fue la primera vez que el país invitado era ficticio: Macondo. García Márquez se había muerto un año antes, en abril del 2014, y esa feria fue en su honor. Y el libro de Álvaro estaba exhibido con otros de su colección privada, en una exposición que estaba dentro de la librería que manejaba David.

Daniel: Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón.

Camila: Y yo Camila Segura. Y hoy te quiero contar la historia de ese libro. De ese robo. Y de lo que significó para todo el país.

Daniel: Dale.

Camila: Ok, entonces… Álvaro compró este libro en el 2006. Se acuerda bien. Fue en Uruguay.

Álvaro: Y en Montevideo me gusta mucho ir a una calle que se llama Calle Tristán Narvaja, que es una calle llena de librerías de libros usados.

Camila: Entró a una librería chiquita y preguntó por la sección de literatura latinoamericana. El librero le señaló dónde estaba.

Álvaro: Y cuando yo volteé la cara y miré, vi la primera edición de Cien años de soledad. Yo no lo podía creer…

Camila: Como es coleccionista, Álvaro sabía perfectamente cómo se veía la primera edición. Cogió el libro y miró el precio: 180 pesos uruguayos, que en esa época eran como siete dólares.

Álvaro: Y yo me decía a mí mismo “miércoles, ¿yo qué voy a hacer? Se van a dar cuenta cuando pase este libro que es la primera edición”.

Camila: Pensó…

Álvaro: Voy a pedir una rebaja.

Daniel: ¡No!

Camila: Entonces le dijo al librero…

Álvaro: …que si me podía hacer una atención. Entonces él me dijo “y bueno, te lo dejo en seis dólares”.

Camila: Sacó los seis dólares y le pagó al librero. Pero antes de irse pidió prestado el baño.

Álvaro: Entonces entré al baño, hice pipí, respiré, me sequé el sudor con el pañuelo.

Camila: Salió, y el librero, antes de pasarle el libro…

Álvaro: Se quedó mirándolo y me dijo “¿vos habías visto esta tapa?”. Y yo le dije “no”. Entonces lo eché en una bolsa, le dije “muchas gracias” y me fui. Y no lo podía creer.

Camila: Álvaro se llevó el libro a Colombia y este terminó siendo parte de esa exhibición que ya mencioné, la de la Feria del Libro, junto con otros 31 libros de su colección privada. Y fue David Roa el que le pidió a Álvaro que le prestara todos estos libros. David no sólo era el encargado de la librería sino el presidente de la Asociación de Libreros Independientes, la ACLI. Y era la primera vez que la ACLI estaba a cargo de la librería.

Daniel: No es poca cosa. O sea, yo he estado en esa feria. Es inmensa.

Camila: Sí, es inmensa. Y además la librería iba a quedar a la salida del pabellón de Macondo, que claramente era el más importante de toda la feria. De manera que todo el que entraba al pabellón veía la librería.

David: Pues yo estaba completamente feliz… y asustado.

Camila: Iban a pasar miles y miles de personas por ahí. Entonces, claro, la presión de que todo estuviera listo a tiempo y saliera bien era gigante. Un día, antes de la inauguración de la feria, cuando estaban montando la librería, Álvaro llegó con sus libros y los acomodó él mismo.

Álvaro: Prefería yo tener esa responsabilidad y no cargarlos con esa responsabilidad a ellos.

Camila: Las vitrinas donde estaban exhibidos los libros las habían montado los encargados del pabellón. Parecían del siglo pasado: tenían dos vidrios –uno se deslizaba– y estaban asegurados por una pequeña cerradura, una chapa con una sierrita.

Álvaro: Ahora que uno lo piensa, realmente, era una cerradura muy endeble. Pero en ese momento nadie pensó que fuera una cerradura chimbísima. Nadie. Ni yo lo pensé ni nadie.

Camila: Álvaro sencillamente los acomodó, e hicieron un compromiso verbal con David de que Álvaro era la única persona que podía tocar sus libros. Contrataron dos celadores que estaban encargados sólo de vigilar la librería y acordaron, además, que siempre iba a estar una persona del staff de ellos en esas vitrinas. Álvaro, además, fue el único que se quedó con las llaves. Los libros que exhibió…

Álvaro: Sólo eran primeras ediciones de García Márquez, que era como una especie de paneo general desde su primera publicación de un libro hasta el último. O sea, no estaban todas las primeras ediciones porque no cabrían, sino que era algo como representativo.

Camila: Esa primera edición de Cien Años no era la única que Álvaro había conseguido en su vida. De los supuestos ocho mil primeros ejemplares –supuestos porque en el ‘67, cuando fue publicado, esos conteos eran laxos, no como hoy–, Álvaro ha encontrado siete. Cuatro en Cuba, dos en Colombia y este en Uruguay. Todos los demás los ha vendido, pero este de la feria era especial pues había sido dedicado por Gabo.

Álvaro: Yo no fui amigo de García Márquez. Yo lo traté y él me trató y me puso el nombre “libroviejero”. Y después dijo “no, librovejero como ropavejero”.

Camila: Porque le conseguía libros viejos. En el 2007, la secretaria de Gabo le hizo el favor a Álvaro de llevárselo a México para que García Márquez se lo dedicara. La dedicatoria dice: “Para Álvaro Castillo, el librovejero, como ayer y como siempre, de su amigo Gabriel”.

En la feria Álvaro también tenía el stand de su librería, San Librario. Así que tenía que dividirse el tiempo entre este y el de Macondo, y ahí interactuar con los miles de visitantes del pabellón para explicarles con mucho detalle cada libro de su colección.

Y es que ese año la feria tuvo un número récord de visitantes. En los 14 días de feria se registraron 520 mil visitantes, casi 70 mil personas más que el año anterior. Y el sábado 2 de mayo, el día que se robaron el libro, y sólo tres días antes de que se acabara la feria, entraron alrededor de 73 mil personas.

Bueno, y aquí tengo que presentarte a dos personajes más.

Daniel: Ok.

Edgar Blanco: Mi nombre es Edgar Blanco

Lucía Buitrago: Mi nombre es Lucía Fernanda Buitrago Montañez.

Daniel: Ya. ¿Y ellos son…?

Camila: Los otros encargados de la librería Macondo, los que siempre estaban ahí. Entonces ese sábado por la tarde Lucía estaba ayudando en las cajas cuando llegó un amigo a visitarla y le preguntó que quién tenía las llaves de las vitrinas. Y ella le dijo “¿por qué?”.

Lucía: “Es que hay algo raro”, me dijo. Y volteo a mirar y veo que falta el libro. Como que se me bajó todo. Salí inmediatamente, me paré al frente de la vitrina y grité “¡Edgar!”.

Camila: Edgar estaba al otro lado de la librería y se apuró a ir donde estaba Lucía.

Edgar: Y llegué allá como a ver qué pasaba. Y Lucía inmediatamente lo que me dijo apenas yo llegué fue “nos robaron”. Yo miré la vitrina, miré que no había chapa. Cuando vi el hueco, en fracción de segundos lo que hice fue como hacer el paneo de los libros y me di cuenta que era ese libro: era Cien años de soledad.

Camila: Lucía estaba muy angustiada.

Lucía: Yo lo primero que pensé fue como “¿qué cara le voy a poner a Álvaro cuando lo vea?”. Era como lo peor que me hubiera podido pasar a tres días de que se cerrara la feria.

Camila: Edgar pensó que alguien de los que trabajaba ahí lo había sacado, pero Lucía le aclaró que Álvaro era el único que tenía la llave.

Edgar: Lo que hice fue correr a la puerta, pedirle a los celadores que desde este momento nadie podía salir sin ser requisado.

Camila: Edgar creyó que no había pasado mucho tiempo desde que se habían robado el libro y se habían dado cuenta. Entonces confió en que, tal vez, requisando podían encontrarlo. Edgar y el celador se pararon a la salida del pabellón y a todo el que fuera a salir…

Edgar: Le abría la maleta. Si tenía bolsas de otra librería se la hacía abrir.

Daniel: Pero dificilísimo requisar a tanta gente, ¿no?

Camila: Total. Casi imposible. Entonces empezó a armarse una especie de trancón.

Edgar: La gente que se me pasaba lo perseguía hasta la puerta antes de que saliera y le pedía que me abriera la maleta.

Camila: Había señoras que le decían “yo no soy ladrona, ¿qué es lo que quiere revisar?”.

Edgar: Y yo les decía “es que se perdió una primera edición de Cien Años de Soledad”.

Camila: Y ahí la gente colaboraba un poco más.

Daniel: Claro, todos entienden el valor de ese libro.

Camila: Bueno, quizá sea una exageración decir que todos, pero sin duda no es exagerado decir que Gabo es uno de los héroes culturales de Colombia. Tal vez el más grande.

Pero volviendo a la historia… Entonces, otro celador del pabellón se dio cuenta de que algo estaba pasando y se acercó. Edgar le explicó y le pidió que se comunicara de inmediato con los de seguridad de la feria. Entonces empezaron a llamarlos por radioteléfono. Mientras tanto, Edgar y el otro celador seguían requisando a todo el que trataba de salir. Pero el celador estaba un poco confundido y en un momento dado le preguntó “¿qué es lo que estamos buscando?”.

Edgar: “No, cualquier libro viejo, me lo muestra”. Y él incluso a veces me mostraba libros pues que yo le decía como “hombre, es un libro nuevo forrado en plástico. No, ese no. Puede que sí sea de acá, pero no me importa”.

Daniel: Claro, en este momento no vamos a parar a cualquier ladronzuelo de libros nuevos.

Camila: No, pues claro que no. Lo que le interesaba a Edgar era coger al cabrón que se llevó la primera edición de Cien años de soledad.

Edgar: Hubo muchas personas que consideré sospechosas. Incluso empecé a tener un poco de temor en el sentido en que abriera una maleta y lo encontrara. Como “bueno, ¿y qué? O sea, ¿qué voy a hacer? Y si se supone que es un ladrón pues estará listo para… algo, ¿no?”.

Daniel: ¿Listo para qué?

Camila: Ni idea, pero pues se imaginaba que podía amenazarlo o algo, ¿no? No sé.

Daniel: ¿Y a cuánta gente requisaron? ¿Cuánto tiempo estuvieron en estas?

Camila: Edgar calcula que alrededor de unas 300 personas, o algo así. Y duraron como media hora hasta que…

Edgar: Llegó un momento en que ya yo perdí la fe en que requisando iba a aparecer el libro.

Camila: A todas estas, David no estaba en la feria.

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