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Español con Juan, Salud y república (1)

Salud y república (1)

Muchos extranjeros me preguntan por qué en España tenemos un rey; por qué no tenemos una república, como en la mayoría de los países de nuestro entorno: Francia, Italia, Portugal…

Mucha gente que conozco ve la monarquía como algo anticuado, un sistema de gobierno del pasado que no tiene mucho sentido en el mundo de hoy, y se sorprenden de que los españoles acepten como algo natural el hecho de que la Jefatura del Estado la ejerza una persona que, en realidad, no ha sido elegida por nadie.

Dicho así, la verdad es que no parece algo muy democrático.

Y, lo que es aún peor en el caso de España, mucha gente de otros países no entiende cómo es posible que los españoles aceptasen tan tranquilamente como rey a Juan Carlos I, una persona que había sido elegida a dedo por el mismo Franco para que continuase su trabajo, para que mantuviese en pie la dictadura franquista después de su muerte.

Dicho así, efectivamente, parece un poco raro que haya una monarquía en España, ¿no?

De hecho, aunque al principio el rey Juan Carlos I era una incógnita y nadie sabía muy bien quién era, qué pensaba realmente y qué intenciones tenía, lo cierto es que pronto se hizo muy popular y se ganó el respeto de la mayoría de la gente. Incluso los partidos políticos republicanos más importantes, como el Partido Socialista y el Partido Comunista de España, tan republicanos ellos, terminaron por reconocerlo como Jefe del Estado.

¿Cómo fue esto posible? ¿Por qué aceptaron los españoles al Rey? ¿Por qué incluso los socialistas y los comunistas estaban de acuerdo en que Juan Carlos I fuese el Rey de España?

Franco y los militares que dieron un golpe de estado el 18 de julio 1936 se alzaron en armas contra el gobierno republicano, el gobierno de la Segunda República, que era el gobierno legítimo, el gobierno que había sido elegido en las urnas por todos los españoles.

Este golpe de estado de 1936 tuvo éxito en algunas zonas de España, pero en otras fracasó. La consecuencia fue una cruenta guerra civil de tres años (desde 1936 a 1939) en la que se enfrentaron, por un lado, los partidarios de la República y, por otro, los partidarios de un sistema autoritario de estilo fascista, como la Italia o la Alemania de aquella época.

Lo que pasó ya es historia: los militares sublevados ganaron la Guerra Civil y Franco fue nombrado Generalísimo de todos los ejércitos y Caudillo de España por la Gracia de Dios. Daba comienzo así una dictadura que duraría casi cuarenta años.

Los perdedores de la Guerra Civil, los rojos, los republicanos, tuvieron que exiliarse en el extranjero y los que se quedaron en España sufrieron una feroz represión durante la posguerra.

Entonces, seguramente, teniendo en cuenta todos estos hechos históricos, lo más lógico, lo más democrático, lo más “normal” hubiera sido que, claro, tras la muerte del dictador se restableciera la República, que al fin y al cabo era el sistema de Gobierno legalmente establecido en España antes de la dictadura franquista.

¿Por qué, entonces, tras la muerte de Franco y la vuelta de la democracia a España se optó por restablecer la Monarquía en lugar de la República?

Esto es algo que llama mucho la atención a algunas personas, especialmente cuando se piensa que el Rey Juan Carlos I había sido nombrado por Franco como su sucesor, su heredero político, para que mantuviera en pie el régimen después de su muerte.

¿Por qué tras la muerte de Franco en 1975 y la vuelta a la democracia no se volvió a restablecer la república, que era el sistema legítimo que había en España antes de la dictadura?

Bueno, pues, como todo en la vida, las cosas, para entenderlas, hay que ponerlas en contexto. Hay que ponerse en la piel de la gente que vivió aquella época.

Como mi tía la mayor, por ejemplo, que había sido enfermera durante la Guerra Civil y la posguerra y no quería ni oír hablar de la República. La sola mención de la palabra “república”, a ella le ponía la piel de gallina. Le daban escalofríos si escuchaba esa palabra en boca de alguien.

Me acuerdo de un día que mi tía y yo volvíamos del mercado… Debía de ser el año 1977, creo, y volvíamos los dos cargados con bolsas de la compra, cuando, de pronto, pasó a nuestro lado un coche de color rojo que iba haciendo propaganda del Partido Comunista. Los del coche llevaban dos banderas enormes ondeando al viento por fuera de cada una de las ventanillas. Una bandera roja, comunista, con la hoz y el martillo, por fuera de la ventanilla izquierda y otra tricolor, la bandera de la República, por fuera de la ventanilla derecha. Por los altavoces, además, sonaba a todo volumen el Himno de Riego, el himno de la España republicana.

A mí tía le cambió el color de la cara y se puso blanca como el papel. Se quedó mirando la escena con los ojos desencajados, como si estuviera viendo al mismo diablo.

Para colmo, uno de los tíos que iban dentro del coche, un chico joven de pelo largo, un melenudo con barba que se parecía un poco a Carlos Marx, al darse cuenta de cómo los miraba mi tía, asomó la cabeza por la ventanilla sonriendo y saludando con el puño cerrado nos gritó “¡¡Salud y República! !”

Durante unos segundos, mi tía y yo nos quedamos allí parados en mitad de la acera, sin movernos, como dos pasmarotes, con las bolsas de la compra en las manos y mirando embobados aquel coche que se iba alejando lentamente calle abajo, con sus banderas ondeando al viento y del que salía aquella música que yo hasta entonces no había escuchado jamás; una música que a mí me parecía antigua y nueva al mismo tiempo, seguramente, aunque entonces yo todavía no lo sabía, porque esa era la música de los que habían perdido la Guerra Civil y había estado prohibida durante todos los años del franquismo. Por eso yo no la había escuchado nunca.

Mi tía y yo nos quedamos allí parados, de pie, en mitad de la acera, hasta que el vehículo giró a la izquierda, se metió en una bocacalle estrecha y lo perdimos de vista. Los himnos poco a poco también se fueron apagando en la distancia.

Yo me había quedado muy sorprendido porque era la primera vez que veía algo así y todavía no entendía qué significaba; mi tía la mayor, en cambio, se había quedado petrificada, muerta de miedo. Probablemente porque ella sí que sabía lo que significaban esas banderas y esa música.

De repente, me cogió de la mano y me dio un fuerte tirón para que empezara a moverme otra vez.

“¡Vamos, niño! ¿Qué haces ahí parado? ¿No ves la hora que es?”

A pesar de su edad y del peso de las bolsas de la compra que llevaba, mi tía se puso a caminar deprisa en dirección a la casa. Iba a paso ligero, tirando de mí con fuerza para que no me quedase atrás.

“¡Vamos, date prisa, que todavía tengo que poner el arroz!”

Yo todavía no lo sabía, pero a mi tía la mayor le producía urticaria ver cualquier símbolo del bando que había perdido la Guerra Civil. Era algo así como una reacción alérgica o como un reflejo condicionado.

Era ver una bandera tricolor de la República o escuchar el Himno de Riego o alguna canción republicana y se echaba a temblar. Abría los ojos de par en par, se ponía blanca como el papel y casi casi le salían sarpullidos en la piel.

De hecho, ahora que caigo, recuerdo que cuando mi tía entraba en mi habitación, en mi dormitorio, y veía que había dejado todo por medio (la ropa sucia tirada por el suelo, los libros encima de la cama, todos los juguetes fuera de su sitio…) me decía “¿Pero qué es esto, niño? ¡Qué desorden! ¡Esto parece una república! Tienes la habitación que parece una república. ¡Hasta que no pongas todo en orden no sales a la calle!”

Yo entonces no me daba cuenta, pero ahora, con la perspectiva que dan los años, entiendo la mentalidad de mi tía y de otras muchas personas de la época, que asociaban la república al caos y al desorden.

Que, al ver la habitación desordenada de un niño de diez u once años, a mi tía solo se le ocurriera decir que aquello “parecía una república” dice mucho de cómo veían las cosas y cómo interpretaban la historia de España una buena parte de los españoles de aquella época. Porque mi tía no era la única que pensaba así, obviamente.

Tras haber vivido los convulsos años de la Segunda República, la Guerra Civil y cuarenta años de dictadura en los que los vencedores habían inculcado en la población la idea de que la República había sido un periodo caótico, anticristiano, inmoral, ateo, plagado de crímenes y revoluciones sangrientas en el que los enemigos de Dios y de España habían tomado el poder, era normal que mucha gente, como mi tía, sintiese escalofríos ante la sola mención de la palabra “república”.

La propaganda franquista se había encargado de lavar el cerebro de la población durante más de cuarenta años, a través del dominio absoluto de la educación, de la censura y de un fuerte control sobre los medios de comunicación (la radio, la televisión, la prensa escrita, etc. ).

Recuerdo que en mi casa había algún libro de Historia de España que mis primos mayores se habían dejado olvidado de cuando ellos iban a la escuela, en los años cincuenta y sesenta, más o menos. De niño, recuerdo haber leído en alguno de esos libros que la República había sido un periodo terrible, violento, inmoral, donde solo reinaba el desorden más absoluto y que fue Franco el que, con la ayuda de Dios, salvó a España del comunismo y restableció la paz entre los españoles.

Recuerdo que mi tía la mayor, hablaba a veces de aquellos años con sus amigas. Yo, que apenas tenía entonces unos diez años, la escuchaba embobado y me parecía que hablaba de un tiempo antiquísimo, casi prehistórico. Supongo que esa es la sensación que tiene un niño de hoy en día cuando oye hablar a los viejos como yo de los años setenta o de los años ochenta.

Recuerdo que siempre que salía en la conversación el tema de la República, mi tía solía contar la misma anécdota. Yo me la sabía casi de memoria. Los viejos de antes eran así: repetían las mismas cosas una y otra vez.

Mi tía la mayor solía contar que el 14 de abril de 1931 ella iba sola por la calle Reyes Católicos, en el centro de Granada, y que de pronto empezaron a pasar un montón de coches y de camionetas con banderas tricolores, la bandera de la República.

En la parte de atrás de las camionetas iban un montón de obreros con el puño cerrado, dando saltos, cantando el Himno de Riego y gritando ‘¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!'

A mí tía le llamó la atención que entre los obreros hubiese también algunas mujeres. Ella era una señorita católica y decente y las señoritas católicas y decentes no se mezclaban con los obreros en la parte de atrás de una sucia camioneta.

Luego apareció una multitud que inundó la calle y las aceras. Venían corriendo hacia donde estaba ella. Eran obreros, pero también vio a muchas mujeres, gente en bicicleta, niños e incluso algunos tullidos que llegaban arrastrando las piernas, como buenamente podían.

Iban todos riendo y gritando (“como salvajes”, decía mi tía), arrasando con todo y con todos los que encontraban a su paso, en dirección a la Plaza del Ayuntamiento. Contaba mi tía que pasaban a su lado con tanta violencia que se tuvo que echar a un lado para que no la tirasen al suelo.

“Iban todos gritando ‘¡Viva la República! ¡Muerte al rey!' Yo estaba sola y todavía era casi una niña. Me asusté mucho. No entendía qué estaba pasando. Parecía que se habían vuelto todos locos”.

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