Los límites del humor (2)
2 Otro criterio que se suele usar para poner límites al humor es si un determinado chiste es ofensivo o no. Desde este punto de vista, si alguien considera que de alguna manera un chiste ofende sus sentimientos, sus creencias, su identidad, sus ideas… Entonces habría que prohibirlo.
Pero, claro, esto es muy peligroso. Si cada vez que alguien dice que algo le ofende lo prohibimos, entonces no habría libertad de expresión.
Aquí se plantea la duda de qué es más importante: la libertad de expresión o el derecho a sentirse ofendido.
A mí, como he dicho antes, no me gusta nada usar el humor para humillar a otras personas, para molestar, para herir los sentimientos de nadie. Hacer humor con la intención de burlarse de alguien de forma cruel, para mí no es humor.
Sin embargo, lo que no podemos hacer es prohibir todo lo que pueda ofender a otras personas.
Si el criterio de lo que es permisible o no depende solo de si causa ofensa a alguien, no habría libertad de expresión porque cada vez que alguien dice algo que a mí no me gusta, yo podría decir que me ofende, que ofende mis sentimientos, y que eso no se puede decir, que no se puede tolerar.
La libertad de expresión correría mucho peligro si se acepta como criterio de lo que se puede o no se puede decir el que alguien se sienta ofendido o no. Eso sería muy peligroso. La libertad de expresión tiene que estar por encima del derecho a sentirse ofendido.
Tú tienes todo el derecho del mundo a sentirte ofendido y a manifestar tus sentimientos, pero, cuidado, la libertad de expresión, el derecho a decir lo que a uno le dé la gana, tiene que estar por encima. Tiene que prevalecer.
Y si alguien dice algo que te ofende o te molesta, pues sencillamente te aguantas porque es su derecho. Está usando su derecho a expresarse libremente.
3 Otro criterio que también se suele usar para intentar establecer un límite al humor, es si el chiste va de abajo arriba o de arriba abajo.
Me explico. Lo que estas personas quieren decir es que se puede hacer humor solo de abajo hacia arriba, es decir, que las personas que están abajo en la sociedad, las personas desfavorecidas, las personas que tienen menos protección, los “no privilegiados”, pueden burlarse y hacer humor sobre personas o instituciones que tienen poder, que son privilegiados, que están “arriba”.
Pero no se deberían aceptar chistes de arriba hacia abajo, es decir, que las personas que tienen una situación de privilegio en la sociedad no podrían bromear o hacer chistes sobre personas o grupos que están en una situación de debilidad, como, por ejemplo, los homosexuales, las mujeres maltratadas, las víctimas de abuso sexual, personas con problemas físicos o mentales, minorías étnicas…
En fin, que no se debería usar el humor para reírnos de personas que están en una situación de desamparo, en un estado de necesidad, porque eso sería muy cruel.
Desde este punto de vista, solo se podría hacer humor de personas e instituciones que tienen el poder, como el ejército, la iglesia, los ricos, los banqueros, etc.
Yo este criterio no lo tengo nada claro, la verdad. En primer lugar, no estoy muy seguro de que se pueda establecer claramente quién tiene poder o quién es privilegiado en una sociedad.
Y, en segundo lugar, ¿decir que no se deben hacer bromas sobre ciertas personas o ciertos colectivos, no es una manera de mantenerlos infantilizados?
¿No estamos sobreprotegiendo a estas personas?
¿Es realmente necesario tratar a estas personas de forma diferente? ¿No sería mucho mejor tratar a todo el mundo igual y hacer chistes y bromas de todo el mundo? Quizás esa sería una forma mejor de integrar a la gente en la sociedad, ¿no?
Yo, claro, no soy un especialista en el tema del humor. Ni en el tema del humor ni en nada. Yo no soy un especialista de nada.
Pero después de darle mucho al coco, después de darle muchas vueltas a la cabeza, creo que realmente no se pueden establecer límites objetivos y precisos al humor. No se puede delimitar lo que se puede decir o lo que no se puede decir de forma absoluta.
La libertad de expresión está por encima de todas las consideraciones que se quieran hacer.
El único límite que se me ocurre que se puede poner es la incitación al odio, a la violencia. Si tú usas el humor para promover el odio o la violencia hacia determinadas personas, entonces sí, eso me parece lógico y natural que esté prohibido por la ley.
Pero, aparte de este tipo de situaciones, no creo que se pueda poner límite a la creatividad de un humorista con la ley en la mano. No creo que la forma de regular el humor sea con la ley, llevando a los humoristas a juicio o metiéndolos en la cárcel. No me parece que ese sea el camino.
Obviamente, siempre que se hace humor se corre el riesgo de que alguien se sienta ofendido. Pero eso es algo inevitable, algo que tenemos que asumir, y nada más. Hay que aguantarse.
Si algo te ofende o te molesta pues te tienes que aguantar, lo tienes que aceptar, porque el derecho a la libertad de expresión está por encima de tu derecho a sentirte ofendido.
Además, crear situaciones que pueden ser ofensivas en un momento dado es normal. Para que el mundo avance, para que surjan nuevas ideas, para que haya progreso, es necesario hacer cosas nuevas o decir cosas que nadie antes se atrevía a decir. Para que una sociedad avance a veces hay que romper tabúes, cambiar los límites de lo que se puede hacer y de lo que no se puede hacer… Y para algunas personas eso puede ser ofensivo.
A veces, para que el mundo se mueva, para hacer algo innovador, hay que ofender.
En los años cincuenta o en los años sesenta, por ejemplo, causaba escándalo la música rock, el movimiento de caderas de Elvis Presley. Los bailes “modernos” con aquellos movimientos salvajes de los cuerpos, estaban mal vistos por ciertas personas. Llevar el pelo largo era algo sucio, las minifaldas eran indecentes…
Pero no hay que irse tan lejos. Hace tan solo unos pocos años, ver una pareja homosexual besándose o abrazándose era algo tabú que no se podía hacer en público y mucho menos en una película o en una obra de teatro. Ver un beso homosexual entre dos hombres es algo que en su momento ofendía y, me imagino, hay personas que se siguen ofendiendo por eso. Entonces, ¿qué hacemos? Prohibimos los besos homosexuales en el cine o en la tele porque a algunas personas eso les ofende. Eso no tiene mucho sentido, ¿no?
En fin, el mundo se mueve gracias a personas que hacen cosas nuevas, que innovan, que rompen moldes, y que, a veces, a menudo, causan escándalo, ofenden, molestan…
Es un riesgo que hay que aceptar.
Dicho esto, y aunque parezca una contradicción, sí que me gustaría matizar algo que creo que es muy importante: hay temas sobre los que es muy difícil hacer chistes porque para mucha gente son temas muy sensibles que les afectan de forma muy personal por determinadas razones. Eso es verdad.
Estas personas tienen derecho a decir que esos chistes no les hacen ni pizca de gracia, que se sienten ofendidos y tienen derecho a pedir que se respeten sus sentimientos.
Pero eso no significa que desde un punto de vista legal, haya que prohibir hacer humor sobre esos temas o meter a los humoristas en la cárcel por contar un chiste que ofende a algunas personas o algunos colectivos. Eso, creo yo, sería un error.
Yo en principio creo que se puede hacer humor sobre cualquier tema.
No hay ningún tema sobre el que no se puedan hacer chistes; pero hay que saber hacerlo bien. Eso sí.
Porque si no se hace bien, se corre el riesgo de que mucha gente lo vea como algo vulgar, de mal gusto y ofensivo. Como una burla cruel y una falta de respeto hacia sus sentimientos. Y eso, aunque no se pueda evitar con la legislación en la mano, aunque no se puedan hacer leyes para evitarlo, tampoco es deseable. A mí personalmente no me me parece correcto que se use el humor para burlarse cruelmente de alguien.
Yo creo, y esto es solo mi punto de vista personal, que para hacer humor con cierto tipo de temas muy delicados y sensibles, hay que hacerlo de forma muy inteligente y no todo el mundo es capaz de hacerlo.
Los buenos humoristas son capaces de hacer humor en torno a temas tabúes de los que nadie se atreve a hablar como si estuvieran caminando por la hoja de un cuchillo. ¿Entendéis? El humorista, el buen humorista, es capaz de hacer chistes que se acercan peligrosamente al mal gusto, pero sin caer en él. Sin caer en el mal gusto, sin caer en lo vulgar. Al menos para una buena parte del público, claro, no se puede generalizar. Hagas lo que hagas o digas lo que digas, siempre habrá alguien que se sienta ofendido.
Pero, en fin, lo que sí es verdad es que hay humoristas que son capaces de hacer humor de forma muy inteligente en torno a temas muy sensibles.
Ahí es donde está la genialidad del buen humorista: un buen humorista, un humorista inteligente, es capaz de crear un ambiente, un contexto, por ejemplo en un teatro o en un espectáculo cómico, en el que la gente acepte como divertido y se ría con algo que en la vida real sería horrible o simplemente no aceptable. Eso es lo que sucede, por ejemplo, cuando hacemos humor negro y nos reimos de la muerte, del sufrimiento, del dolor.
Ricky Gervais, por ejemplo, el famoso cómico inglés que supongo que conocéis, que yo creo que es un auténtico genio del humor, hace chistes muy atrevidos, muy osados, en sus espectáculos. Él toca temas muy peliagudo como la pedofilia, la religión, la biblia, las personas transexuales, las violaciones, las personas con obesidad… Pero a mi modo de ver lo hace normalmente de una forma muy inteligente, sin caer en lo chabacano, sin caer en el mal gusto, de manera que para la gente que está viendo el espectáculo no resulta ofensivo en absoluto.
Pero, claro, no es lo mismo que un humorista profesional haga chistes en un teatro, en un espectáculo cómico, que que tú te pongas a hacer esos mismos chistes en la cena de Navidad con tus abuelos o en una reunión con tu jefe y con tus compañeros de trabajo. No es lo mismo.
¿Entendéis? El contexto es fundamental.
El chiste puede ser el mismo, pero en un caso hace reír y en el otro puede resultar muy ofensivo, de mal gusto y fuera de lugar.
Hay que tener en cuenta siempre el contexto.
El contexto es fundamental.
Muchos de los problemas que ha habido con algunos chistes se deben, creo yo, a que se sacan de contexto. No es lo mismo escuchar un chiste en un espectáculo cómico, en un teatro, que escucharlo en el telediario o leerlo en la página de un periódico o en Twitter.
Algunos de los cómicos que se han metido en problemas recientemente es porque han contado un chiste en el lugar equivocado, con el público equivocado y en el momento equivocado. El mismo chiste con otro tipo de público, en otro momento y en otro lugar posiblemente no habría causado ningún revuelo.
Recuerdo un caso reciente en España de un cómico que hizo un chiste muy desafortunado sobre tener sexo con una chica con Síndrome de Down. Este humorista se encontró con una reacción muy fuerte en las redes sociales y acabó en los tribunales porque un padre con una niña con esta enfermedad presentó una denuncia.
Como dije antes, yo no creo que deba haber ninguna ley para limitar el sentido del humor, para decir qué chistes se pueden hacer o no se pueden hacer. La libertad de expresión debe estar por encima. Pero al mismo tiempo, el humorista tiene que ser responsable de lo que hace y darse cuenta de que, por ejemplo, Twitter quizás no sea el mejor lugar para hacer un chiste de este tipo.