El viejecito (1)
Chicos, ¿qué tal?
En este episodio os voy a contar un par de anécdotas de mi infancia, de cuando yo era aún muy niño y vivía en Granada con mi familia.
Sé que a muchos os gustan estos episodios en los que hablo de mis recuerdos en el contexto de la historia reciente de España. Conocer lo que ha pasado en mi país durante los últimos años a través de los ojos de un niño creo que le da un toque personal a los acontecimientos que, en fin, espero os parezca interesante.
Así que, nada, poneos cómodos y prestad atención porque empezamos.
Debían de ser los años setenta. 1973 o quizás 1974. Los últimos años del franquismo, en cualquier caso. Yo debía de tener unos diez años, más o menos.
Recuerdo que un día, como de costumbre, salí de casa temprano por la mañana para ir al colegio. Debían de ser las ocho y media, aproximadamente. A esas horas, todavía había muy poca gente por las calles.
De pronto, vi algo que me dejó completamente horrorizado. Algo inaudito. Algo que yo no había visto hasta entonces.
En una vieja tapia que había en la esquina de mi calle, durante la noche alguien había escrito en letras enormes:
FRANCO ASESINO DE ESPAÑA
El corazón me dio un vuelco. No podía entender aquella frase. ¿Asesino de España? ¿Franco?
¿Quién podía haber escrito aquella cosa tan horrible?
Hasta entonces yo no había escuchado a nadie hablar mal de Franco. Franco era el Generalísimo, el Caudillo, el que había salvado a España, el que nos había dado 40 años de paz y de progreso. Gracias a Franco, los españoles habíamos pasado de ir con alpargatas a viajar en seiscientos. Gracias a Franco, España se había convertido en el mejor país del mundo, un país que causaba envidia y admiración en el extranjero. Lo decía la tele y lo decía todo el mundo.
¿Quién podía haber escrito aquella frase tan horrible acerca de un hombre tan bueno y que tanto había hecho por España?
Una señora que pasaba en aquel momento por allí también se paró en seco y se quedó horrorizada al leer la frase escrita en la tapia. Era imposible no verla. Estaba escrita en letras enormes.
“¡Ay! ¡Dios mío!”, la escuché decir, espantada.
Ella parecía estar de acuerdo conmigo.
Los dos nos quedamos allí de pie unos segundos, inmóviles, mirando con horror aquella frase escrita en la pared, como si estuviéramos viendo un fantasma.
Creo que, sí, creo que esa fue la primera vez que tuve conciencia de que había gente en contra de Franco. Quizás por eso fue un episodio tan traumático para mí que aún conservo en la memoria.
Recuerdo que en el colegio me pasé toda la mañana pensando en aquella frase y en lo que quería decir. Tenía ganas de que terminaran las clases para volver a casa y leerla de nuevo. Pero cuando volví al medio día, la pintada ya no estaba. Alguien había llamado a la policía o a los bomberos y la habían cubierto de pintura blanca.
Me sentí aliviado y decepcionado al mismo tiempo. La frase era horrible, pero quería volver a leerla para intentar desentrañar su significado.
Quizás sorprenda esto que voy a decir, pero a mí Franco, el Caudillo, el Generalísimo, el general Franco, el dictador Francisco Franco que gobernó España durante cuarenta años, me caía muy bien.
Sí, así es…
Bueno, me caía bien a mí y a todo el mundo. Por lo menos eso es lo que me parecía a mí con once o doce años. Cuando yo era niño, no recuerdo a nadie hablar mal de Franco.
Me acuerdo de un día que estaba con mi padre viendo en la televisión imágenes en blanco y negro de un desfile militar en el que participaba el Generalísimo. El Generalísimo iba de pie, en un coche descapotable y a su lado había otro señor, que debía de ser muy importante y que era mucho más alto que él. Seguramente, era extranjero.
De repente, mi padre se giró hacía mí y me dijo: “¿Tú sabes por qué Franco es tan bajo? ¡Porque tienes los cojones muy grandes! Le pesan mucho los cojones y no puede crecer más”.
Y yo, desde aquel día, creo que empecé a mirar a mi padre y a Franco de forma diferente.
El caso es que, como estaba diciendo, en aquella época nadie hablaba mal del Caudillo. Por lo menos delante de mí.
Recuerdo que el día que murió Franco (el 20 de noviembre de 1975) y nos enteramos de que el colegio iba a estar cerrado varias semanas por luto, muchos chicos nos quedamos con una sensación agridulce.
Por un lado estábamos locos de contentos, claro, de no tener que ir a clase. A ningún niño del mundo, nunca jamás en la historia le ha gustado ir a la escuela y el que diga lo contrario miente como un bellaco.
Y nosotros, claro, chavales de once o doce años, estábamos entusiasmados con la idea de no tener que pisar la escuela por varias semanas.
Pero, por otro lado, nos sentíamos culpables. No estaba bien eso de alegrarse por la muerte de Franco.
Recuerdo una conversación que tuve aquel día con Tatín, el chico que se sentaba a mi lado en clase.
Estábamos los dos en el patio de la escuela. Estaba lloviendo y no quedaba casi nadie por allí; los otros chicos se habían marchado ya a sus casas o ni siquiera habían aparecido aquel día.
Tatín y yo nos quedamos remoloneando un poco, antes de irnos nosotros también. Supongo que queríamos saborear esa sensación de alivio que se tiene el día que te dan las vacaciones de verano o el viernes por la tarde, cuando acabas de terminar las clases y tienes por delante la inmensidad del fin de semana.
—Yo preferiría que no hubiera muerto —me dijo Tatín.
—¡Yo también! —le contesté yo, sin dudar, para no ser menos.
Y era verdad. No lo decíamos por decir. Habíamos nacido con Franco y no nos imaginábamos cómo sería España sin él.
Franco era España. Para nosotros, España sin Franco era inconcebible.
Hasta el día en que el Generalísimo murió, en mi casa raramente se hablaba de política, pero alguna vez recuerdo haber escuchado esta frase a mi tía la mayor:
“¿Qué pasará cuando Franco muera?”
Esa era una pregunta que mucha gente se hacía aquellos años. Como digo, España sin Franco era algo inimaginable.
Obviamente, los chicos de once o doce años de entonces no teníamos ni idea de quién era Francisco Franco. No sabíamos que era un dictador que había llegado al poder tras una guerra civil en la que habían muerto miles de españoles; ignorábamos que los opositores al régimen habían sufrido la represión durante la posguerra y que muchos habían sido fusilados o torturados o se habían tenido que exiliar en el extranjero. Eso lo aprendimos después, pero entonces, para nosotros Franco era simplemente un señor mayor, un viejecito que salía todos los días en la televisión y al que todo el mundo respetaba porque gracias a él España era el mejor país del mundo.
Recuerdo que un día, me imagino que debía de ser septiembre u octubre de 1975, tan solo unas semanas antes de la muerte de Franco, al volver del colegio al mediodía para ir a comer a mi casa, como de costumbre, me encontré con una concentración de personas en la plaza del ayuntamiento.
Yo no sabía de qué iba aquello. Era la primera vez que veía tanta gente reunida en aquella plaza y me quedé un rato a escuchar el discurso que estaba haciendo un señor vestido con un traje muy elegante desde el balcón del ayuntamiento. Supongo que sería el alcalde de la ciudad de la época.
El tipo estaba criticando a algunos países que, al parecer, habían atacado a España. Recuerdo que dijo algo de Olof Palme, el Primer Ministro sueco, y de algo que había pasado en Portugal, no recuerdo bien qué. Luego mencionó también una masacre que al parecer había ocurrido en México unos pocos años antes.
“¿Cómo se atreve a criticar a España el Gobierno de México, responsable de la matanza de cientos de personas inocentes?” Algo así dijo.
De repente, cuando el alcalde terminó su discurso, la gente en la plaza puso el brazo en alto y todo el mundo a mi alrededor empezó a cantar una canción que yo no conocía. La verdad es que me asusté mucho. No sabía qué estaba pasando. Todo el mundo allí parecía saberse de memoria la letra de aquella canción. Todo el mundo, menos yo. ¿Y por qué tenían el brazo levantado mientras cantaban? Todo aquello a mí me parecía muy raro.
Total, que me dio mucha vergüenza por ser yo el único que no sabía cantar aquella canción y me fui de allí lo más deprisa que pude.
Creo que aquella fue la primera vez que escuché cantar el Cara al Sol a una multitud de personas con el brazo en alto. Aunque, claro, yo entonces todavía no sabía qué era el Cara sol Sol ni qué significaba el saludo con el brazo en alto.
Recuerdo que, mientras volvía a casa, por encima de nuestras cabezas, volando bastante bajo y haciendo mucho ruido, pasó varias veces una avioneta lanzando octavillas. Cogí una y la leí.
Solo recuerdo una frase escrita en grandes letras. Decía algo así como “¡Granada nunca fue comunista!” y llamaba a movilizarse para dar apoyo al Caudillo y mostrar a los gobiernos de todo el mundo que los españoles estábamos con Franco y con España.
España era Franco. Y Franco era España. La identificación era total. Si se atacaba a Franco, se atacaba a España. Los enemigos de Franco eran los enemigos de España. Eso era lo que decía la televisión y eso era lo que todos sentíamos. Por lo menos eso era lo que sentía yo y toda la gente que yo conocía.
Recuerdo que por aquellas fechas, el primero de octubre exactamente, tuvo lugar en Madrid una enorme concentración en apoyo al Caudillo y también para protestar por los ataques a España que se habían producido en el extranjero.
Recuerdo las escenas en blanco y negro en la tele de mi casa. La Plaza de Oriente de Madrid estaba a rebosar de gente que ondeaba la bandera de España, exhibía pancartas a favor del Generalísimo y cantaban el "Viva España” de Manolo Escobar, una canción muy de moda aquellos años y que se había convertido en un himno casi más popular que el himno oficial de España.
En el balcón del Palacio de Oriente, Franco, rodeado de su mujer, de los entonces príncipes de España y de otros señores muy serios, salió a saludar y a dar el que sería su último discurso.
A mí de niño me parecía que cuando Franco hablaba, nadie realmente escuchaba lo que decía. Yo tenía la impresión de que la mayoría de la gente estaba más preocupada en dar gritos, cantar y saludar a las cámaras que en escuchar los discursos del Caudillo.
Era impresionante escuchar a la multitud gritando “¡Franco, Franco, Franco!”
Lo que nunca olvidaré fue la imagen en la televisión de Franco ese día en el balcón del Palacio de Oriente. Recuerdo que se movía con mucha dificultad, hablaba con una voz tan débil que apenas se entendía lo que decía y recuerdo que le temblaba mucho la mano derecha al saludar.
Al final, después de unas breves palabras, Franco acabó llorando y dando las gracias a todos los que habían ido a mostrarle su apoyo. Yo también me estremecí y casi se me saltan las lágrimas.
Yo, claro, aún era muy niño y no me enteraba mucho de lo que pasaba. En mi casa los mayores no hablaban de política, al menos cuando estaba yo delante y no tenía ni idea de por qué había tanta gente en Madrid gritando ¡Franco, Franco, Franco! ni por qué lloraba el Caudillo.
Por lo que pude entender viendo la televisión, parecía que algunos países extranjeros estaban atacando a España; pero yo no acababa de entender muy bien por qué. Me costaba comprender cómo nadie podría querer hacerle daño a aquel señor tan mayor y tan bueno que tanto había hecho por España. Tenían que ser, verdaderamente, personas malvadas o, como se decía entonces, los enemigos de España.