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El Principito - Antoine de Saint-Exupery, El principito (5)

El principito (5)

Se cuentan allí ciento once reyes (sin olvidar, sin duda, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de ebrios, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas grandes.

Para daros una idea de las dimensiones de la Tierra os diré que antes de la invención de la electricidad se debía mantener, en el conjunto de seis continentes, un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y dos mil quinientos once faroleros.

Vistos desde lejos hacían un efecto espléndido. Los movimientos de este ejército estaban organizados como los de un ballet de ópera. Primero era el turno de los faroleros de Nueva Zelanda y de Australia. Una vez alumbradas sus lamparillas, se iban a dormir. Entonces entraban en el turno de la danza los faroleros de China y de Siberia. Luego, también se escabullían entre los bastidores. Entonces era el turno de los faroleros de Rusia y de las Indias. Luego los de África y Europa. Luego los de América del Sur. Luego los de América del Norte. Y nunca se equivocaban en el orden de entrada en escena. Era grandioso.

Solamente el farolero del único farol del Polo Norte y su colega del único farol del Polo Sur llevaban una vida ociosa e indiferente: trabajaban dos veces al año.

XVII

Cuando se quiere ser ingenioso ocurre que se miente un poco. No he sido muy honesto cuando hablé de los faroleros. Corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a quienes no lo conocen. Los hombres ocupan muy poco lugar en la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que pueblan la Tierra se tuviesen de pie y un poco apretados, como en un mitin, podrían alojarse fácilmente en una plaza pública de veinte millas de largo por veinte millas de ancho. Podría amontonarse a la humanidad sobre la más mínima islita del Pacífico.

Las personas grandes, sin duda, no os creerán. Se imaginan que ocupan mucho lugar. Se sienten importantes, como los baobabs. Les aconsejaréis, pues, que hagan el cálculo. Les agradará porque adoran las cifras. Pero no perdáis el tiempo en esta penitencia. Es inútil. Tened confianza en mí.

Una vez en tierra, el principito, quedó muy sorprendido al no ver a nadie. Temía ya haberse equivocado de planeta, cuando un anillo de color de luna se revolvió en la arena.

—Buenas noches —dijo al azar el principito.

—Buenas noches —dijo la serpiente.

—¿En qué planeta he caído? —preguntó el principito.

—En la Tierra, en África —respondió la serpiente.

—¡Ah!… ¿No hay, pues, nadie en la Tierra?

—Esto es el desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es grande —dijo la serpiente.

El principito se sentó sobre una piedra y levantó los ojos hacia el cielo:

—Me pregunto —dijo— si las estrellas están encendidas a fin de que cada uno pueda encontrar la suya algún día. Mira mi planeta. Está justo sobre nosotros… Pero, ¡qué lejos está!

—¡Qué hermoso es! —dijo la serpiente—. ¿Qué vienes a hacer aquí?

—Estoy disgustado con una flor —dijo el principito.

—¡Ah! —dijo la serpiente.

Y quedaron en silencio.

—¿Dónde están los hombres? —prosiguió al fin el principito—. Se está un poco solo en el desierto.

—Con los hombres también se está solo —dijo la serpiente.

El principito la miró largo tiempo:

Eres un animal raro —le dijo al fin—. Delgado como un dedo…

—Eres un animal raro —le dijo al fin—. Delgado como un dedo…

—Pero soy más poderoso que el dedo de un rey —dijo la serpiente.

El principito sonrió:

—No eres muy poderoso…, ni siquiera tienes patas…, ni siquiera puedes viajar…

—Puedo llevarte más lejos que un navío —dijo la serpiente.

Se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro:

—A quien toco, lo vuelvo a la tierra de donde salió —dijo aún—. Pero tú eres puro y vienes de una estrella…

El principito no respondió nada.

—Me das lástima, tú, tan débil, sobre esta Tierra de granito. Puedo ayudarte si algún día extrañas demasiado tu planeta. Puedo…

—¡Oh! Te he comprendido muy bien—dijo el principito—, pero ¿por qué hablas siempre con enigmas?

—Yo los resuelvo todos —dijo la serpiente.

Y quedaron en silencio.

XVIII

El principito atravesó el desierto y no encontró más que una flor. Una flor de tres pétalos, una flor de nada…

—Buenos días —dijo el principito.

—Buenos días —dijo la flor.

—¿Dónde están los hombres? —preguntó cortésmente el principito.

Un día la flor había visto pasar una caravana.

—¿Los hombres? Creo que existen seis o siete. Los he visto hace años. Pero no se sabe nunca dónde encontrarlos. El viento los lleva. No tienen raíces. Les molesta mucho no tenerlas.

—Adiós —dijo el principito.

—Adiós —dijo la flor.

XIX

El principito subió a una alta montaña. Las únicas montañas que había conocido eran los tres volcanes que le llegaban a la rodilla. Usaba el volcán apagado como taburete. «Desde una montaña alta como ésta —se dijo—, veré de un golpe todo el planeta y todos los hombres…» Pero sólo vio agujas de rocas bien afiladas.

Este planeta es seco, puntiagudo y salado.

—Buenos días —dijo al azar.

—Buenos días… Buenos días… Buenos días… —respondió el eco.

—¿Quién eres? —dijo el principito.

—Quién eres…, quién eres… —respondió el eco.

—Sed amigos míos, estoy solo —dijo el principito.

—Estoy solo…, estoy solo…, estoy solo —respondió el eco.

«¡Qué planeta tan raro! —pensó entonces—. Es seco, puntiagudo y salado. Y los hombres no tienen imaginación. Repiten lo que se les dice… En mi casa tenía una flor: era siempre la primera en hablar…»

XX

Pero sucedió que el principito, habiendo caminado largo tiempo a través de arenas, de rocas y de nieves, descubrió al fin una ruta. Y todas las rutas van hacia la morada de los hombres.

—Buenos días —dijo.

Era un jardín florido de rosas.

—Buenos días —dijeron las rosas.

El principito las miró. Todas se parecían a su flor.

—¿Quiénes sois? —les preguntó, estupefacto.

—Somos rosas —dijeron las rosas.

—¡Ah! —dijo el principito.

Y se sintió muy desdichado. Su flor le había contado que era la única de su especie en el universo. Y he aquí que había cinco mil, todas semejantes, en un solo jardín.

«Se sentiría bien vejada si viera esto —se dijo—; tosería enormemente y aparentaría morir para escapar al ridículo. Y yo tendría que aparentar cuidarla, pues, si no, para humillarme a mí también, se dejaría verdaderamente morir…»

Luego, se dijo aún: «Me creía rico con una flor única y no poseo más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales quizá está apagado para siempre. Realmente no soy un gran príncipe…». Y, tendido sobre la hierba, lloró.

XXI

Entonces apareció el zorro:

—Buenos días —dijo el zorro.

—Buenos días —respondió cortésmente el principito, que se dio la vuelta, pero no vio nada.

—Estoy aquí —dijo la voz—, bajo el manzano…

—¿Quién eres? —dijo el principito—. Eres muy lindo…

—Soy un zorro —dijo el zorro.

—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—. ¡Estoy tan triste!…

—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—. No estoy domesticado.

—¡Ah! Perdón —dijo el principito.

Pero, después de reflexionar, agregó:

—¿Qué significa «domesticar»?

—No eres de aquí —dijo el zorro—. ¿Qué buscas?

—Busco a los hombres —dijo el principito—. ¿Qué significa «domesticar»?

—Los hombres —dijo el zorro— tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?

—No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué significa «domesticar»?

—Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—. Significa «crear lazos».

—¿Crear lazos?

—Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…

—Empiezo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor… Creo que me ha domesticado.

—Es posible —dijo el zorro—. ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas…!

—¡Oh! No es en la Tierra —dijo el principito.

El zorro pareció muy intrigado.

—¿En otro planeta?

—Sí.

—¿Hay cazadores en ese planeta?

—No.

—¡Es interesante eso! ¿Y gallinas?

—No.

—No hay nada perfecto —suspiró el zorro.

Pero el zorro volvió a su idea:

—Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…

El zorro calló y miró largo tiempo al principito.

—¡Por favor…, domestícame! —dijo.

—Me gustaría —respondió el principito—, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.

—Sólo se conocen las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!

—¿Qué hay que hacer? —dijo el principito.

—Hay que ser paciente —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca…

Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres.

Al día siguiente volvió el principito.

—Hubiese sido mejor venir a la misma hora —dijo el zorro—. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres.

Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.

—¿Qué es un rito? —dijo el principito.

—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:

—¡Ah!… —dijo el zorro—. Voy a llorar.

—Tuya es la culpa —dijo el principito—. No deseaba hacerte mal, pero quisiste que te domesticara…

—Sí —dijo el zorro.

—¡Pero vas a llorar! —dijo el principito.

—Sí —dijo el zorro.

—Entonces, no ganas nada.

—Gano —dijo el zorro—, por el color del trigo.

Luego, agregó:

—Ve y mira nuevamente las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver nuevamente las rosas:

—No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún —les dijo—. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Y las rosas se sintieron molestas.

—Sois bellas, pero estáis vacías —continuó—. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado.

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