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El Principito - Antoine de Saint-Exupery, El principito (2) – Text to read

El Principito - Antoine de Saint-Exupery, El principito (2)

중급 1 스페인어의 lesson to practice reading

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El principito (2)

Pero, claro está, nosotros, que comprendemos la vida, nos burlamos de los números. Hubiera deseado comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Hubiera deseado decir:

«Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…» Para quienes comprenden la vida habría parecido mucho más cierto.

Pues no me gusta que se lea mi libro a la ligera. ¡Me apena tanto relatar estos recuerdos!… Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y puedo transformarme como las personas grandes, que no se interesan más que en las cifras. Por eso he comprado una caja de colores y de lápices. Es penoso retomar el dibujo, a mi edad, cuando no se ha hecho más tentativas que la de la boa cerrada y la de la boa abierta, a la edad de seis años. Trataré, por cierto, de hacer los retratos lo más parecidos posible. Pero no estoy del todo seguro de lograrlo. Unos dibujos salen bien y otros no. Me equivoco también un poco en la talla. Aquí el principito es demasiado alto. Allá es demasiado pequeño. Vacilo, también, acerca del color de su vestido. Entonces voy tanteando de una manera u otra. He de equivocarme, en fin, sobre ciertos detalles más importantes. Pero habrá de perdonárseme. Mi amigo jamás daba explicaciones. Quizá me creía semejante a él. Pero yo, desgraciadamente, no sé ver corderos a través de las cajas. Soy quizá un poco como las personas grandes. Debo de haber envejecido.

VCada día sabía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida, sobre el viaje. Venía lentamente, al azar de las reflexiones. Al tercer día me enteré del drama de los baobabs.

Fue otra vez gracias al cordero, pues el principito me interrogó bruscamente, como asaltado por una duda profunda:

—¿Es verdad, no es cierto, que a los corderos les gusta comer arbustos?

—Sí. Es verdad.

—¡Ah! ¡Qué contento estoy!

No comprendí por qué era tan importante que los corderos comiesen arbustos. Pero el principito agregó:

—¿De manera que comen también baobabs?

Hice notar al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles grandes como iglesias y que aun si llevara con él toda una tropa de elefantes, la tropa no acabaría con un solo baobab.

La idea de la tropa de elefantes hizo reír al principito:

—Habría que ponerlos unos sobre otros…

—Los baobabs, antes de crecer, comienzan por ser pequeños.

—¡Es cierto! Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman baobabs pequeños?

Me contestó: «¡Bueno! ¡Vamos!», como si ahí estuviera la prueba. Y necesité un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo el problema.

En efecto, en el planeta del principito, como en todos los planetas, había hierbas buenas y hierbas malas. Como resultado de buenas semillas de buenas hierbas y de malas semillas de malas hierbas. Pero las semillas son invisibles. Duermen en el secreto de la tierra hasta que a una de ellas se le ocurre despertarse. Entonces se estira y, tímidamente al comienzo, crece hacia el sol una encantadora briznilla inofensiva. Si se trata de una planta mala, debe arrancarse la planta inmediatamente, en cuanto se ha podido reconocerla. Había, pues, semillas terribles en el planeta del principito. Eran las semillas de los baobabs. El suelo del planeta estaba infestado. Y si un baobab no se arranca a tiempo, ya no es posible desembarazarse de él. Invade todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y si los baobabs son demasiado numerosos, lo hacen estallar.

«Es cuestión de disciplina», me decía más tarde el principito. «Cuando uno termina de arreglarse por la mañana, debe hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs en cuanto se los distingue entre los rosales, a los que se parecen mucho cuando son muy jóvenes. Es un trabajo muy aburrido, pero muy fácil».

Y un día me aconsejó que me aplicara a lograr un hermoso dibujo, para que entrara bien en la cabeza de los niños de mi tierra. «Si algún día viajan —me decía— podrá serles útil. A veces no hay inconveniente en dejar el trabajo para más tarde. Pero, si se trata de los baobabs, es siempre una catástrofe. Conocí un planeta habitado por un perezoso. Descuidó tres arbustos…»

Los baobabs.

Y, según las indicaciones del principito, dibujé aquel planeta. No me gusta mucho adoptar tono de moralista. Pero el peligro de los baobabs es tan poco conocido, y los riesgos corridos por quien se extravía en un asteroide son tan importantes, que, por una vez, salgo de mi reserva. Y digo: «¡Niños! ¡Cuidado con los baobabs!». Para prevenir a mis amigos de un peligro que desde hace tiempo los acecha, como a mí mismo, sin conocerlo, he trabajado tanto en este dibujo. La lección que doy es digna de tenerse en cuenta. Quizá os preguntaréis: «¿Por qué no hay, en este libro, otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs?». La respuesta es bien simple: He intentado hacerlos, pero sin éxito. Cuando dibujé los baobabs me impulsó el sentido de la urgencia.

VI

¡Ah, principito! Así, poco a poco, comprendí tu pequeña vida melancólica. Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Me enteré de este nuevo detalle, en la mañana del cuarto día, cuando me dijiste:

—Me encantan las puestas de sol. Vamos a ver una puesta de sol.

—Pero tenemos que esperar…

—¿Esperar qué?

—Esperar a que el sol se ponga.

Al principio pareciste muy sorprendido; luego, te reíste de ti mismo. Y me dijiste:

—¡Me creo siempre en mi casa!

En efecto. Todo el mundo sabe que cuando es mediodía en los Estados Unidos el sol se pone en Francia. Bastaría poder ir a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol. Desgraciadamente, Francia está demasiado lejos. Pero sobre tu pequeño planeta te bastaba mover tu silla algunos pasos. Y contemplabas el crepúsculo cada vez que lo querías.

—Un día, vi ponerse el sol cuarenta y tres veces.

Y poco después agregaste:

—¿Sabes?… Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol…

—¿Estabas, pues, verdaderamente triste el día de las cuarenta y tres veces?

El principito no respondió.

VII

Al quinto día, siempre gracias al cordero, me fue revelado este secreto de la vida del principito. Me preguntó bruscamente, y sin preámbulos, como fruto de un problema largo tiempo meditado en silencio:

—Si un cordero come arbustos, ¿come también flores?

—Un cordero come todo lo que encuentra.

—¿Hasta las flores que tienen espinas?

—Sí. Hasta las flores que tienen espinas.

—Entonces, las espinas, ¿para qué sirven?

Yo no lo sabía. Estaba entonces muy ocupado tratando de destornillar un bulón demasiado ajustado de mi motor. Estaba muy preocupado, pues mi avería comenzaba a resultarme muy grave y el agua que se agotaba me hacía temer lo peor.

—Las espinas, ¿para qué sirven?

El principito jamás renunciaba a una pregunta, una vez que la había formulado. Yo estaba irritado por mi bulón y respondí cualquier cosa:

—Las espinas no sirven para nada. Son pura maldad de las flores.

—¡Oh!

Después de un silencio me largó, con cierto rencor:

—¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas.

No respondí nada. En ese instante me decía: «Si este bulón todavía resiste, lo haré saltar de un martillazo». El principito interrumpió de nuevo mis reflexiones:

—¿Y tú, tú crees que las flores…?

—¡No, no! ¡Yo no creo nada! Te he contestado cualquier cosa. ¡Yo me ocupo de cosas serias!

Me miró estupefacto.

—¡De cosas serias!

Me veía con el martillo en la mano y los dedos negros de grasa, inclinado sobre un objeto que le parecía muy feo.

—¡Hablas como las personas grandes!

Me avergonzó un poco. Pero, despiadado, agregó:

—¡Confundes todo!… ¡Mezclas todo!

Estaba verdaderamente muy irritado. Sacudía al viento sus cabellos dorados.

—Conozco un planeta donde hay un Señor carmesí. Jamás ha aspirado una flor. Jamás ha mirado a una estrella. Jamás ha querido a nadie. No ha hecho más que sumas y restas. Y todo el día repite como tú: «¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!». Se infla de orgullo. Pero no es un hombre; ¡es un hongo!

—¿Un qué?

—¡Un hongo!

El principito estaba ahora pálido de cólera.

—Hace millones de años que las flores fabrican espinas. Hace millones de años que los corderos comen igualmente las flores. ¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores se esfuerzan tanto en fabricar espinas que no sirven nunca para nada? ¿No es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es más serio y más importante que las sumas de un Señor gordo y rojo? ¿Y no es importante que yo conozca una flor única en el mundo, que no existe en ninguna parte, salvo en mi planeta, y que un corderito puede aniquilar una mañana, así, de un solo golpe, sin darse cuenta de lo que hace? ¿Esto no es importante?

Enrojeció y agregó:

—Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas. Se dice: «Mi flor está allí, en alguna parte…». Y si el cordero come la flor, para él es como si, bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?

No pudo decir nada más. Estalló bruscamente en sollozos. La noche había caído. Yo había dejado mis herramientas. No me importaban ni el martillo, ni el bulón, ni la sed, ni la muerte. En una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, había un principito que necesitaba consuelo. Lo tomé en mis brazos. Lo acuné. Le dije: «La flor que amas no corre peligro… Dibujaré un bozal para tu cordero. Dibujaré una armadura para tu flor… Di…». No sabía bien qué decir. Me sentía muy torpe. No sabía cómo llegar a él, dónde encontrarlo… ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!…

VIII

Aprendí bien pronto a conocer mejor esa flor. En el planeta del principito siempre había habido flores muy simples, adornadas con una sola hilera de pétalos, que apenas ocupaban lugar y que no molestaban a nadie. Aparecían una mañana entre la hierba y luego se extinguían por la noche. Pero aquélla había germinado un día de una semilla traída no se sabe de dónde y el principito había vigilado, muy de cerca, a esa brizna que no se parecía a las otras briznas. Podía ser un nuevo género de baobab. Pero el arbusto cesó pronto de crecer y comenzó a elaborar una flor. El principito, que asistió a la formación de un capullo enorme, sentía que iba a surgir una aparición milagrosa, pero, al abrigo de su cámara verde, la flor no terminaba de preparar su embellecimiento. Elegía con cuidado sus colores. Se vestía lentamente y ajustaba uno a uno sus pétalos. No quería salir llena de arrugas como las amapolas. Quería aparecer con el pleno resplandor de su belleza. ¡Ah!, ¡sí! ¡Era muy coqueta! Su misterioso atavío había durado días y días. Y he aquí que una mañana, exactamente a la hora de la salida del sol, se mostró.

Y la flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo en medio de un bostezo:

—¡Ah!, acabo de despertarme… Perdóname… Todavía estoy toda despeinada…

El principito, entonces, no pudo contener su admiración:

—¡Qué hermosa eres!

—¿Verdad? —respondió suavemente la flor—. Y he nacido al mismo tiempo que el sol…

El principito advirtió que no era demasiado modesta, ¡pero era tan conmovedora!…

—Creo que es la hora del desayuno —agregó en seguida la flor—. ¿Tendrías la bondad de acordarte de mí?

Y el principito, confuso, habiendo ido a buscar una regadera de agua fresca, sirvió a la flor.

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