×

우리는 LingQ를 개선하기 위해서 쿠키를 사용합니다. 사이트를 방문함으로써 당신은 동의합니다 쿠키 정책.

무료 회원가입
image

NPR Radio Ambulante, Yo nena (3)

Yo nena (3)

CODE SWITCH: Ya sea que hablemos de las protestas de atletas, la prohibición de que los musulmanes ingresen al país, la violencia con armas de fuego, la reforma educativa o la música que te está dando vida en este momento. La raza es el subtexto de gran parte de la historia estadounidense. Y en Code Switch, de NPR, ese subtexto se vuelve texto. Suscríbete y escucha todos los miércoles.

ALARCÓN: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, con solo cuatro años, Luana había logrado que en su casa la aceptaran y la empezaran a llamar por este nuevo nombre, pero el proceso con el jardín y con el resto de la sociedad sería otra cosa.

Patricia Serrano sigue con la historia.

PATRICIA SERRANO: Luana y Elías habían empezado el jardín a los tres años. Era privado y quedaba cerca de la casa. El jardín siempre había sido un lugar difícil para Luana porque quería vestirse como las demás nenas. Se usaba uniforme: las nenas con falda y los nenes con pantalón. Y desde que entró obviamente todos allá la reconocían como Manuel. Pero, desde un principio, Manuel quería hacer cosas de niñas. Por ejemplo...

MANSILLA: Empezó a peinar a las nenas. Era el varoncito que peinaba a las niñas del jardín, ¿no? Ella quería también una pollerita como usaban todas las niñas y a ella le correspondía el pantalón de uniforme y el pelo bien corto. Y salía del jardín sufriendo.

SERRANO: Gabriela no podía complacer a Luana. Y tampoco podía ponerle una falda para ir al colegio.

De a poquito y dentro de casa, Luana empezaba a ser cada vez más ella. Para que no se pusiera más trapos sucios en la cabeza, le compraron una peluca de cotillón. De fantasía. Su tía Silvia le compró su primer disfraz de princesa. La princesa Aurora. Y para el día del niño accedieron comprarle la muñeca que tanto pedía. Empezó a dormir con la muñeca y con la peluca. Dormía profundo y ya casi no había pesadillas. Empezó a comer mejor y se le dejó de caer el pelo. Pero Luana era Luana solo en la casa.

MANSILLA: Para todo el jardín, Luana era un varón.

SERRANO: Y ante el resto del mundo también, y llamándose Manuel.

MANSILLA: Esta disociación, no la podía sostener. Venía corriendo del jardín, entraba corriendo y se iba sacando la ropa desde la puerta hasta entrar nada más que para ponerse el vestido de cotillón que tenía, la peluca de cotillón. Parecía como que le quemaba la otra ropa. Se agarraba a los pantalones y me decía: “Esto me molesta”.

SERRANO: Gabriela seguía buscando ayuda profesional y estaba muy frustrada…

MANSILLA: Ya habíamos pasado por muchos psicólogos, por pediatras, neurólogos —dentro de lo que podíamos— y nadie nos quería acompañar. O sea, nadie quería acompañar a la mamá loca que decía que tenía una niña trans, cuando en este país no se hablaba de la transgeneridad en la infancia. No existía.

SERRANO: Hasta que, buscando en internet, su hermana Silvia encontró el mail de una psicóloga: Valeria Paván. Era la coordinadora del área de Salud de la Comunidad Homosexual Argentina, la CHA.

Le escribieron y Valeria aceptó recibir a Gabriela en su consultorio, a unas pocas cuadras de Plaza de Mayo, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, a tres horas de la casa de Gabriela en transporte público. Gabriela le pidió a Guillermo que la acompañara y fueron a verla una noche. Esta es Valeria.

VALERIA PAVÁN: Me contaron toda la historia y todo el recorrido que habían hecho durante esos… esos dos años. No me llamó tanto la atención.

SERRANO: O sea, tenía mucha experiencia con personas trans. Para ese momento Valeria ya había acompañado como a 200 personas trans. Lo que sí le sorprendía era lo joven que era Luana y el hecho de que los padres habían reconocido a su hija. Eso sí era extraño.

PAVÁN: Por primera vez en un montón de años de recorrido habíamos encontrado a un papá y una mamá que habían podido escuchar lo que esta nena estaba intentando explicarles.

SERRANO: Le sorprendió que no se hubieran quedado con esas terapias correctivas que les ordenaron los psicólogos a los que habían visto. Que siguieran investigando. Eso nunca lo había visto.

Gabriela recuerda muy bien las palabras de Valeria aquel día. La pregunta que les hizo: que qué iban a hacer si la evaluación confirmaba que Luana era una niña trans.

MANSILLA: E inmediatamente yo ya sabía qué hacer. Lo que no sabía era lo que iba a hacer su… su progenitor.

SERRANO: Para su sorpresa, Guillermo —el progenitor, como le dice Gabriela— le dijo a la doctora que sí aceptaría a Luana, tal como era.

Terminaron la cita y quedaron en que iban a llevar a Luana para que la conociera. Gabriela salió sintiendo que por fin había conocido a un profesional que coincidía con su intuición, que estaba dispuesta a apoyarla. Pero estaba muy asustada, muy abrumada. Una de las cosas que más la angustiaba era saber que en Argentina nunca había habido un caso de una niña trans tan pequeña. No había un modelo a seguir, nada.

MANSILLA: Teníamos que hacerlo nosotras y ser punta de lanza en algo sin tener absolutamente conocimiento ni nada. No era fácil, ¿no?¿Y si estaba bien lo que estábamos haciendo? ¿Y si estaba mal lo que estábamos haciendo? ¿Y quién me garantizaba a mí que mi hija no iba a sufrir o que no le iba a pasar nada? ¿Cómo iba a ser en el jardín?

SERRANO: Tocaba paso por paso.

Valeria necesitaba primero conocer a Luana. Le dijo a Gabriela que cuando llevara a Luana le dijera que llevara todo con lo que quisiera jugar.

MANSILLA: Y Luanita sola agarró una bolsita y en la bolsita puso su vestidito de cotillón, estos de jugar, y la peluca. Entonces cuando Valeria la conoció, le abrió la puerta y ella entró corriendo casi como para que ni la vea. Se puso la peluca y se puso la pollera y recién ahí se presentó como Luana.

SERRANO: Para Valeria fue claro desde el primer momento.

PAVÁN: Apenas la conocí, no dudé inmediatamente en consensuar con... con la familia y empezar a… a darle lo que Lulú nos pedía.

SERRANO: Se empezaron a ver una vez por semana.

MANSILLA: Y de ahí, bueno, Luana encontró en Valeria el escape, la libertad. Todo lo que ella necesitaba se lo pedía a Valeria y sabía que Valeria iba a interferir para... para ayudarla.

SERRANO: Un día del 2011, poco antes del día de la madre —en Argentina se celebra en octubre—, Gabriela estaba con Luana y Elías buscando algo de ropa para la abuela. Ambos estaban vestidos iguales, con pantalones azules de cuadros. Estaban en la tienda y, cuando Gabriela se dio vuelta, Luana se había puesto una de las blusas del local.

MANSILLA: Que alarmó mucho a la chica que estaba vendiéndome, ¿no? Entonces le dije al oído que le quedaba grande. Y ahí tomé la decisión de que ya no estuviera disfrazada.

SERRANO: O sea, que Luana necesitaba su propia ropa, de niña. Ropa que le quedara. Que le gustara. Lo que cualquier mamá le quisiera dar a su hija. Pero para Gabriela, esta decisión fue casi una revelación.

MANSILLA: No, me parece que la dignidad era lo último que yo le podía negar.

SERRANO: Después de comprar el regalo para la abuela, fueron a un local de ropa infantil.

MANSILLA: Entonces entré con ellos dos, con esa vestimenta, y le pedí al señor una pollera de color lila que había en la vidriera. Entonces me dice: “¿Como para quién?”. Y le dije: “Como para…”. Y la miraba a Luana y no sabía cómo explicarle, decía: “Como para ella”. Y el señor no entendía nada.

SERRANO: Luana se puso la falda y empezó a dar vueltas dentro del local. Estaba feliz. Cuando llegaron a su casa, Luana estaba ansiosa por ponerse la falda y mostrársela a su abuela. La mamá de Gabriela, María Esther, vive justo enfrente. Solo tenían que cruzar la calle de tierra. Sería la primera vez que Luana saldría a la calle vestida como una nena.

MANSILLA: Y apenas abrí la puerta se fue para atrás y me dijo: “No, no, no, no. Si viene gente, me escondo". Yo la agarré de la mano y le dije: “¿Vos sos una nena o sos un varón?”. “Soy una nena, mamá”. “Bueno, vamos a la casa de la abuela y vamos a cruzar con la pollera porque vos sos una nena. Estás conmigo, no… no tenés que tener vergüenza”. “¿Y si viene gente?”. “Y si viene gente, si no le gusta que no te miren”. Se terminó.

SERRANO: Así de simple era, al final de cuentas. Tomar la decisión de asumir quién era.

MANSILLA: Así que le agarré la mano a Elías, le agarré la mano de Luana con su pollerita. La remera era azul con unos cuadros y tenía su pollerita, con su pelito super cortito. Y de la mano agarraditas, cruzamos la calle. Fue inmensa la calle, porque no se terminaba más (risa). Creo que eran seis pasos y nos costó mucho atravesar. Pero eso le dio la seguridad a Luana. No la paramos más.

SERRANO: El mensaje de Gabriela era claro:

MANSILLA: La aceptación, la seguridad. El que pase lo que pase yo estoy acá. No importa lo que digan los demás.

SERRANO: “Si vos querés salir a la calle vestida así, yo te apoyo." MANSILLA: El tema era el padre. No tenía permiso mi hija para salir a la calle así vestida. Así que las batallas que fuimos ganando nos duraron muy poquito porque después nos abandonó.

SERRANO: Guillermo se fue definitivamente de la casa en enero del 2012, cuando Elías y Luana tenían cuatro años y medio. Con el tiempo dejaron de verlo por completo. Fueron épocas muy difíciles para Gabriela y sus hijos. Pero Elías vivía la transición de Luana con naturalidad.

MANSILLA: Primero porque él ya sabía... sabía que su hermano quería una muñeca. Sabía que su hermano era la princesa. Lo sabía. Para él fue mucho más fácil. Fue solamente cambiar un nombre, nada más. Elías empezó a notar que Luana estaba mejor, y si Luana dormía Elías también. O sea, si Luana estaba en paz, estaba en paz toda la casa.

MANSILLA: Y si se ponía un vestido o una pollera, lo que fuere, le decía a Elías: “¿Cómo estoy, Elías?”. Y Elías le decía: “Estás hermosa, Luana”. O sea, todo el amor de su hermano tuvo siempre.

SERRANO: Poco a poco, Luana podía ser ella misma, no solo en su casa, sino también puertas afuera. Pero el tema era el jardín infantil, donde todavía era Manuel. Ahí estaba obligada a vestirse de niño, las profesoras la trataban como niño. Odiaba ir al colegio.

MANSILLA: Lloraba en la puerta que no quería entrar porque la trataban como un varón.

SERRANO: Lo cual era muy difícil para Luana. Entendió poco a poco que lo que la diferenciaba de las niñas era sus genitales. Y un día Luana…

MANSILLA: Se apareció desnuda, había hundido su pene con sus manitos, con sus deditos chiquititos. Lo había hecho desaparecer y me dijo: “Mira, mamá. Así quiero. Yo no quiero pene porque las niñas no tenemos pene”. La abracé. La vestí e hice desaparecer todo lo cortante que tuviera a su alcance. Yo sentí que ella iba a cortarse ese pene y me desesperé.

SERRANO: Entre Gabriela y Valeria trataron de que lo entendiera de la mejor manera posible.

MANSILLA: Que notará que estas diferencias que a ella le iban a pesar, como ser la única niña con pene dentro de la escuela, en lugar de padecerlo y decir: “Ay, yo soy la única nena con pene”, es decirle: “Qué maravilloso que vos seas la única nena con pene”.

PAVÁN: Lo que tratamos de trabajar es que la nena entendiera que lo que le estaba pasando no estaba mal. Que ella pudiera aceptar su cuerpo, que era posible ser una niña con pito y no había… no había ningún problema.

SERRANO: Era un acompañamiento que iba más allá del consultorio.

Learn languages from TV shows, movies, news, articles and more! Try LingQ for FREE