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NPR Radio Ambulante, Juntos a la distancia (2)

Juntos a la distancia (2)

Se demoró cinco horas en llegar.

JAIME: Durante esas cinco horas yo estaba tumbado. No podía ya moverme demasiado y empezaba a sentirme realmente angustiado.

WIENER: Apareció esta ambulancia, que era como de otro planeta.

ALARCÓN: O sea la ambulancia en sí era la misma…

WIENER: Pero bajaron unos tipos completamente vestidos, protegidos de… de… de… de trajes aus... astronáuticos, ¿no? Con cascos, guantes, ¿no? Venían tan protegidos que ya ver eso te da miedo, ¿no? O sea, esa gente... esa gente, se llevó a… a mi marido.

ALARCÓN: Lo llevaron a una zona de urgencias del Hospital 12 de Octubre.

WIENER: Uno de esos hospitales que ya ha salido en las noticias porque tenía a los pacientes tirados por el suelo.

ALARCÓN: Se quedó en un área solo para pacientes con coronavirus.

WIENER: Y ahí empezó el Vía Crucis, ¿no? En una silla, ¿no?, de hospital, absolutamente abarrotada toda esa zona de gente enferma, tosiendo, sin camillas, que apenas podían atenderlos los sanitarios, ¿no?

JAIME: Lo más terrible fue ver cómo las ambulancias no dejaban de llegar. Llegaban al ritmo de unas... una cada media hora. Llegaban, dejaban a un paciente y se volvían a ir.

ALARCÓN: Estaría en esa sala de espera por más de un día. Treinta y dos horas.

JAIME: Horas que fui contando evidentemente desde la primera.

ALARCÓN: Pero no es que estuvo completamente abandonado. Es decir, a pesar de lo abarrotado que estaba la sala de espera, sí se lo llevaron para hacerle la prueba del coronavirus y para hacerle unas placas de sus pulmones. Cuando le dieron los resultados, llamó a Gaby y a Rosi.

WIENER: Entonces, imagínate Rosi y yo aquí. Jaime llamándonos a… ya a horas de la madrugada, sin cama, sufriendo ahí dolores horrorosos y diciéndonos: “No se asusten pero tengo neumonía en los dos pulmones”, ¿no?

JAIME: Para mí era difícil porque mientras más pasaban las horas notaba su… su preocupación que aumentaba. Y era muy duro ver pasar las horas. Contar las horas, ver que estabas 10 horas, 12 horas, 15 horas, 20 horas y seguíamos ahí en las sillas.

ALARCÓN: Jaime, Gaby y Rosi se chateaban o se hablaban cuando podían.

JAIME: Era un poco difícil porque las tomas de... de electricidad para cargar los móviles, evidentemente todos estábamos tratando de… de cargarlos al mismo tiempo. Se nos acababa la batería, cargamos un poco.

ALARCÓN: Y luego cedían la toma de electricidad a otro, que estaba en más o menos la misma situación.

JAIME: No era en realidad una cuestión de… de competencia, ni de... ni de lucha. Era más bien de solidaridad, ¿no? Era como de: “Venga, yo voy a cargar un poco después de cargar tú". Y nadie se quedaba con el móvil enchufado ahí todo el tiempo, sino iba... íbamos rotándonos de una manera espontánea y casi sin decirnos nada, ¿no?

ALARCÓN: Me gusta este detalle de la historia de Jaime y no me cuesta imaginármelo. Un gesto simple, solidario, que un paciente tras otro repite, porque sí, porque todos están en las mismas. Y es que el coronavirus, como sabemos, es tan contagioso que los familiares no pueden acompañar a los enfermos. Entonces, todos los de la sala esperaban, ansiosos, sufriendo y solos.

Coco no desarrolló síntomas tan fuertes como los de su papá, entonces no se tuvo que hospitalizar. Solo se mantuvo en aislamiento. Pero Gaby y Rosi se la pasaban esperando noticias de Jaime, sin poder dormir, desesperadas.

WIENER: Lo que vivimos fue auténtico miedo. Primero no saber la magnitud del daño que tenía los pulmones. Pensar que se iba a ahogar y pensar que no iban a estar ahí, ¿no? Que no iban a… a… a poder ayudarlo, ¿no?, porque estaban colapsados, ¿no?

ALARCÓN: Pero en medio del desespero y la incertidumbre, Gaby y Rosi tenían que seguir.

WIENER: Teniendo que sostener la casa, el buen humor de la casa, ¿no? Además Coco preguntaba mucho cómo estaba su papá y nosotros le decíamos “bien”, pero estábamos arrasadas. Teníamos que además seguir limpiando como si no hubiera mañana.

ALARCÓN: Y Jaime mantenía el contacto con su casa, contándoles cómo seguía. En la sala de urgencias la cosa solo se ponía peor.

JAIME: Para el segundo día que estuve ya ahí esperando, había gente ya en los pasillos. Había una gente en el suelo, sentada, tumbados en las sillas.

ALARCÓN: Muchos de los que estaban en la sala de espera eran personas mayores. Y como todos, estaban solos.

JAIME: Y me alucinaba la entereza con la que se mantenían ahí en la silla. Yo, que tengo 46 años, sentía el cuerpo destrozado y a veces la ansiedad me… me… me ganaba. Sentía que no estaba razonando bien ya, más o menos cuando llevábamos unas 20 horas ahí. Y que entre… entre la enfermedad y… y la ansiedad y el cansancio físico, todo eso me estaba enloqueciendo. Pero veía a estas mujeres tan… estoicamente, tan fuertes, tan valientes, aguantar el tipo sin pedir nada a nadie. Y era como... como súper fuerte para mí.

ALARCÓN: A pesar de lo mal que estaba, en un momento dado, Jaime tomó una decisión: si lo llamaban cuando todavía hubiera personas ancianas esperando...

JAIME: Yo iba a rechazar la… la habitación. Me iba a plantar, iba a decirle a los doctores: “No voy a subir a una habitación. Por favor, que suba la persona que está a mi costado”, y tal.

En ese sentido, yo creo que intentaba negar... negarme a mí como una persona necesitada de cuidados, porque mi pensamiento era: “Ellas lo necesitan más. Ellos lo necesitan más”.

ALARCÓN: Había una mujer mayor que llevaba casi las mismas horas que él allí...

JAIME: Entonces, mi última idea, cuando ya estaba en las últimas y no aguantaba más, era: “Si esta señora no sube, yo no subo”, ¿no? Para mi suerte, y para aliviar un poco mi sensación de culpa, en un momento en que yo cabeceo un poco, abro los ojos y ya no estaba esta señora, ¿no?

ALARCÓN: Y entonces cuando llegan a llamarlo, ya a la hora 32…

JAIME: No rechazo la cama. Me desplomo en una silla de ruedas y me llevan. Pero, todo... nada de esto ocurre sin una sensación de culpa brutal. No podía ni mirar hacia atrás porque sentía que estaban ahí todavía ancianos y ancianas que habían llegado después que yo. Pero que... pero que eso, ¿no?, que merecían la cama más que yo. Que tenían que ser prioritarios. Este tipo de pensamientos me torturó muchísimo mientras… mientras subía a la… a la planta.

ALARCÓN: Para cuando Jaime subió finalmente a la habitación, recordemos que ya le habían hecho la prueba del coronavirus el día anterior. Ya instalado en el cuarto, le llevaron los resultados…

WIENER: Y era negativo. Y entonces lo que nos dijeron y lo que le dijeron a él es que hay muchísimos falsos negativos.

ALARCÓN: Los falsos negativos pasan por varias razones: muchas veces toman la prueba mal o demasiado temprano o, a veces, los mismos kits están defectuosos. España compró pruebas rápidas que resultaron ser un fiasco. Solo tenían un 30% de capacidad de dar un resultado preciso.

Pero los síntomas de Jaime eran tan claros que le dijeron que lo iban a tratar como un positivo. Lo pusieron en un cuarto con José Antonio, un hombre de 53 años también falso negativo. Ahí se acompañaron.

JAIME: Que, bueno, en esos días que compartes ahí te... empiezas a conocerte y a contarte la vida. Lo que hacíamos era ver las noticias sin parar, ¿no?

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

PERIODISTA 1: España cumple una semana de confinamiento y las cifras del coronavirus siguen escalando.

PERIODISTA 2: España comienza a vivir sus peores días de esta crisis, con el número de fallecidos duplicándose cada día.

PERIODISTA 3: En Madrid, la región más afectada, los hospitales están desbordados con las UCIs al doble de su capacidad.

JAIME: Veíamos que se hablaba del colapso de los hospitales, que se hablaba de las experiencias que nosotros mismos acabábamos de padecer y… y era una sensación extraña. Y no voy a decir que reconfortante, pero sí… sí, por lo menos sentías como que la atención mediática y de todos puesta en… en lo que te estaba pasando a ti, ¿no?

ALARCÓN: Un grupo de médicos y enfermeras se movían sin parar, atendiendo a uno y a otro. La precariedad con la que tenían que trabajar era evidente.

JAIME: A veces entraban las enfermeras, que para entrar tienen que ponerse un… un traje especial, y a veces no tenían esos trajes especiales y tendrían que poner unas bolsas de plástico de basura para poder entrar. Todo esto era muy penoso de ver. Y ellas mismas a veces se desarmaban y nos decían que la primera vez que se tuvieron que poner una bolsa de basura habían llorado porque se daban cuenta de la escasez del material.

ALARCÓN: Y a veces cuando Jaime y José Antonio estaban viendo las noticias, las enfermeras les decían:

JAIME: “No veaís tanto eso porque os vais a deprimir. Tenéis que… que estar con mucho ánimo vosotros, porque si vosotros no tenéis ánimo y no nos recuperáis todo nuestro trabajo, no va a servir para nada”. Y así trataban de darnos ánimo, nos contaban… nos hacían bromas. En fin, son... es un trabajo sacrificado y noble el que… el que hicieron todos los sanitarios ahí.

ALARCÓN: En total Jaime estuvo cuatro días en el hospital. Y la verdad es que tuvo suerte. Nunca lo tuvieron que pasar a cuidados intensivos, ni mucho menos intubarlo. Al día siguiente de llegar al hospital, le volvieron a hacer la prueba y esta vez sí dio positivo. Igual, respondió bien al tratamiento que le dieron, pero no es que se hubiera curado.

Cuando le dieron de alta, todavía tenía algunos síntomas y algunas secuelas. En una situación normal, lo hubieran dejado en el hospital hasta que terminara de recuperarse. Pero dada la emergencia que se vivía en Madrid en esos días, necesitaban la cama para otro paciente.

Y entonces, el 24 de marzo volvió a casa, donde vendría la segunda parte de este reto.

WIENER: Entonces ya cuando Jaime ha venido acá, era un positivo en toda regla, ¿no?, lo cual nos puso bien nerviosas. Porque una cosa era tener a alguien sospechoso aquí en tu casa, por más que tuviera todos los síntomas, y otra cosa es que ya alguien venga con su pergamino de positivo, ¿no? Y ahí fue cuando ya... bueno, todavía le quedan dos semanas de cuarentena, y ahí fue que partimos la casa en dos.

ALARCÓN: En cierto sentido ya lo habían hecho antes pero de manera un poco improvisada, siguiendo el mínimo sentido común.

WIENER: Pero cuando Jaime volvió… ese momento fue un momento como de iluminación máxima, porque habíamos, digamos, que visto las orejas al lobo. Nos había respirado en la nuca. El coronavirus nos había pisado los talones. Entonces de repente nos volvimos organizadísimas.

ALARCÓN: Mucho más rigurosas. Cuando hablamos con ellas, Jaime ya tenía tres días en casa y ya tenían su rutina.

Limpiaban todo el día y ya ni se asomaban por ese lado de la casa, ni siquiera para pasarles la comida, que a falta de mejor sistema, la dejaban en el suelo tres veces al día. Y por la noche...

WIENER: Por la noche recogemos todo con guantes y mascarilla, ¡jua!, al lavaplatos.

JAIME: A veces abrimos una puerta para poder estar... tener la sensación de estar juntos, pero con mascarillas y manteniendo un par de metros de distancia.

ALARCÓN: Hay que aclarar que la casa tiene un solo baño.

WIENER: Entonces el único lugar espacio común de las infectadas y de las sanas es el baño.

ALARCÓN: Y por lo tanto tuvieron que imponer un protocolo bastante estricto para evitar contagios.

WIENER: Jaime y Coco se encargan de… de la limpieza de ese lugar, ¿no? Entonces tienen… para que nosotros entremos, tienen que ser súper, súper responsables. Entonces hay una espray de lejía con jabón, hay otro espray de jabón de baño.

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