El hijo (1)
CAMILA SEGURA: Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Camila Segura. Tal vez algunos de ustedes no lo sepan, pero aquí en Radio Ambulante llevábamos 5 temporadas antes de unirnos a la familia de NPR. Así que de vez en cuando, nos gusta volver a nuestros archivos, para compartir con nuestra nueva audiencia algunas de nuestras historias favoritas.
DANIEL ALARCÓN: La mamá de José Carlos Agüero se llamaba Silvia. Silvia Solórzano.
JOSÉ CARLOS AGUERO: Mi mamá era chiquita. Mediría un metro 50 y tantos, no sé, 52. Le decían “La Flaca.”
ALARCÓN: Tenía el cabello negro, largo.
AGUERO: ¿No? Se hacía una cola. Una mujer súper simple para… vestirse, arreglarse. No se arreglaba, en realidad, ¿no? Muy… Una mujer muy liberada. De un carácter fuerte pero también increíblemente vital. ¿No?
ALARCÓN: Silvia creció en Lima, Perú. Su mamá, es decir, la abuela de José Carlos, era costurera. Los tíos de Silvia cantaban música criolla en diferentes bares de la capital.
Y a Silvia le gustaba la música. Desde niña. José Carlos se acuerda que su mamá cantaba de todo. Constantemente. Baladas, boleros, valses, música criolla, huaynos, canciones de protesta. Mientras me contaba esto, desde su laptop, José Carlos había puesto a Johnny Pacheco, como música de fondo.
AGUERO: “Ma, tócate esta”, le decíamos. Y ella cantaba las canciones. Y su repertorio era amplísimo. Y su voz era… tal vez no… Tal vez no soy quién para decirlo, pero creo que es de las voces más hermosas que he conocido de contralto: muy clara, fuerte, proyectada. Linda.
(SOUNDBITE DE CANCIÓN DE JOHNNY PACHECO)
ALARCÓN: Y en un momento, sí, lo que realmente quería era ser cantante. Cantante profesional. Era su sueño. Pero todo cambió con la llegada de un familiar.
AGUERO: Un tío suyo, un comunista brasileño —bueno, peruano que vivía en Brasil y del Partido Comunista brasileño— vino cuando ella estaba joven y estaba empezando a hacer carrera musical, e iba a salir en la televisión. Y le dijo, “¿tú quieres ser puta? ¿Tú quieres ser puta? Porque eso es lo que vas a ser. Dedicándote a la música, ¿no? Yendo a estos programas de televisión. Tú no tienes que hacer eso”.
ALARCÓN: “Tú tienes que hacer otra cosa”, le dijo su tío. “Tienes que dedicarte a los demás. A la política. A la lucha”.
Y así fue. Nunca se hizo cantante. Y terminó, años después, en una playa de Lima, asesinada de tres balazos.
Hoy tenemos la historia de Silvia Solórzano; la historia de una madre y su hijo, de una guerra y una ideología, de un país y una familia que se venía abajo.
Y la historia comienza aquí, con 3 personajes claves.
La primera es Silvia, claro: Silvia Solórzano, la mamá de José Carlos. Limeña, un poco hippie. A comienzos de los 70 tenía unos 20 años y estaba estudiando para ser secretaria, y sigue el consejo de su tío. Ni bien se gradúa consigue un trabajo como secretaria de un alto mando del Partido Comunista. Esta es su manera de apoyar la causa. Va todos los días a las oficinas del partido en la Plaza Dos de Mayo, en el centro de Lima.
Segundo personaje: José Manuel Aguero. Un poco menor que Silvia. Carismático, buen hablador. Es provinciano, de Puno, pero llegó a Lima con su mamá y sus hermanos a estudiar ingeniería en la Universidad Nacional. Una carrera que nunca terminó. Como muchos de su generación, se metió en la política radical de la época. Se volvió dirigente estudiantil, y luego obrero en las fábricas de Lima, para acercarse a sus compañeros de trabajo y convencerlos de su ideología.
El tercer personaje clave es José Carlos, el hijo de Silvia y José Manuel quien ha estudiado toda esta historia, tratando de entender bien quiénes fueron sus padres, y cómo fue que terminaron ahí.
A comienzos de los 70, Silvia había dejado su puesto en el Partido Comunista y se había ido a Junín, en la sierra central peruana, para hacer educación política. Lo mismo que hacía José Manuel para otro partido de izquierda, también en Junín.
AGUERO: Entonces trabajaban con gremios de obreros, de mineros, campesinos, y viajaban por todo el país haciendo esto para sus partidos.
ALARCÓN: Pero sus respectivos partidos colapsaron y ambos terminaron en la casa de una familia izquierdista de la zona. Se conocieron ahí y se enamoraron.
Volvieron a Lima y formaron una familia. Tuvieron 3 hijos. José Carlos es el segundo, y nació en 1975. Tiene una hermana mayor, y un hermano menor.
Vivían en un barrio de clase obrera, y Silvia y José Manuel seguían militando en partidos de izquierda radical. Su casa...
AGUERO: Siempre estaba llena de gente. De gente que entraba, salía, reuniones sindicales, eran dirigentes sindicales, ¿no?
ALARCÓN: Pero ojo, en esa época ellos formaban parte de la izquierda legal. Pero eso estaba a punto de cambiar. Para el 82, cuando José Carlos tenía 7 años...
AGUERO: Era obvio que estaban metidos en algo que no era normal. Era menos normal que antes.
ALARCÓN: Cambiaban las rutinas. A veces sus padres no llegaban a casa. Había secretos. Y José Carlos lo confirmó un día, mientras revisaba los bolsillos de la chaqueta de cuero que usaba su papá. Siempre encontraba volantes políticos. Y aunque no leía muy bien, José Carlos sabía identificar algunas letras. Un día le dijo a su viejo…
AGUERO: “Tú eres del PPC”, le dije. De tanto... confundí de las siglas.
ALARCÓN: ¿PPC…?
AGUERO: El Partido Popular Cristiano. ¿No?
Y él me dijo, “no, no, no, no, no. Soy del PCP”. Me dijo, “te voy a explicar qué es el PCP”.
ALARCÓN: El PCP. Partido Comunista del Perú. Pero no en el que había trabajado Silvia hacía años. Este era otro. Un partido mejor conocido como Sendero Luminoso. El grupo terrorista más notorio y sangriento de América Latina.
Y eso cambió todo.
Pero para entender todo esto, un poquito de historia, un poco no más. En 1980 un grupo maoísta empezó una guerra armada contra el Estado peruano. Se autodenominaban el Partido Comunista del Perú, pero se los conocía popularmente como Sendero Luminoso. Se imaginaban un estado dominado por el proletariado, una economía rígidamente centralizada. Y eran violentos, dispuestos a derramar sangre por cualquier motivo. Todo comenzó en Ayacucho, un departamento en el sur del país, pero la violencia no tardó en llegar a Lima, la capital.
Y sí, la respuesta del estado peruano fue brutal; una represión letal que también cobró miles de vidas. Hubo grupos paramilitares y matanzas de parte del estado. Muchas. Cuando nos referimos a los peruanos que vivían en las zonas rurales en los 80s, generalmente estamos hablando de gente inocente, atrapada entre 2 fuegos: el de Sendero, sembrando terror sin piedad, y el del ejército. Y así, miles de desplazados llegaron a Lima.
Esto es, a grandes rasgos, lo que estaba pasando en el país.
Pero aquí vamos a hablar de un solo caso. Una familia: Silvia, su esposo José Manuel y sus 3 hijos.
En 1983, un cuadro de Sendero cayó en manos de la autoridades y delató a varios compañeros. Entre ellos, a los padres de José Carlos. Entonces, a ambos —a su papá y a su mamá— los metieron varios meses a diferentes cárceles de Lima. Y mientras tanto José Carlos y sus hermanos se fueron a vivir con su abuela paterna.
A ambos los soltaron por falta de pruebas, y luego de descansar unas semanas con la familia, su papá pasó a la clandestinidad. De ahí en adelante pasaba muy poco por la casa. Era demasiado peligroso.
Y no sabemos mucho de lo que hacía para el partido, aunque podemos suponer que ya no era solo cuestión de reunirse con gente y hablar. Eran muy probablemente acciones militares, acciones violentas. Total, era un militante ya de confianza, y Sendero le había declarado la guerra al Estado peruano. En zonas rurales bajo su control masacraban pueblos enteros por la mera sospecha de que se oponían a su ideología. Y en la ciudad, volaban torres eléctricas, mataban policías, ponían coches bomba…
(SOUNDBITE DE NOTICIERO)
PERIODISTA: “Exactamente a las 6 de la mañana elementos terroristas han hecho detonar varias cargas explosivas frente a la séptima comisaría, ubicada en la cuadra 13 de la Avenida Alfonso Ugarte”.
“No podemos contabilizar en estos momentos cuántos los heridos y cuántos los muertos se han producido a raíz de este atentado producido contra el local de Canal 2”.
ALARCÓN: José Carlos, sus 3 hermanos y su mamá volvieron a la casa de la abuela paterna, a otro barrio.
AGUERO: Muy pobre, muy pobre. Vivíamos en una casa muy precaria.
ALARCÓN: Y los vecinos no tardaron en darse cuenta de que la mamá de José Carlos estaba metida en algo peligroso.
AGUERO: No se puede mantener un secreto así en un barrio como en el que nosotros vivíamos. Todo el mundo sabe lo que está haciendo el otro.
ALARCÓN: Los papás de José Carlos nunca fueron altos mandos del partido, ni nada por el estilo. Al contrario, eran simples soldados, carne de cañón. Creían en una ideología perversa, violenta, pero se imaginaban un futuro mejor. Algo difícil de comprender, porque esos años, los 80s, eran años de sangre, guerra, y hambre.
Al papá lo veían muy de vez en cuando. Mientras tanto, Silvia se las ingeniaba para sobrevivir. No tenía un trabajo fijo, porque tenía como antecedente esta acusación de terrorismo. Hacía trabajitos simples, cualquier cosa para mantener a sus hijos, y además reclutaba a personas para el partido, involucrando poco a poco a la gente en la labor de Sendero.
AGUERO: Y lo que hacía mi madre con mucha habilidad era tocar el lado sensible de la gente. Es un proceso de seducción interesante. Lo que... Ellos llamaban “trabajo de masas.”
ALARCÓN: Y a José Carlos le parecía incomodísimo. Silvia identificaba gente que podría servirle al partido y les pedía cositas, pequeños favores.
AGUERO: “Guárdeme esto”, “si me regalas tal cosita”, “si… si le das de comer a tal persona”, cosas pequeñas, ¿no?
ALARCÓN: Y la idea era que esas cosas pequeñas llevarían a otras más grandes. Más comprometedoras.
AGUERO: Nunca me gustó. Nunca me gustó. Y yo lo veía. O sea, estaba con ella y veía, y… y me daba pena, básicamente, la gente.
ALARCÓN: Pena porque intuía, incluso siendo niño, que iban a terminar mal, que su mamá los estaba metiendo en algo muy oscuro.
Y tenía razón. De la gente que él veía venir por la casa...