047 - El buscador
El buscador
NARRADOR
Esta es la historia de un hombre al que
yo definiría como buscador...
Un buscador es alguien que busca,
no necesariamente alguien que encuentra.
Tampoco es alguien que, necesariamente,
sabe qué lo que está buscando,
es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.
Un día, el buscador sintió
que debía ir hacia la ciudad de Kammir.
El había aprendido
a hacer caso riguroso a estas sensaciones
que venían de un lugar desconocido de sí mismo,
así que dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha
por los polvorientos caminos
divisó, a lo lejos, la ciudad de Kammir.
Un poco antes de llegar al pueblo,
una colina a la derecha del sendero
le llamó mucho la atención.
Estaba tapizada de un verde maravilloso
y había un montón de árboles,
pájaros y flores encantadores;
la rodeaba por completo
una especie de valla pequeña
de madera lustrada.
La pequeña portezuela de bronce
lo invitaba a entrar.
De pronto,
sintió que olvidaba el pueblo
y sucumbió ante la tentación
de descansar por un momento
en aquel lugar.
El buscador traspasó el portal
y empezó a caminar lentamente
entre las piedras blancas
que estaban distribuidas como al azar,
entre los árboles.
Dejó que sus ojos
se posaran como mariposas
en cada detalle de este paraíso multicolor.
Sus ojos eran los de un buscador,
y quizás por eso descubrió,
sobre una de las piedras,
aquella inscripción:
Abedul Tareg,
vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.
Se sobrecogió un poco
al darse cuenta de que esa piedra
no era simplemente una piedra,
era una lápida.
Sintió pena
al pensar que un niño de tan corta edad
estaba enterrado en ese lugar.
Mirando a su alrededor,
el hombre se dio cuenta
de que la piedra de al lado
también tenía una inscripción.
Se acercó a leerla, decía:
Yamir Kalib,
vivió 5 años, 8 meses, y 3 semanas.
El buscador se sintió
terriblemente conmocionado.
Este hermoso lugar
era un cementerio
y cada piedra, una tumba.
Una por una,
empezó a leer las lápidas.
Todas tenían inscripciones similares:
un nombre
y el tiempo de vida exacto del muerto.
Pero lo que lo conectó
con el espanto,
fue comprobar que
el que más tiempo
había vivido
sobrepasaba apenas los 11 años...
Embargado por un dolor terrible
se sentó
y lloro.
El cuidador del cementerio,
pasaba por ahí
y se acercó.
Lo miró llorar por un rato en silencio
y luego le preguntó
si lloraba
por algún familiar.
No, ningún familiar,
dijo el buscador.
¿Qué pasa con este pueblo,
qué cosa tan terrible hay
en esta ciudad?
¿Por qué tantos niños muertos
enterrados en este lugar?
¿Cuál es la horrible maldición
que pesa sobre esta gente
que los ha obligado
a construir un cementerio para chicos?
El anciano se sonrió:
Puede usted serenarse, le dijo.
No hay tal maldición.
Lo que pasa
es que aquí
tenemos una vieja costumbre.
Le contaré.
Cuando un joven cumple quince años en este pueblo
sus padres le regalan una libreta,
como ésta que tengo aquí,
colgando del cuello.
Y es tradición entre nosotros
que a partir de allí,
cada vez que uno disfruta intensamente de algo,
abre su libreta
y anota en ella:
a la izquierda, qué fue lo disfrutado…
a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.
Conoció a su novia,
y se enamoró de ella.
¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme
y el placer de conocerla?,
¿una semana?,
¿dos?,
¿tres semanas y media?…
Y después…
la emoción del primer beso,
el placer maravilloso del primer beso,
¿cuánto duró?,
¿el minuto y medio del beso?,
¿dos días?,
¿una semana?…
¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo...?
¿y el casamiento de los amigos…?
¿y el viaje más deseado…?
¿y el encuentro con el hermano
que vuelve de un país lejano…?
¿Cuánto tiempo duró el disfrutar
de estas situaciones?…
¿horas?, ¿días?…
Así, vamos anotando en la libreta
cada momento que disfrutamos intensamente...
cada momento.
Cuando alguien se muere,
es nuestra costumbre,
agarrar su libreta
y sumar el tiempo de lo disfrutado,
escribirlo sobre su tumba,
porque ése es,
para nosotros,
el único y verdadero
tiempo vivido.