Durante tres días, Beltrán no habló con Vidal ni con Castillo. Vidal casi no dormía.
Si Beltrán abría un expediente, ella podía perder su trabajo. Castillo también. Y Laura podía perder su vida tranquila en el Pirineo.
El cuarto día, Beltrán la llamó.
Sobre la mesa estaba la carpeta de Laura Prat. Encima había un informe nuevo, firmado por él. Vidal lo leyó. Decía que el caso seguía sin pistas nuevas y que se archivaba otra vez.
—No lo entiendo, comisario. Usted es el de los protocolos.
—Los protocolos sirven para proteger a las personas —dijo Beltrán—. Si un día no las protegen, hay que pensar.
Hizo una pausa.
—Y para que quede claro: yo no sé nada. Lo que no está en un informe, yo no lo sé.
Vidal salió del despacho sin saber si ahora lo respetaba. O si le daba más miedo que antes.