Una mañana llegó un paquete a nombre de Vidal. Venía de Francia. Dentro había una carta de un abogado de Biarritz.
Agustín Lacasa había muerto dos semanas antes, a los noventa y dos años, mientras dormía. En su testamento había dejado algo para la inspectora Vidal.
Era un marco pequeño. Dentro había un dibujo. Una copia del Goya robado, hecha por Eladio Pardo.
Con el dibujo venía una nota de Lacasa, con su letra elegante.
Para que nunca olvide que casi nada es lo que parece. Ni siquiera los ladrones.
Vidal se quedó un buen rato con el marco en las manos. No sabía si estaba triste. Había perseguido a ese hombre. Había hablado con él tres veces. Y ahora lo echaba de menos.
Colgó el dibujo en su despacho, al lado de la ventana. No era auténtico. Pero era suyo.