En la despedida del comisario Fuentes hubo tortilla, croquetas y un discurso demasiado largo. Al final, Fuentes se acercó a Lourdes Vidal con una copa en la mano.
—Todavía puede cambiar de opinión, Vidal.
—No, comisario. Yo no sirvo para los despachos.
Fuentes suspiró. No parecía sorprendido.
—Entonces prepárese. El que viene no se parece en nada a mí.
El lunes llegó el comisario nuevo. Se llamaba Gabriel Beltrán. Tenía cuarenta años, venía de Madrid y llevaba una tableta debajo del brazo. En su primera reunión habló de eficiencia, de protocolos y de indicadores de resultados.
Castillo le susurró a Vidal:
—¿Qué es un indicador de resultados?
—Nada bueno —dijo Vidal.
Beltrán la miró desde el otro lado de la mesa. Parecía que ya sabía quién era ella.