A las siete y cuarto de la mañana, el móvil de Natalia vibró. Era un mensaje. El remitente era su propio número. No cojas el tren de las ocho y cinco.
Hazme caso. Natalia pensó que era un error, una broma o un fallo de la compañía. Pero a las ocho menos cuarto, delante de la estación, no se atrevió a entrar. Cogió un taxi.
Llegó tarde al trabajo y su jefe le echó la bronca. Esperó todo el día una noticia en la radio, un accidente, un retraso, algo. No pasó nada. El tren de las ocho y cinco llegó puntual, como siempre.
Por la noche, Natalia miró el mensaje otra vez. Lo había enviado a las siete y catorce. Ella estaba dormida a esa hora. Nunca supo si se había salvado de algo o si alguien se estaba riendo de ella