El ascensor se paró entre el sexto y el séptimo piso. Dentro estaban un hombre y una mujer de unos setenta años que no se conocían. Al principio estaban incómodos. Después empezaron a hablar del tiempo, del edificio, de los ascensores antiguos.
Él le contó que de joven tocaba el saxofón. Ella le confesó que nunca había aprendido a nadar. Pasó media hora. Se rieron mucho.
Ella le dijo que tenía unos ojos muy bonitos. Él se puso colorado. Cuando el ascensor volvió a funcionar, él le preguntó si quería cenar con él. "Me encantaría", dijo ella.
"¿Pero qué pensará tu mujer?" "No te preocupes, le encantas". Era su cuarenta aniversario. Cada año, desde 1986, quedaban en el mismo ascensor y hacían como si no se conocieran.