El agente Castillo había detenido a un chico por el robo de un móvil en el tranvía. Una señora lo había reconocido: chaqueta roja, gorra negra, unos veinte años.
Pero en la comisaría, Vidal vio las grabaciones de las cámaras del tranvía. El ladrón llevaba chaqueta roja y gorra negra, sí. Pero no era aquel chico. El chico detenido solo había tenido mala suerte.
Castillo se quedó blanco. Había esposado a un inocente delante de todo el mundo, en plena calle.
El comisario Fuentes llamó a Vidal a su despacho.
—¿Quién ha hecho esta detención?
Vidal no dudó ni un segundo.
—Yo, comisario. Fue un error mío.
Fuentes la miró durante un rato. No la creyó del todo. Pero firmó el informe.
Cuando Vidal salió del despacho, Castillo quería darle las gracias. Ella no lo dejó hablar.
—Me debes una. Y la próxima vez, mira dos veces.