En Zaragoza sopla el cierzo, un viento del norte frío y muy fuerte. Aquella mañana soplaba como nunca.
Un hombre de cincuenta años había caído desde el balcón de un cuarto piso. Estaba vivo, pero gravemente herido. Su mujer decía que estaba solo en casa. Los vecinos decían que la pareja discutía mucho.
Castillo estaba seguro.
—Lo empujaron. Seguro que fue ella.
Vidal investigó durante dos días. Revisó el balcón, habló con los médicos y con los vecinos. La mujer tenía coartada: estaba en el trabajo, y diez compañeros la habían visto.
Al final encontraron la explicación en el balcón de abajo: una sábana enorme. El hombre había salido a recoger la ropa tendida. El cierzo se llevó una sábana y él intentó cogerla.
No había culpable. Solo viento.
Castillo parecía decepcionado. Vidal no.