Lourdes Vidal tenía una hija, Nora, de veinte años, que estudiaba en Barcelona. No se veían mucho. Desde el divorcio, Nora vivía más con su padre que con ella.
Aquel viernes, Nora iba a venir a Zaragoza para cenar con su madre. Era su cumpleaños. Vidal había reservado mesa en su restaurante favorito, a las nueve.
A las siete y media, entró una llamada en la comisaría: un atraco en una gasolinera, con un herido. Vidal miró el reloj. Después miró a Castillo.
—Vete tú —dijo Castillo—. Yo me encargo.
Vidal dudó. Y fue a la gasolinera.
A las once, cuando salió, tenía cuatro llamadas perdidas y un mensaje de Nora: No pasa nada, mamá. Como siempre.
Vidal se sintió culpable. Muy culpable. Llamó a su hija. Nora no contestó.