Un lunes por la mañana, el Museo de Zaragoza descubrió que faltaba un pequeño dibujo atribuido a Goya. Nadie había visto nada. Las cámaras no habían grabado nada. Las alarmas no habían sonado.
Vidal interrogó a los vigilantes, a las limpiadoras y a la directora. Revisó las listas de visitantes. Habló con expertos en arte y con dos ladrones jubilados que conocía de otros casos.
Uno de ellos, un señor muy elegante que había robado cuadros en los años ochenta, se rio.
—Inspectora, quien ha hecho esto es muy bueno. Mucho mejor que yo. Ese dibujo ya no está en España.
Pasaron tres semanas. Ni una pista.
El comisario Fuentes le pidió que dejara el caso y se ocupara de otros asuntos.
Vidal obedeció. Pero en la pared de su despacho pegó una foto del dibujo. Al lado de la carpeta de Laura Prat, ahora tenía otro fracaso.