Era octubre de 2011. Lourdes Vidal tenía 33 años y acababa de llegar a Zaragoza. Su primer caso importante fue la desaparición de Laura Prat, una profesora de música de 29 años. Una mañana salió de su casa para ir a trabajar y nunca llegó al colegio.
Su coche apareció dos días después en un aparcamiento de la estación. El marido, Germán Ortiz, lloró mucho delante de las cámaras, pero a Vidal no le gustó. Había algo en su forma de hablar que no le parecía sincero. Investigaron al marido durante meses.
No encontraron nada. No había pruebas, ni cuerpo, ni testigos, ni mensajes. El comisario cerró el caso al año siguiente. Vidal guardó una copia de la carpeta en su cajón.
Desde entonces, cada vez que resolvía un caso, la abría y la volvía a cerrar.