Cuando Marina llegó al banco junto al armario de libros, vio a un hombre sentado allí con un libro en las manos y una expresión nerviosa en la cara. Al acercarse, ambos se reconocieron al mismo tiempo. Era el mismo hombre con quien meses atrás se había cruzado sin darse cuenta delante de aquel mismo armario. Álvaro se levantó despacio, sonriendo con timidez y le dijo simplemente: "Hola, soy la letra A".
Marina, con una sonrisa enorme, contestó: "Hola, yo soy la letra M". Se sentaron juntos en el banco con el armario de libros a su lado y por primera vez en toda la historia, hablaron sin necesidad de ninguna nota escondida entre las páginas de un libro.