Marina encontró aquella nota una mañana de camino al trabajo y la leyó de pie, sin poder esperar a llegar a un banco. Sintió un alivio enorme al descubrir que no había hecho nada mal y una emoción todavía mayor al leer la última frase, donde Álvaro admitía sentir algo que ya no podía llamar simple curiosidad. Esa misma noche, Marina escribió la nota más larga que había escrito nunca, contándole no solo sus gustos y sus rutinas, sino también sus miedos. El miedo a que, al conocerse en persona, la realidad no estuviera a la altura de tantas semanas de imaginación compartida