Durante los días siguientes, Hugo notó que cada vez que llevaba puesto el amuleto se sentía mucho más seguro de sí mismo. Se atrevió a hablar con niños nuevos durante el recreo. Se atrevió a participar en los juegos e incluso se atrevió a levantar la mano varias veces en clase. Hugo estaba convencido de que aquel pequeño colgante tenía un poder real y empezó a llevar el amuleto puesto todos los días sin quitárselo nunca.