Por fin, Lucas tenía una idea y podía escribir. A las dos de la tarde, Lucas paró de escribir. Había conseguido escribir casi cuatrocientas palabras, menos de lo que quería, pero era un comienzo. Se estiró en la silla y se dio cuenta de que tenía mucha hambre.
Había estado tan concentrado que había olvidado comer algo a mediodía. Se levantó y fue a la cocina con la esperanza de encontrar algo rápido. Abrió la nevera y vio que estaba casi vacía. Un tomate, dos huevos y medio limón.
En el armario no había mucho más. Lucas suspiró. Tendría que ir al supermercado.