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Como Agua Para Chocolate, Como Agua Para Chocolate Ep 19 – Text to read

Como Agua Para Chocolate, Como Agua Para Chocolate Ep 19

고급2 스페인어의 lesson to practice reading

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Como Agua Para Chocolate Ep 19

Estaban a mano, pues el capitán también ignoró que en la parte trasera de la casa Mamá

Elena tenía, enterradas en ceniza, una gran cantidad de gallinas.

Habían logrado matar a veinte antes de que ellos llegaran.

Las gallinas se rellenan con granos de trigo o avena y con todo y plumas se meten dentro de una olla de barro barnizado.

Con un lienzo se tapa bien la olla y de esta manera se puede conservar la carne en buen estado por más de una semana.

Ésta era una práctica común en el rancho desde tiempos remotos, cuando tenían que

conservar los animales después de una cacería.

Al salir de su escondite, lo primero que Tita extrañó fue el canturreo constante de las

palomas, el cual, desde que nació, formaba parte de su cotidianidad.

Este súbito silencio hizo que sintiera de golpe la soledad.

Fue en ese momento cuando más sintió la partida de Pedro, Rosaura y Roberto del rancho.

Subió rápidamente los peldaños de la enorme escalera que terminaba en el palomar y lo único que encontró fue la alfombra de plumas y la suciedad

característica del lugar.

El viento se colaba por la puerta abierta y levantaba algunas plumas que caían sobre una

alfombra de silencio.

De pronto escuchó un leve sonido: un pequeño pichón recién nacido se había salvado de la masacre.

Tita lo tomó y se dispuso a bajar, pero antes se detuvo a mirar por un momento la polvareda que los caballos de los soldados habían dejado en su partida.

Se preguntaba extrañada el porqué no le habían hecho ningún daño a su madre.

Mientras estaba en su escondite rezaba por que nada malo le pasara a Mamá Elena, pero

inconscientemente tenia la esperanza de que al salir la encontraría muerta.

Avergonzada de tales pensamientos metió al pichón entre sus pechos para tener las manos

libres y poder agarrarse bien de la peligrosa escalera.

Luego bajó del palomar. Desde ese día su mayor preocupación era la de alimentar al escuálido pichón.

Sólo de esta manera la vida tenia cierto sentido.

No se comparaba con la plenitud que proporciona el amamantar a un ser humano, pero de alguna manera se le parecía.

Sus pechos se había secado de un día para otro, por la pena que le causó la separación de

su sobrino.

Mientras buscaba lombrices, no podía dejar de pensar en quién y cómo estaría alimentando a Roberto.

Este pensamiento la atormentaba día y noche. En todo el mes no había podido conciliar el sueño ni un instante.

Su único logro durante ese periodo había sido el quintuplicar el tamaño de su enorme colcha.

Chencha llegó a sacarla de sus pensamientos de conmiseración y se la llevó a empujones a la cocina.

La sentó frente al metate y la puso a moler las especias junto con los chiles.

Para que se facilite esta operación es bueno poner de vez en cuando unos chorritos de vinagre mientras se muele.

Por último, se mezcla la carne muy picada o molida con los chiles y las especias y se deja reposar largo rato, de preferencia

toda una noche.

No acababan de empezar a moler, cuando Mamá Elena entró a la cocina, preguntando por

qué no estaba llena la tina para su baño.

No le gustaba bañarse demasiado tarde, pues el cabello no se le alcanzaba a secar adecuadamente.

Preparar el baño para Mamá Elena era lo mismo que preparar una ceremonia.

El agua se tenía que poner a hervir con flores de espliego, el aroma preferido de Mamá Elena.

Después se pasaba la «decocción» por un limpio y se le añadían unas gotas de aguardiente.

Por último había que llevar, una tras otra, cubetas con esta agua caliente hasta el cuarto obscuro.

pequeño cuarto que estaba al final de la casa, junto a la cocina.

Este cuarto, como su nombre lo indica, no recibía rayo de luz alguno pues carecía de ventanas.

Sólo tenía una angosta puerta.

Dentro, a mitad del cuarto, se encontraba una gran tina donde se depositaba el agua.

Junto a ella, en una vasija de peltre se ponía agua con shishi para el lavado del pelo de Mamá Elena.

Sólo Tita, cuya misión era la de atenderla hasta su muerte, era la única que podía estar

presente en el ritual y ver a su madre desnuda.

Nadie más. Por eso se había construido este cuarto a prueba de mirones.

Tita le tenía que lavar a su mamá primero el cuerpo, luego el cabello y por último la dejaba unos momentos descansando, gozando del agua, mientras ella

planchaba la ropa que se pondría Mamá Elena al salir de la tina.

A una orden de su madre, Tita le ayudaba a secarse y a ponerse lo más pronto posible la

ropa bien caliente, para evitar un resfrío.

Después, entreabría un milímetro la puerta, para que el cuarto se fuera enfriando y el cuerpo de Mamá Elena no sufriera un cambio brusco de

temperatura.

Mientras tanto le cepillaba el pelo, alumbrada únicamente por el débil rayo de la luz que se filtraba por la rendija de la puerta y que creaba un ambiente de sortilegio al

revelar las formas caprichosas del vapor de agua.

Le cepillaba el cabello hasta que éste quedaba seco por completo, entonces le hacía una trenza y daban por terminada la liturgia.

Tita siempre daba gracias a Dios de que su mamá sólo se bañara una vez por semana,

porque si no su vida sería un verdadero calvario.

En opinión de Mamá Elena, con el baño pasaba lo mismo que con la comida: por más que

Tita se esforzaba, siempre cometía infinidad de errores.

O la camisa tenía una arruguita o no estaba suficientemente caliente el agua o la raya de la trenza estaba chueca, en fin, parecía

que la única virtud de Mamá Elena era la de encontrar defectos.

Pero nunca encontró tantos como ese día.

Y es que Tita verdaderamente había descuidado todos los detalles de la ceremonia.

El agua estaba tan caliente que Mamá Elena se quemó los pies al entrar, había olvidado el shishi para el lavado del pelo, había quemado el fondo y la camiseta, había

abierto la puerta demasiado, en fin, que ahora sí se había ganado a pulso el que Mamá Elena

la reprendiera y la expulsara del cuarto de baño.

Tita caminaba aprisa hacia la cocina, llevando bajo el brazo la ropa sucia, lamentándose

del regaño y de sus garrafales fallas.

Lo que más le dolía era el trabajo extra que significaba haber quemado la ropa.

Era la segunda vez en su vida que le ocurría este tipo de desgracia. Ahora iba a tener que humedecer las manchas rojizas en una solución de dorato de potasa

con agua pura y con lejía alcalina suave, restregando repetidas veces, hasta lograr que la

mancha desapareciera, aunando este penoso trabajo al de lavar.

la ropa negra con que se vestía su madre.

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