La faja atigrada - 05
Lo que arrancaba a mi amigo esta exclamación era el hecho simultáneo de, abrirse violentamente la puerta y de aparecer encuadrado en el marco un hombre corpulento. Su traje era una extraña mezcla del que lleva el hombre de profesión liberal con el del agricultor; tenía un sombrero alto de felpa, una larga levita, y un par de altas polainas, y en la mano un látigo de caza. Era tan alto que su sombrero rozaba la parte alta del marco de la puerta, y tan fornido que sus hombros parecían tocar ambos lados del mismo marco. Una ancha cara, surcada por mil arrugas, tostada por el sol y marcada con los signos de las malas pasiones, se volvía alternativamente hacia cada uno de nosotros. Sus ojos hundidos, inyectados de bilis, y su nariz alta y descarnada, le daban un cierto aspecto de ave de rapiña.
—¿Cuál de ustedes es Holmes?, preguntó.
—Yo, señor, pero ignoro quién es usted—dijo mi compañero tranquilamente.
—Soy el doctor Grimesby Roylott.
—¡Hola, doctor! —contestó Holmes con amabilidad.—Sírvase usted sentarse.
—No haré tal cosa. Mi entenada ha estado aquí. Yo he seguido sus pasos. ¿Qué ha venido a decir a usted?
—Hace demasiado frío para el mes en que estamos—dijo Holmes.
—¿Qué le ha dicho a usted? —gritó el viejo con furor.
—Pero he oído decir que las cosechas prometen ser buenas, —continuó mi compañero imperturbablemente.
—¡Oh! ¿Me desdeña usted, eh? —dijo el hombre, dando un paso adelante y blandiendo su látigo. —¡Yo lo conozco usted, señor bandido! Ya había oído hablar de usted. Es usted Holmes el entrometido.
Mi amigo se sonrió.
—Holmes, el importuno.
Su sonrisa se ensanchó.
—Holmes, el imitador servil de los detectives oficiales.
—La conversación de usted—dijo—es en extremo divertida. Cuando salga usted, cierre la puerta, pues hay una corriente de aire en el cuarto.
—Me iré cuando haya dicho a usted todo lo que he venido a decirle. ¡No se atreva usted a mezclarse en mis asuntos! ¡Sé que mi entenada ha estado aquí… he seguido sus pasos! ¡Cuidado! ¡Soy un hombre peligroso para el que quiere jugar conmigo! ¡Mire usted!
Dio un paso rápido hacia la chimenea. Cogió el atizador y con sus manos enormes y morenas lo torció.
—¡Cuide usted de mantenerse lejos de mis puños!—gritó y, lanzando el torcido atizador en la estufa, salió a grandes zancadas.
—Parece una persona muy amable—dijo Holmes, sonriéndose.—Yo nada tengo de fanfarrón, pero si se hubiera quedado, podría haberle probado que mis puños no son mucho menos fuertes que los suyos.
Diciendo esto, recogió el atizador de acero, y con un enérgico esfuerzo lo enderezó.
—¡Imagínese usted! ¡Tener la insolencia de confundirme con los polizontes oficiales! Este incidente da mayor interés a nuestra investigación. Sin embargo, y solo deseo que nuestra amiguita nada sufra por su imprudencia de permitir que este salvaje le siga los pasos. Y ahora Watson, pídanos el desayuno para después ir yo al centro médico, donde espero obtener datos de alguna importancia.
Era cerca de la una cuando Sherlock Holmes volvió de su excursión, trayendo en la mano una hoja de papel azul, en la que había escrito muchos números y otras notas.
—He visto el testamento de la difunta esposa—dijo.—Para conocer su exacto significado, me he visto obligado a buscar los precios actuales de los valores a que ese documento se refiere. El ingreso total, que en la época del fallecimiento de la señora era poco menos de cinco mil libras, no pasa ahora de tres mil setecientos cincuenta, por causa de la baja de los precios de los productos agrícolas. Cada hija tiene derecho a reclamar una renta de mil doscientos cincuenta libras si llega a casarse. Es evidente, por lo tanto, que si las dos se hubieran casado, este buen mozo habría quedado reducido a una mezquina pitanza, y aún en el caso de que fuera una sola la que se casara, lo reduciría a grandes estrecheces. No he desperdiciado la mañana, puesto que lo que he averiguado en ella, prueba que el hombre tiene los motivos más poderosos para oponerse a todo lo que se parezca a un casamiento. Y ahora, Watson, el asunto es demasiado serio para que perdamos tiempo, especialmente ahora que el viejo sabe que nosotros nos interesamos en la cosa. De modo que si está usted listo, vamos a llamar un coche para que nos lleve a la estación Waterloo. Le agradecería a usted que se deslizara su revólver en el bolsillo. Un Eley número 2 es un excelente argumento para los señores que pueden convertir en de acero. Eso, y un cepillo de dientes, es todo lo que necesitamos.
Al llegar a Waterloo, tuvimos la fortuna de alcanzar un tren para Leatherhead, donde alquilamos un carricoche en la posada de la estación, el cual nos llevó durante un trayecto de cuatro o cinco millas a través de los campos de Surrey. El día era magnífico, El sol brillaba y apenas había en el firmamento algunas nubecillas que parecían copos de algodón. Los árboles y las matas de los cercos empezaban apenas a dar sus primeros brotes, y el aire estaba lleno del agradable olor de la tierra húmeda. Para mí, por lo menos, había un extraño contraste entre el suave comenzar de la primavera y el siniestro misterio que estábamos empeñados en aclarar. Mi compañero iba sentado delante del carruaje, con los brazos cruzados, el sombrero echado sobre los ojos y la barba metida en el pecho. Estaba sumido en la más profunda meditación, pero de repente se irguió, me dio un golpecito en el hombro y señaló con el dedo una eminencia del terreno.
—¡Mire usted!—me dijo.
Un parque con muchos árboles se extendía en suave ascensión, hasta convertirse en un bosque en la parte más alta. Por entre las ramas se distinguían las grises paredes y elevados tejados de una casa muy vieja.
—¿Stoke Moran?—preguntó.
—Sí, señor. Esa es la casa del doctor Grimesby Roylott—contestó el cochero.
—Por ese lado—dijo Holmes—hay un edificio.
—Esa es la aldea—dijo el cochero, señalando un grupo de techos a alguna distancia a la izquierda. —Pero si ustedes desean ir a la casa, más pronto llegarán si saltan este vallado y siguen a pie por el sendero. Allá es, donde una señora se pasea.
—Y la señora, sospecho, es la señorita Stoner—observó Holmes poniéndose la mano sobre los ojos a guisa de pantalla. —Sí, me parece que lo mejor será que hagamos lo que usted dice.