La faja atigrada - 04
Holmes meneó la cabeza como un hombre que está lejos de hallarse satisfecho.
—Esas son aguas muy profundas, dijo. —Sírvase usted continuar su narración.
—Dos años han pasado desde entonces, y mi vida ha sido, hasta poco ha, más solitaria que nunca. Pero hace un mes, un amigo muy estimado, a quien conocíamos desde antes, me hizo el honor de pedir mi mano. Se llama Armitage, Percy Armitage y es el segundo hijo del señor Armitage de Crane Water, cerca de Reading. Mi padrastro no se ha opuesto al matrimonio y en la primavera debemos casarnos. Hace dos días empezaron a hacer algunas reparaciones en el ala occidental del edificio y rompieron la pared de mi cuarto, lo que me obligó a mudarme al dormitorio en que murió mi hermana y tuve que dormir en la misma cama en que ella dormía. Imagínese usted pues el estremecimiento de terror que sentiría anoche cuando todavía estaba despierta pensando en el terrible fin de mi hermana y de repente oí en el silencio de la noche el ligero silbido que había sido el heraldo de su muerte. Salté de cama y encendí la lámpara, pero nada se veía en el cuarto. Mi emoción era sin embargo demasiado grande para permitirme volver a la cama, de modo que apenas amaneció me deslicé afuera de la casa. Tomé un birlocho en la Posada de la Corona que está enfrente y me dirigí a Leatherhead, de donde he venido esta mañana con el único objeto de verle a usted y pedirle consejo.
—¡Ha hecho usted muy bien! —dijo mi amigo—, pero ¿me lo ha dicho usted todo?
—Sí, todo.
—Señorita Roylott, no me lo ha dicho usted todo. Usted me oculta algo que ha hecho su padre.
—¿Por qué? ¿Qué quiere usted decir?
Por toda respuesta, Holmes empujó hacia atrás el puño de encaje negro que caía sobre la mano que nuestra visitante tenía puesta sobre su rodilla. Cinco manchitas lívidas, las señales de los cinco dedos de una mano, estaban impresas en la muñeca.
—Has sido usted maltratada cruelmente—dijo.
La joven se ruborizó intensamente y se cubrió con la manga el brazo lastimado.
—Es un hombre rudo —dijo— y quizás ni sabre la fuerza que tiene.
Hubo un largo rato de silencio, durante el cual Holmes tenía apoyada la barba en las manos y contemplaba fijamente el chisporroteante fuego.
—El asunto es muy complicado—dijo por fin.—Hay mil detalles que desearía conocer antes de decidir el partido que tomaremos, pero no tenemos tiempo que perder. Si nosotros fuéramos hoy a Stoke Moran, ¿nos sería posible ver esas habitaciones sin su padrastro de usted lo supiera?
—Precisamente ha hablado de que tenía que venir hoy a la ciudad por un asunto importante. Es probable que esté aquí todo el día y que nada perturbe la investigación de usted allá. Ahora tenemos un ama de llaves, pero es vieja y tonta y fácilmente podré apartarla del camino.
—Excelente. ¿Usted, Watson, no es adverso este viaje?
—En manera alguna.
—Entonces vamos a ir juntos. ¿Qué tiene usted que hacer ahora?—añadió, dirigiéndose a la joven.
—Desearía, ya que estoy en la ciudad, hacer una o dos cosas, pero volveré a casa en el tren de las doce, para estar allí en tiempo para recibirles a ustedes.
—Puede usted esperarnos en las primeras horas de la tarde. Yo también tengo que hacer algunas pequeñas diligencias antes. ¿No toma usted el desayuno con nosotros?
—No, tengo que irme. Ahora, desde que he confiado a usted mis inquietudes, me siento más aliviada. Esta tarde los espero allí.
Se dejó caer el espeso velo sobre la cara y salió del cuarto.
—¿Y qué piensa usted de todo esto, Watson?—me preguntó Sherlock Holmes.
—Me parece que se trata de un asunto por demás oscuro y siniestro.
—Bastante oscuro y bastante siniestro.
—Con todo, si la joven está en lo cierto cuando dice que el piso y las paredes son sólidas y que por la puerta, ventana y chimenea no se puede pasar, entonces su hermana debe haber estado enteramente sola cuando le sobrevino la misteriosa muerte.
—¿Qué vienen a hacer entonces esos nocturnos silbidos y que las palabras tan extrañas de la moribunda?
—No puedo figurármelo.
—Si combina usted los silbidos en la noche, la presencia de gitanos que están en íntima relación con el doctor, el hecho de que éste tiene todo interés en impedir el casamiento de su entenada, la alusión de la moribunda a una banda y, por último, el hecho de que la señorita Elena Stoner oyó un ruido metálico que puede haber sido causado por una de las barras que sostienen los maderos de las ventanas al caer en su lugar, creo que hay suficiente base para pensar que el misterio puede ser aclarado siguiendo esas líneas.
—Pero, entonces, ¿qué hicieron los gitanos?
—No puedo imaginarlo.
—Veo muchas objeciones contra esa teoría.
—Y yo también. Precisamente por eso vamos hoy a Stoke Moran. Quiero ver si las objeciones son fatales o si pueden ser desvanecidas con algunas explicaciones. Pero, ¿qué hay por todos los diablos?