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Sherlock Holmes - La faja atigrada, La faja atigrada - 01 – Text to read

Sherlock Holmes - La faja atigrada, La faja atigrada - 01

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La faja atigrada - 01

Cuando ojeo mis notas de los setenta casos diferentes en que, durante los últimos ocho años, he estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes, encuentro muchos trágicos, algunos cómicos, un gran número meramente extraños, pero no comunes, pues, trabajando como él lo hacía, más por amor a su arte que para adquirir fortuna, se negaba a tomar parte toda investigación que no tendiera hacia lo extraordinario y aún a lo fantástico. De todos esos variados casos, sin embargo, no tengo recuerdo de ninguno que presentara más singulares fases que el que ocurrió en una familia muy conocida en Surrey, los Roylott, de Stoke Moren. Los sucesos a que me refiero, Acontecieron en los primeros tiempos de mi compañía con Holmes, cuando soltero yo aún, vivíamos juntos en la casa de la calle Baker. Es posible que en mis crónicas los haya puesto como sucedidos antes, pero esto tiene su origen en una promesa de secreto que hicimos entonces, y de la cual solo he sido liberado el mes pasado, por la prematura muerte de esa señora a quien empeñamos nuestra palabra. Tal vez sea también mejor que los hechos salgan a la luz, porque tengo motivos para saber que se han esparcido rumores sobre la muerte del Dr. Grimesby Roylott que tienden a hacer el caso todavía más terrible de lo que fue en realidad.

Fue en los primeros días de abril del 83 cuando, al despertarme una mañana, encontré a Sherlock Holmes parado junto a mi cama completamente vestido. Por regla general, se levantaba tarde, y como el reloj de la chimenea me indicaba que no eran más de las siete y cuarto, alcé mis ojos hacia él con alguna sorpresa, y quizás con un puntillo de resentimiento, porque yo era regular en mis hábitos.

—Siento mucho despertarlo a usted, Watson —dijo—, pero a todos nos pasa lo mismo esta mañana. A la señora Hudson la despertaron, ella se desquitó conmigo y yo con usted.

—¿Qué pasa, pues? ¿Un incendio?

—No, una investigación. Parece que ha venido una joven en un estado de considerable agitación e insiste en verme. Está esperando en la sala. Pues bien, cuando las señoritas corren por la metrópoli a esta hora de la mañana y hacen salir de sus camas a las personas que duermen, presumo que lo hacen porque tienen algo urgente que comunicar. Y si el caso resultara interesante, estoy seguro de que usted desearía seguirlo desde su origen. Por eso lo he despertado a usted, para que no pierda la oportunidad.

—Mi querido amigo, por nada del mundo la perdería.

No había para mí placer mayor que el seguir a Holmes en sus investigaciones profesionales y el admirar las rápidas deducciones, tan rápidas que parecían intuiciones y, sin embargo, estaban siempre fundadas en bases lógicas con las cuales resolvía los problemas que se les sometían. Con la mayor celeridad me vestí y al cabo de pocos minutos estuve listo para acompañar a mi amigo a la sala. Una dama vestida de negro y con el rostro cubierto por un espeso velo estaba sentada junto a la ventana.

—Buenos días, señora —dijo Holmes amablemente—, yo soy Sherlock Holmes, y este es mi amigo íntimo y socio, el doctor Watson, delante del cual puede usted hablar con toda libertad como a mí solo. ¡Ah! Veo que la señora Hudson ha tenido la sensatez de encender el fuego. Sírvase usted a acercarse a la estufa y voy a hacer que le traigan una taza de café, pues veo que está usted tiritando.

—No es el frío lo que me hace temblar—dijo la mujer en voz baja, cambiando de asiento como se le decía.

—¿Qué, entonces?

—El miedo, señor Holmes, el terror.

Se levantó el velo al decir estas palabras y pudimos ver que en realidad estaba en un lamentable estado de agitación. Las facciones desencajadas, el color del cutis gris, los ojos inquietos y espantados como los de un animal perseguido. Su cara y su cuerpo eran los de una mujer de treinta años, pero sus cabellos estaban salpicados de prematuras canas y su aspecto general denotaba cansancio y descontento. Sherlock Holmes corrió hacia ella después de haber fijado en su rostro una de sus miradas rápidamente comprensivas.

—No debe usted temer nada,—le dijo en tono suave, inclinándose hacia ella y dándole amistosos golpecitos en el brazo.—Pronto lo arreglaremos todo, no lo dudo. Veo que ha venido usted en el tren de esta mañana.

—Entonces ¿usted me conoce?

—No, pero he visto, asomando por la palma del guante izquierdo de usted, la segunda mitad de un boleto de ida y vuelta. Debe usted haber partido temprano, y, sin embargo, para llegar a la estación, ha andado usted largo rato en un birlocho por malos caminos.

La dama se estremeció violentamente y fijó con asombro los ojos en mi amigo.

—En eso no hay misterio, señora —dijo él sonriendo.—El brazo izquierdo de la chaqueta de usted está manchado de lodo en no menos de siete sitios y las manchas están todavía muy frescas. No hay carruaje alguno, a no ser un birlocho, que arroje lodo hacia arriba en esa forma y eso únicamente a la persona que esté sentada a la izquierda del que guía.

—Sean cualesquiera las razones que usted tenga para conocer eso, lo que dice usted es perfectamente cierto. —Dijo ella.— Salí de casa antes de las seis, llegué a Leatherhead a las seis y veinte y tomé el primer tren para la estación de Waterloo. ¡Señor, no puedo soportar esta situación por más tiempo, voy a volverme loca si esto continúa! No tengo a nadie de quien valerme, nadie que uno que me quiere, ese pobrecillo, muy poco me puede ayudar. He oído hablar de usted, señor Holmes, he oído hablar de usted a la señora Farintosh, a la que prestó usted servicios en hora en que mucho los necesitaba. Ella me dio las señas de esta casa. ¡Oh señor! ¿No cree usted que a mí también podría usted ayudarme y por lo menos arrojar un poquito de luz benéfica a través de la densa obscuridad que me rodea? Por ahora está fuera de mi alcance el recompensar los servicios de usted, pero dentro de un mes o dos me casaré y entonces no verá a usted en mí a una ingrata.

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