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La gota de sangre - Emilia Pardo Bazán, La gota de sangre... – Text to read

La gota de sangre - Emilia Pardo Bazán, La gota de sangre - 01

고급2 스페인어의 lesson to practice reading

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La gota de sangre - 01

Para combatir una neurastenia profunda que me tenía agobiado -diré neurastenia, no sabiendo qué decir-, consulté al doctor Luz, hombre tan artista como científico, y opinó sonriente:

-Usted no necesita cuidarse... sino todo lo contrario.

-¿Descuidarme?

-Casi... Tratamiento perturbador. Hacer cosas que presten a su vida violento interés. Lo que padece usted es atonía, indiferencia: le falta estímulo. ¿No podría usted enamorarse?

-Me parece que no. Las mujeres, para un rato. Y aun ese rato lo suelen envenenar. Y las que no lo envenenan, empalagan. Mal remedio, doctor, mal remedio.

-¿No le agradan los viajes?

-¿Viajes? ¿El «gladstone», el Baedeker, las fondas? Me sé de memoria a Europa, y como no busque aventuras a lo Julio Verne... Ya no quedan más viajes emocionantes que los viajes en aeroplano...

-Pues no viaje usted por tierras; explore almas. No hay vida humana sin misterio. La curiosidad puede ascender a pasión. Para una persona como usted, que posee elementos de investigación psicológica...

Agradecí el consejo lo mismo que si hubiese de servirme de algo, y me fui convencido de que la ciencia, ante mi caso, se declaraba impotente.

Aquella misma noche, a cosa de las doce, entré en el teatro de Apolo y me senté en una butaca. Al hacerlo, pasé con el mayor cuidado por delante de los espectadores de mi fila, instalados ya. Creíame seguro de no haber molestado a nadie, y me asombró oír que uno de ellos, el más próximo a mí, me increpaba, en alta voz:

-¡Ya podía usted andar con cuidado, so tío!

Mi sorpresa subió de punto, notando que quien así me trataba era un muchacho que solía encontrarme en el Casino y en la Peña, una persona «conocida». Tal furia, sin motivo alguno, y la extrañeza que me causó, fue el primer chispazo que reanimó mi abatido espíritu. Al pronto pensé: «¿Estará borracho...?».

Pudiera confirmar la suposición el notar en el rostro de mi interlocutor la palidez y el brillo singular de la pupila, que caracteriza el período álgido de la borrachera. Pero reiteró el insulto, profiriendo: «¡Eh! ¡Con usted hablo!», y ni la voz, ni el gesto tenían el titubeo de los ebrios. ¿Por qué buscaba camorra aquel individuo?

La gente se fijaba, rumoreaba: los de la fila se levantaron. Éramos objeto de la atención general; alguien se interpuso. De súbito, mi agresor cambió de tono, y, con transición demasiado brusca, o que me lo pareció, se echó a reír, pronunciando:

-¡Ah; Selva! Usted perdone... No me había fijado... Dispense. Lo siento mucho... Le ruego que me excuse.

Era el desagravio tan cortés como inmotivado el enojo, y me dejó igual sabor de recelo. Vago, inconsciente, pronto a disiparse, el recelo me hurgó en el espíritu y lo tonificó, despertando mis facultades y fijando mi atención antes distraída.

Mientras me aporreaba los oídos la enervante y estrepitosa música de matchichas y tangos, mi fantasía galopaba, como suelto, ardiente potro. Daba en antojárseme que todo el enfado de aquel sujeto -se llamaba Andrés Ariza- era ficción. ¿Por qué? Los actos humanos siempre reconocen algún móvil, alguna causa. ¿Qué móvil impulsaba a Andrés Ariza a fingir encolerizarse cuando yo entré sin meterme con él?

En vez de detallar los pies y piernas de las artistas, sus mallas rosadas, sus zapatos curvos de raso brillante, sus redondeces de algodón y sus trapos lentejuelados, mi mirada, de reojo, se posó en Ariza, ávidamente.

No atendía a lo que pasaba en escena. No cabía duda; algo raro le preocupaba. Su mano, blanca y bien contorneada, retorcía nerviosa la vírgula del bigotillo, y de vez en cuando, inquieto, giraba la cabeza hacia mí. Yo evitaba que me sorprendiese mirándole, pero cada vez me atraía más -con atracción de carácter enteramente indefinible- el estudio de su alterada fisonomía. Un perfume intenso y capcioso, de gardenia, venía de él, cuando se movía, y el tal aroma se me subía al cerebro, como un vino compuesto, irritante. Muy violento tenía que ser el olor, para que se destacase sobre los mil de un teatro lleno.

De pronto me estremecí... Lo que acababa de notar, no era nada que no pudiese tener explicación trivial, naturalísima, pero ya he dicho que mi fantasía volaba, y no acertando yo a sujetarla, iba arrastrado por ella. Era -en la pechera de la camisa de Andrés, y casi cubierta por el chaleco- una diminuta manchita roja, viva como labio encendido por el amor; una reciente gotica de sangre. Y me eché a pintar a brochazos un cuadro de tonos rojos, de asunto dramático, de locura, de venganza... ¿Quién sabe si un desafío sin testigos, un lance a todo riesgo, en el secreto que imponen las exigencias de la honra?

Cuando, media hora después, salí del teatro para recogerme pacíficamente a mi domicilio, cambiaron de giro mis ideas. Sin duda el raudal de aire de la calle de Alcalá, el aspecto de normalidad de las cosas que me rodeaban, el golfillo de siempre ofreciéndose a avisar al simón, las mismas desharrapadas hembras brindándome, enronquecidas, los diarios, los tranvías ya espaciados, la gente dispersándose entre un mosconeo de conversaciones humorísticas, desgarradas, achuladas, me devolvieron a la cárcel de la realidad vulgar, engendradora de mi tedio. Por unos minutos se me había figurado que algo extraordinario pasaba cerca de mí, produciéndome comezón novelesca. La hora en que me dominó tal impresión no era una hora de fastidio, sino de exaltación inquieta y acalenturada. ¡Qué hervor y qué devaneo, por el arrebato de ira de un señor cualquiera, por una gotezuela de sangre que pudo saltar de las narices! Desgraciadamente, la mayor parte de las cosas tienen siempre explicación vulgar y prosaica, y la vida es un tejido de mallas flojas, mecánico, previsto: nada romancesco lo borda.

Encogiéndome de hombros, eché a andar. La noche, aunque de invierno y nublosa, era serena, y yo esperaba que algo de ejercicio me ayudase a conciliar el sueño, rebelde en acudir antes del amanecer. Vivía yo en una de esas calles nuevas, no urbanizadas ni edificadas enteramente. Al lado del hotelito que había alquilado, existía un solar no desmontado aún, barrancoso, mal cerrado con valla de tablas blanquiazules. No era el único en la solitaria vía, donde el alumbrado corría parejas con lo demás. Las probabilidades de un atraco no me alarmaban: llevaba mi Browning. No sé por qué en aquel instante la idea, si no del atraco, de algo anormal, se precisaba y tomaba cuerpo, mientras me dirigía, alejándome del centro, hacia mi domicilio. Sin duda la efervescencia fantástica del teatro actuaba aún. No se sabe qué, tenía que sucederme: la aventura me acechaba para saltarme al cuello. Alarmado, miraba hacia todas partes, espiaba los ruidos. Y, al mismo tiempo, me obstinaba en repensar en la cara desencajada, el falso enojo de Andrés Ariza. ¿Por qué fingía cólera? ¿Qué explicación tenía semejante fingimiento?

Nada justificaba mis aprensiones. A mi alrededor no había sino esa peculiar sugestión dramática que adquieren de noche las casas cerradas y mudas. Completa soledad. En Madrid, como es sabido, dura hasta muy tarde la animación en las calles céntricas, pero por las vías algo apartadas y donde vive gente rica y aristocrática, es raro que a la una y media o cerca de las dos transite nadie. Cerca de mi calle ya no vi al sereno, el bueno de Pacomio. Sin duda, como otras veces, se hallaba refugiado en cierto figón-taberna donde comen los jornaleros que trabajan en los varios edificios en construcción próximos a mi casa. No me importó, pues llevaba la llave de mi verja y el llavín de mi puerta en el bolsillo.

Al aproximarme, una especie de atracción que no sé explicar me hizo fijarme en el solar abandonado, y noté que la valla presentaba un regular boquete. Varias tablas habían sido arrancadas, y se hacinaban confusas a uno y otro lado. Y, a la parte de adentro, sobre el color claro de la tierra arcillosa endurecida por la helada, observé una forma confusa, algo grande, negro y largo, con algo blanco al extremo. Me incliné, me acerqué bajándome... Era el cuerpo de un hombre, vestido de etiqueta, sin abrigo, y lo que blanqueaba, su cara cérea y el pechero rígido de su camisa. ¡Un cadáver!

El muerto -suponiendo que lo fuese- estaba completamente al borde de la valla. Si había entrado vivo, caería al punto de cruzarla. Saqué mi encendedor y proyecté su luz hacia el rostro.

Era una cara nueva para mí, que creo conocer, al menos de vista, a cuantos muchachos frecuentan los círculos de la corte. Representaba unos veinticinco años, y resplandecía su bigote rubio. El recuerdo de Ariza me acudió nuevamente, evocado por aquel bigote: me acordé del que retorcía con movimiento tan impaciente. Me llamó la atención que el muerto no llevase corbata, ni botones en la pechera, ni chaleco. Absorto en esta contemplación, me sobrecogió un ruido de pasos toscos. Era sencillamente el sereno, que, en cultivo de propina, solía alumbrarme para que fácilmente introdujese la llave en la cerradura. Zapateaba, sin aliento, y se confundía en explicaciones.

-Señorito... me habían llamado en la otra calle... Abriendo estaba al conde de Marciela...

En cualquier ocasión me hubiese reído de la excusa, porque conocidos los hábitos del enfermizo conde de Marciela, señor metódico y valetudinario, era sumamente inverosímil que se retirase a tal hora. Pero no me sentía dispuesto a reír. Me volví hacia el astur, con un gesto de mandato.

-Tenga cuidado, no mienta. Hoy podría ser para usted un compromiso serio haber dicho cualquier cosa que no fuese la pura verdad. No trate usted de engañar a la justicia. En ese solar hay un muerto.

Aterrado, el «gusano de luz», dirigió la de su linterna al punto que yo señalaba, y, cuando vio el cuadro, entre dientes, soltó una interjección.

Yo permanecía bajo el peso del descubrimiento horrible. Una duda me asaltó entonces. ¿Y si el hombre no estuviese muerto, sino borracho? Era preciso socorrerle sin tardanza, abrigarle, recogerle a techado.

-Ayúdeme a levantarle -dije al sereno-. Puede que tenga vida.

-¡No le toque, señorito! -imploró Pacomio-. No tengamos líos con «los» de la justicia; no nos desgraciemos. Ya tengo visto muchos difuntos, y éste es uno más.

Me enhebré, rozando las tablas, en el solar. El sereno, protestando, aconsejando, exclamando, alumbraba. Me incliné sobre el cuerpo; palpé una mano; estaba helada. Traté de percibir la respiración. No la había. Alcé un brazo. Recayó rígido. Tenía razón Pacomio: los auxilios eran inútiles.

-No quiero molestias, ni pasar la noche en vela -murmuré entonces, deslizando un duro al sereno-. Pida usted socorro: venga la autoridad, haga lo que sea costumbre. Repito que no mienta usted, ni oculte que yo he visto ese cuerpo. Éste es un caso de decir la verdad, para no tener disgustos.

Ya en mi casa, me acosté, y quise dormir. Cuando lo conseguí, fue mi sueño un tejer y destejer confuso de interrumpidas escenas, en que se combinaban las dos impresiones de la noche. El incidente del teatro, el drama del solar, se encadenaban en la relación íntima que entre ambos establecía mi excitada mente. Unas veces daba en creer que el muerto y el fingido encolerizado eran una sola persona; que el frío cuerpo del solar era el de Andrés Ariza. Otras, que Andrés Ariza lo descubría antes que yo y me acusaba, fundándose en la proximidad de mi vivienda al lugar donde aparecía la víctima. ¿Víctima? ¿Crimen? Despierto, no podía yo ni asegurar que lo fuese, porque no recordaba haber visto en aquel hombre lesión ni herida alguna. Y, sin embargo, la convicción del crimen originaba mi fiebre. Lo comprendía: lo único que llegaba adentro, que rompía la gris uniformidad de la civilización, era el crimen. El sabor amargo y salado del crimen había quitado de mi paladar la insipidez del tedio. Sólo el crimen podía conseguir interesarme. Me revolvía en la cama sobre espinas; por mis venas corría azogue. ¿Por qué no había querido ver levantar el cadáver? Quizás para madurar mi ensueño, mi intuición misteriosa. Para meditar, como meditan los visionarios, fuera de lo real que se ve, en busca de lo real que se esconde.

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