Manuscrito de un Loco - Charles Dickens - 02
Casi cerca de un año vi marchitarse de día en día los colores de sus mejillas: casi cerca de un año vi correr lágrimas silenciosas de sus ojos abatidos. Yo no sabia la causa pero la adiviné al fin. No pudieron ocultármelo por más tiempo. Ella no me había amado nunca : yo nunca pensé que ella me quería. Ella despreciaba mis riquezas y detestaba el explendor en que vivía; esto si que no lo podía yo esperar. Ella amaba u otro; esta idea tampoco había entrado en mi cabeza.
Extraños sentimientos se apoderaron de mi; terribles pensamientos inspirados por un poder secreto perturbaron mi cerebro. Yo no la aborrecía, pero sí odiaba al joven por quien ella lloraba todavía.
Me daba lástima… sí, me daba lástima la vida miserable a que el egoísmo de su familia la había condenado. Sabia yo que no viviría mucho tiempo ; pero la idea de que antes de su muerte pudiera dar a luz un niño desventurado que heredara la locura…
Este pensamiento me determinó.
Resolví matarla.
Durante algunas semanas quise ahogarla: luego pensé en el veneno, después en el fuego.
¡Qué espectáculo tan hermoso ver la casa grande toda echando llamas, y la mujer del loco reducida a cenizas! ¡Qué idea más graciosa la de prometer para salvarla una gran recompensa y enseguida hacer ahorcar como incendiario a algún hombre bueno e inocente!
¡Y todo esto por la malicia de un loco! Soñaba en ello todas las noches; pero al fin desistí no sé por qué. ¡Oh qué placer pasar todos los días la mano por el filo de la navaja de afeitar, probar su buen corte y pensar en la hendidura qué podría hacer un solo golpe de aquella hoja brillante!
Al fin los espíritus que antes me visitaban tan a menudo cuchichearon a mi oído que había llegado la hora.
Me pusieron una navaja de afeitar abierta en la mano: la apreté con fuerza; me levanté de la cama, y me incliné sobre mi mujer que dormía.
Tenia la cara oculta entre sus manos: las aparté con suavidad y cayeron pesadamente sobre su seno. Se conocía que había llorado, las huellas de sus lágrimas estaban aún visibles en sus mejillas pálidas; sin embargo, su semblante parecía sereno y feliz, y mientras yo la miraba, una sonrisa tranquila iluminaba sus facciones adelgazadas.
Puse tranquilamente la mano sobre su hombro, se estremeció, pero sin entreabrir sus anchos párpados. Volví a tocarla de nuevo; entonces lanzó un grito y se despertó.
Con un movimiento de mi mano no hubiera dejado oír otro sonido; pero me encontré sorprendido y retrocedí. Sus ojos estaban fijos sobre los míos.
No sé en qué consistió: los ojos me intimidaron; me vi dominado por aquella mirada. Ella se levantó de la cama, mirándome fija y continuamente. Yo temblaba: la navaja estaba en mi mano y no podía hacer ningún movimiento. Ella se dirigió a la puerta. Cuando ya la tocaba se volvió y retiró sus ojos de mi. ¡Oh! roto estaba el encanto; doy un salto, la agarro por el brazo, y ella cae por tierra dando gritos desesperados.
Entonces podría haberla matado sin resistencia, pero la casa estaba alarmada, ya se oían pasos en la escalera; puse la navaja en su sitio y yo también empecé a dar voces pidiendo socorro.
Vinieron, la levantaron, la pusieron en cama. Durante muchas horas permaneció sin conocimiento, y cuando recobró la vida y la palabra, había perdido la razón, deliraba con trasportes furiosos.
Llamaron a los médicos, a hombres sabios que rodaban hasta mi puerta excelentes carrozas con criados vestidos de brillantes libreas. Estuvieron cerca de su cama semanas enteras. Hubo una consulta y conferenciaron juntos con gran solemnidad. Yo estaba en el cuarto de al lado; uno de los más célebres entre ellos, vino a encontrarme allí, me llamó aparte, y diciendo que me preparara para una noticia de las más funestas, me dijo a mí, ¡al loco! que mi mujer estaba loca. El doctor estaba solo conmigo, y apoyado en una ventana abierta, sus ojos fijos sobre mi semblante y su mano puesta sobre mi brazo.
Con un solo esfuerzo hubiera podido precipitarlo a la calle, y esto habría sido un gracioso entremés, pero hubiera comprometido mi secreto y lo dejé marchar.
Algunos días después, me dijeron que debía cuidar de que la vigilaran y nombrarle un guardián. ¡Yo! ¡yo! Me fui al campo donde nadie me podía oír, y lancé carcajadas, que retumbaban a lo lejos.
Ella se murió al otro día.
El viejo de los cabellos blancos siguió su féretro, y los hermanos, orgullosos, dejaron caer algunas lágrimas sobre el cuerpo insensible de aquella, cuyos sufrimientos habían contemplado con músculos de bronce.
Todo esto alimentaba mi alegría secreta, y volviéndome a mi casa, me reía detrás del pañuelo blanco que tenia sobre la cara; me reía tanto, que las lágrimas me venían a los ojos.
Pero aún cuando había logrado mi objeto, matándola, me hallaba inquieto y agitado: sentía que mi secreto se me debía escapar antes de mucho tiempo. Ya no podía ocultar la alegría salvaje que fermentaba en mi sangre; y que, cuando estaba solo en mi casa, me hacia saltar y batir las palmas, y bailar y dar vueltas y rugir como un león.