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Narraciones inquietantes, El corazón delator - Edgar A. Poe - 02

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El corazón delator - Edgar A. Poe - 02

Luego de esperar largo tiempo con mucha paciencia, sin oírle echarse de nuevo, resolví entreabrir un poco la linterna; pero tan poco, tan poco, que casi no era nada; abrí la tan quedamente, que más no podía ser, hasta que por fin un solo rayo pálido, como un hilo de tela de araña, saliendo de la abertura, proyectóse en el ojo de buitre.

Estaba abierto, muy abierto, y yo me enfurecí apenas lo miré; le vi con la mayor claridad, todo entero, con su color azul opaco, y cubierto de una especie de velo hediondo, que heló mi sangre hasta la médula de los huesos; pero esto era lo único que distinguía de la cara o de la persona del anciano, pues había dirigido el rayo de luz, como por instinto, al maldito ojo.

¿No os he dicho ya que lo que tomabais por locura no es otra cosa que un refinamiento de los sentidos? En aquel instante un ruido sordo, ahogado y frecuente, parecido al que produce un reloj envuelto en algodón, hirió mis oídos; «aquel rumor», lo reconocí al punto, era el latido del corazón del anciano, y aumentó mi cólera, de igual modo que el redoble del tambor sobreexcita el valor del soldado.

Pero todavía me contuve y permanecí inmóvil, sin respirar apenas, y esforzándome en iluminar el ojo con el rayo de luz. Al propio tiempo, el corazón latía con mayor violencia, cada vez más precipitadamente y con más ruido.

El terror del anciano «debía» ser indecible, pues aquel latido se producía con redoblada fuerza cada minuto.

¿Me escucháis atentos? Ya os he dicho que yo soy nervioso; y lo soy, en efecto. En medio del silencio de la noche, un silencio tan imponente como el de aquella antigua casa, aquel ruido extraño prodújome un terror indecible.

Durante algunos minutos me contuve aún, permaneciendo tranquilo; pero el latido subía de punto a cada instante; hasta creí que el corazón iba a estallar, y de súbito sobrecogióme una nueva angustia: ¡Algún vecino podría oír el rumor! Había llegado la última hora del viejo; profiriendo un alarido, abrí bruscamente la linterna y lancéme en la habitación. El buen hombre solamente dejó escapar un grito: no más uno. En un momento le arrojé al suelo, echando sobre él todas las ropas de la cama; y entonces sonreí de alegría al ver mi tarea tan adelantada; pero durante algunos minutos el corazón latió sordamente, aunque entonces ya no me atormentaba, pues no se podía oír a través de la pared.

Por fin cesó la palpitación; el viejo había muerto; levanté las ropas y examiné el cadáver: estaba tieso, completamente rígido; apoyé mi mano sobre el corazón, y la tuve allí aplicada algunos minutos; no se oía ningún latido, el hombre había dejado de existir, y su ojo ya no me atormentaría más.

Si persistís en tomarme por loco, esa creencia se desvanecerá cuando os explique las acertadas precauciones que tomé para ocultar el cadáver. La noche avanzaba, y yo comencé a trabajar activamente, aunque en silencio; corté la cabeza, después los brazos, y por último las piernas.

Inmediatamente arranqué tres tablas del suelo de la habitación, deposité los restos mutilados en los espacios huecos, y volví a colocar las tablas tan hábil y diestramente, que ningún ojo humano, ni aun el «suyo», hubiera podido descubrir nada de particular. No había necesidad de lavar mancha alguna, gracias a la prudencia con que procedí. Un barreño lo había absorbido todo. ¡Já, já!

Terminada la operación, a eso de las cuatro de la madrugada, aun estaba tan obscuro como a media noche. Al dar el reloj la hora, llamaron a la puerta de la calle, y yo bajé con la mayor calma para abrir, pues ¿qué podía temer «ya» ? Tres hombres entraron, anunciándose cortésmente como oficiales de policía; un vecino había oído un grito durante la noche; bastó esto para despertar sospechas; envióse un aviso a las oficinas de policía, y los señores oficiales se presentaban para reconocer el local.

Sonreí, porque nada tenía que temer, y recibiendo cortésmente a aquellos caballeros, díjeles que yo era quien había gritado en medio de mi sueño; añadí que el viejo estaba de viaje, y acompañé a los oficiales por toda la casa, invitándoles a buscar, a registrar perfectamente. Por fin entré en «su» habitación y mostré sus tesoros, completamente seguros y en el mejor orden. En el entusiasmo de mi confianza ofrecí sillas a los visitantes para que descansaran un poco; en tanto que yo, con la loca audacia de un triunfo completo, coloqué la mía en el sitio mismo donde yacía el cadáver de la víctima.

Satisfechos y convencidos quedaron los oficiales por mis modales; yo aparecía muy tranquilo; sentáronse y hablaron de cosas particulares, a las que contesté jocosamente; mas al poco tiempo conocí que palidecía—y anhelé la marcha de aquellos hombres. Me dolía la cabeza; parecíame que los oídos me zumbaban; pero los oficiales continuaban sentados, hablando sin cesar. El zumbido se pronunció más, persistiendo con mayor fuerza; púseme a charlar sin descanso para librarme de aquella sensación, pero todo fue inútil porque al fin descubrí que el rumor no se producía en mis oídos.

Indudablemente palidecí entonces mucho; pero seguía hablando con mayor viveza todavía, alzando la voz, lo cual no impedía que el sonido fuera en aumento. ¿Qué podía hacer yo? Era «un rumor sordo, ahogado, frecuente, muy análogo al que produciría un reloj envuelto en algodón». Respiré fatigosamente; los oficiales no oían aún. Entonces hablé más ligero, con mayor vehemencia; pero el ruido aumentaba sin cesar.

Me levanté en seguida y comencé a discutir sobre varias futesas, en un tono muy alto y gesticulando vivamente; pero el ruido seguía aumentando… ¿Por qué no «querían» irse aquellos hombres? Fingiendo que me exasperaban sus observaciones, di repetidas vueltas por la habitación; pero el rumor siguió yendo en aumento. ¡Pobre de mí! ¿Qué haría? La cólera me cegaba; comencé a maldecir, moví la silla donde me había sentado, haciéndola rechinar sobre el suelo; pero el ruido dominaba siempre de una manera muy significativa… Y los oficiales seguían hablando, bromeaban y sonreían. ¿Sería posible que no oyesen? ¡Dios todo poderoso! ¡No, no! ¡Oían! ¡Sospechaban; lo «sabían» todo y divertíanse con mi espanto! Lo creí y lo sigo creyendo todavía. Cualquier cosa era preferible a semejante burla; no podía soportar por más tiempo aquellas hipócritas sonrisas. ¡Comprendí que era preciso gritar o morir! Y cada vez más alto, ¿lo oís? ¡cada vez más alto, «siempre más alto!»

—¡Miserables!—exclamé—. No finjáis más tiempo; confieso el crimen. ¡Levantad esas tablas; ahí está, ahí esta! ¡Es el latido de su espantoso corazón!

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