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CuriosaMente - Videos Interessantes, ¿Por qué los DIOSES de todo el mundo son tan SIMILARES? Arquetipos mitológicos

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¿Por qué los DIOSES de todo el mundo son tan SIMILARES? Arquetipos mitológicos

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Cuando pensamos en religiones es común verlas como

conjuntos de creencias completamente independientes: ¿Crees en estos dioses,

o en aquellos? Por eso resulta sorprendente que los temas, patrones y los dioses mismos

sean tan parecidos en culturas tan alejadas. ¿Por qué ocurre esto? ¿Será acaso que...

¿Tu dios y mi dios son primos? Los arquetipos mitológicos

Un arquetipo es un símbolo o motivo recurrente que constantemente aparece en las narraciones y

en los mitos, a veces bajo diferentes nombres, pero siempre con las mismas

atribuciones. Algunos de los arquetipos más extendidos en las religiones del mundo son:

El Padre Celestial, también llamado “rey del cielo”. Es el dios del cielo luminoso.

Entre los griegos, el Dios del Cielo original era Urano (“el que orina”, por aquello de la lluvia),

pero su culto se extinguió para dar paso al de Zeus. Su nombre más antiguo Dieus, de donde pasó

al védico Dyaus, que en griego se convirtió en Zeus. Los romanos lo llamaron primero Dyeu pater,

luego Dyu piter, y a quien conocemos como Júpiter, asociado con la fertilidad, el trueno y las nubes.

En la mitología finlandesa se llama Ukko: tiene un martillo que causa el trueno y es dios de las

cosechas. Entre los hawaianos se llama Wākea. Y en la mitología nórdica corresponde a Týr o Tiw,

en cuyo honor se nombró en el segundo día de la semana tīwesdæg que en inglés pasó a ser

tuesday. En la mitología china el cielo es Tian y tiene los atributos de lo masculino,

lo activo y lo luminoso. Al ser uno de los arquetipos más importantes, no sorprende

que el término Dieus indoeuropeo, pasara a ser el “Dios” único en las religiones monoteístas.

La Madre Tierra ha sido venerada en muchas religiones. Los griegos tenían a Gaia,

diosa primordial y madre de toda la vida. También fue la madre de Urano, con quien se casó. Los

romanos la llamaron Tella (de donde viene el adjetivo “telúrico”) y luego Terra y su culto se

asociaba con el de Ceres, diosa de la agricultura. Los chinos tienen a Houtu como diosa de la tierra,

señora de todos los dioses locales. Los incas la llamaron Pachamama: personificaba las montañas

y los terremotos y la concibieron como el origen de todo. Y en mitología nórdica era la diosa Sif,

cuyo cabello dorado representaba los trigales, y estaba casada con Thor, dios del trueno.

La pareja madre tierra – padre celestial es abundante en las religiones del mundo pero,

curiosamente, los egipcios lo pensaban al revés: la madre celestial es Nut,

diosa de las estrellas y la astronomía y Geb el dios de la tierra, quien hacía crecer los

cultivos y cuyas carcajadas causaban terremotos. El embaucador o bromista , también llamado

“trickster” es un arquetipo muy extendido. Es el transgresor de los límites que con sus travesuras

saca de quicio a los otros dioses. Seguro ya has oído hablar de Loki, hermano de Thor en

la mitología nórdica, llamado “El dios astuto” o “el padre de las mentiras”. Tan travieso era que,

para evitar pagar el trabajo de un gigante, se convirtió en Yegua para distraer a su caballo

¡y se embarazó! Las culturas nativas norteamericanas tienen a Coyote, quien,

por ejemplo, le roba el fuego al sol para dárselo a la gente o un día les roba el agua a las ranas

“porque no está bien que alguien tenga toda el agua”. En los aztecas corresponde a Huehuecóyotl,

quien también era dios de la música, la danza y las narraciones. El folklore caribeño se trajo

de África a Anansi, quien se podría transformar en araña y que con su ingenio y astucia podía

derrotar a dioses más poderosos. El psicopompo no siempre es un dios,

pero es un espíritu que acompaña a los muertos al más allá. Los egipcios tenían a Anubis,

el embalsamador, protector de las tumbas. Anubis pesaba el corazón de las almas y, si pesaban menos

que una pluma de avestruz, podían ir al cielo. ¿Estaría este canino emparentado con Xolotl,

el dios perro de los aztecas que guiaba las almas hacia el Mictlán? Los griegos tenían a Caronte,

quien con su barca cruzaba el río Estigia hacia la tierra de los muertos. Los deudos ponían una

moneda en la boca del fallecido para que pudiera pagar el pasaje. Las Valquirias

nórdicas escoltaban a los guerreros muertos en batalla hacia el Valhala.

El dios de la muerte y el juicio. Casi todas las culturas tienen un dios del “más allá”

que juzga a los muertos. Mictlantecutli gobierna el mictlán de los mexicas y

Plutón o Hades el inframundo de los griegos. La diosa del amor. También asociada con la

belleza y el deseo. Para los egipcios era la felina Bastet, quien también presidía la danza

y los perfumes. Mesopotamia tenía a Ishtar, y la identificaban con el planeta Venus,

al igual que en la grecia clásica, bajo el nombre de Afrodita. En la religión yoruba es Oshun,

y rige los arroyos y los manantiales. La culturas germánicas y nórdicas tenían a Ostara, o Eostre,

divinidad de la primavera y vinculada a la celebración de la pascua o Easter en inglés.

El dios del sol. En prácticamente todas las culturas se ha adorado al sol:

intuitivamente se le ha reconocido como fuente de energía y vida. Para los mexicas era Tonatiuh,

asociado con las águilas por su movimiento a través del cielo, y para los incas era Inti,

fundador de Cusco y origen del linaje de gobernantes. Para los griegos y romanos, Helios,

quien conducía su carroza a través del firmamento, y que luego se identificó con el dios Apolo,

dios de la curación, la verdad, la profecía y la luz. Aunque en la mayoría de las religiones el sol

es masculino, para los japoneses es femenino y se personifica en la diosa Amaterasu. Los germánicos

también veían al sol como mujer y le llamaban Sol o Sunna, y era hermana de Máni, dios de la luna.

Y como ellos hay muchos más, incluyendo no sólo dioses, sino elementos narrativos llamados

mitemas, que se repiten de religión en religión: como el del árbol del mundo, el héroe cultural o

la creación a partir del caos. Un mitema muy extendido es el del dios que resucita: un ser

divino que se enfrenta a la muerte, desciende al inframundo y vuelve a la vida. Este tema está

presente en el mito del Osiris egipcio, del Tammuz sumerio, del Attis frigio, del Adonis griego y por

supuesto el de Jesucristo de los cristianos. Hasta los aztecas tenían a Nanahuatzin, el

dios más humilde, que se sacrificó en una hoguera para iluminar al mundo convirtiéndose en el sol.

Pero ¿por qué aparecen estos arquetipos una y otra vez, en culturas tan diferentes? Hay tres teorías,

y posiblemente la respuesta verdadera es que se trate de una mezcla de las tres:

La primera es la del origen común. Ésta dice que todos los mitos tuvieron

su origen en un mismo lugar, en una cultura primitiva de hace decenas de miles de años,

y que todos los mitos del mundo son descendientes de esta cultura primigenia.

La segunda es la de la difusión: cuando las diferentes culturas interactúan,

comparten e intercambian mitos que pueden así difundirse por todo el mundo.

La tercera es la propiamente llamada “arquetípica”: dice que quienes crean y

cuentan las narraciones, aunque no se conozcan, tienen similares características de pensamiento

creativo y se enfrentan a los mismos fenómenos naturales, por lo que terminan produciendo mitos

similares. Por ejemplo: se piensa que la idea de divinidad que muere y resucita tiene su origen

en los ciclos anuales de las estaciones: en ellos hay un tiempo en el que todo debe morir,

para renacer en la primavera. No es casualidad que los católicos y otros cristianos celebren la

resurrección de Jesús el primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera en

el hemisferio norte. La idea del arquetipo supone que esos patrones psicosociales son universales y

que, cuando se crea una historia para explicar algo universal, como la creación del mundo,

el poder del deseo o la inevitabilidad de la muerte, las narrativas resultantes resuenan con

las mentes individuales y el imaginario colectivo, y se propagan en el tiempo y en el espacio porque,

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