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CuriosaMente - Videos Interessantes, ¡No creas en la ciencia!

¡No creas en la ciencia!

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¿Se puede tener completa y absoluta certeza de que algo es verdad? ¿Los conocimientos

científicos son cien por ciento ciertos, o son sólo tan confiables como cualquier

creencia? Pues hoy te vamos a decir algo que te va a sorprender que nosotros te digamos,

pero que tiene que ser dicho:

¡No creas en la ciencia!

A los seres humanos nos encanta hacernos preguntas y nos da gran satisfacción encontrar respuestas.

Durante mucho tiempo, desde la la inmemorial noche de los tiempos, las respuestas venían

en forma de creencias. Por ejemplo. ¿De dónde viene la lluvia? Ah, pues unos

espíritus que viven arriba de las nubes cargan vasijas con agua y las rompen para iniciar

una tormenta: por eso se oyen truenos antes de llover.

¿Cuál es el origen de la humanidad? Un dios creó al primer hombre usando barro y a la

primera mujer a partir de su costilla. Toda la humanidad desciende de esa primera pareja.

Y así con cada fenómeno natural observado: la formación de las montañas, las estaciones

del año o el brillo de las estrellas. ¿No es satisfactorio que nos den las respuestas

así de claras, completas y unívocas? Claro, el problema es que cada tribu, o cada persona,

puede tener una idea diferente, porque, a fin de cuentas, son creencias, no conocimientos.

Pero ¿cuál es la diferencia entre creencia y conocimiento? Una creencia es una afirmación

que se tiene por cierta aunque no tengamos evidencia de que es verdad. No necesariamente

es falsa: simplemente no podemos probar que es verdadera.

La disciplina que estudia qué es el conocimiento se llama epistemología. Uno de los primeros

en tratar de definir qué es el conocimiento fue Platón, de quien viene la definición

que propone que para que una declaración pueda ser llamada “conocimiento” tiene

que cumplir tres requisitos: ser verdadera, que se crea en ella, y que su creencia esté

justificada. En la actualidad basamos esa justificación en dos requisitos: la evidencia

y la lógica. Entonces ya está: si nuestra creencia está

apoyada por la evidencia y por la lógica, la podemos dar por verdadera y considerarla

un conocimiento. ¡Listo! Bueno, no es tan fácil. Los filósofos desde hace mucho tiempo

y hasta la fecha discuten lo que realmente puede ser considerado conocimiento. Una objeción

muy curiosa es el llamado “Problema de Gettier”. Mira este ejemplo:

El granjero José recibe una llamada: su amiga, la pastora María ha perdido una oveja y le

pregunta a José si de casualidad estará en las tierras de su granja. José se asoma

por la ventana y ve una silueta esponjosa en la colina y, confiado, le dice a María

que sí, que ahí está la oveja. Lo que no sabe José es que lo que vio era un arbusto

y no una oveja. Sin embargo ¡la oveja sí está en sus tierras! Detrás de la colina,

donde no la puede ver. José tiene una creencia, justificada por cierta evidencia, que además

es verdad, pero ¿realmente tenía el conocimiento? ¿O es sólo una creencia que fue verdadera

por casualidad? Cómo con esta objeción, la epistemología

sigue actualmente poniendo en cuestión la frontera que divide conocimientos y creencias.

La verdad es que no podemos estar absolutamente seguros de qué es verdad. Pero ahí radica

precisamente la fuerza de la ciencia. Mientras que las religiones por lo general se basan

en dogmas que deben ser creídos al pie de la letra, la ciencia se basa en un modo de

indagación, basado en la observación y la experimentación, que nos anima a que no escribamos

en piedra lo que conocemos, sino que lo cuestionemos siempre. De esta manera, la ciencia contiene,

por definición, un mecanismo que le permite modificarse a sí misma.

Una persona con pensamiento científico, cuando da una respuesta, siempre asume que es “hasta

donde sabemos y con riesgo a equivocarnos”. Y es que es imposible saber absolutamente

todo sobre algo: siempre hay que seleccionar ciertas características, dimensiones o rasgos

de lo que estamos estudiando. Si se le pregunta a una persona de ciencia “¿de qué color

es esa planta?”, su respuesta honesta sería “Desde este lado, verde”. Nuestro conocimiento

siempre es parcial y provisional. El magistral Kurt Gödel demostró que, incluso las puras

y sólidas matemáticas, no pueden demostrar la validez de todos sus axiomas fundamentales.

¿Significa eso que el conocimiento científico es tan subjetivo o relativo como una creencia

cualquiera? ¡Nada de eso! Aunque no nos dé una “certeza absoluta”, la ciencia nos

provee de conocimiento valioso. Las teorías científicas, por ejemplo, son explicaciones

tremendamente útiles que nos permiten en–ten–der cómo funciona el universo, la naturaleza

y la sociedad, y, dado el caso, actuar para obtener mejores resultados.

Pensar en deidades que rompen cántaros sobre las nubes puede ser muy hermoso y hasta metafóricamente

profundo, pero el modelo del ciclo del agua nos da un mapa mental más apegado a la realidad

que nos permite aprovechar mejor nuestros recursos y saber las posibles consecuencias

de nuestros actos. No es un dogma que hay que creer: si surge nueva evidencia podemos

modificarlo. A veces se oyen expresiones cómo: “¿Crees

en la creación o en la teoría de la evolución?”, como si las dos explicaciones cayeran en la

misma categoría. La teoría de la evolución no es una creencia ni un dogma: como el modelo

del ciclo del agua, es una explicación, basada en las evidencias, que es valiosa porque gracias

a ella com–pren–de–mos por qué los seres vivos somos como somos y funcionamos

así. Y no se ha quedado fija desde que la formuló Darwin: se ha ido modificando y enriqueciendo

con las aportaciones de la biología, la genética, la embriología, la ecología, la medicina

y otras disciplinas que, a su vez, se han vuelto más fuertes gracias a la teoría de

la evolución. Recuerda que la realidad es compleja: no es

en blanco y negro y no se apega a dogmas: sólo el lado oscuro trata en absolutos. Así

que no “creas” en la ciencia, porque la ciencia no es una creencia. Usa sus métodos

y sé siempre escéptico. La ciencia avanza gracias a que no se cree en ella. ¡Curiosamente!

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