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CuriosaMente - Videos Interessantes, ¡La peor FALACIA de todas! -

¡La peor FALACIA de todas! -

De todos los errores que plagan el pensamiento humano ¡y vaya que son muchos! hay uno que,

al mismo tiempo que ha sido muy útil, también es capaz de causar

un daño atroz ¿a cuál crees que nos referimos? Acompáñanos a descubrir…

La peor falacia del mundo

Las falacias lógicas son atajos mentales: muchas veces nos da flojera hacer toooodo el razonamiento

que nos permite llegar a conclusiones acertadas y preferimos llegar pronto aunque obtengamos

conclusiones apresuradas. Es más: muchas veces ya tenemos las conclusiones a las que nos gustaría

llegar y usamos las falacias para convencernos o convencer a otros de que son correctas.

El argumento ad hominem busca desacreditar un argumento atacando a la persona.

La generalización apresurada, pretende demostrar un principio universal

a partir de una observación limitada. El “hombre de paja” pone palabras en la

boca del interlocutor, para debatir mejor ese argumento que lo que realmente dijo.

¡Y muchas más! ¿Y cuál es la peor? El psicólogo Edward De

Bono estaría de acuerdo en que hay que tener mucho cuidado con la falacia del “falso dilema”. Esta

falacia consiste en presentar dos puntos de vista como los únicos posibles. Su expresión más común

sería: “si lo que yo pienso es correcto, lo que tú piensas es incorrecto” ¿Y por qué decimos que es

la peor falacia? Por dos motivos. En primer lugar porque está muy extendida en nuestra cultura.

¿Este color es verde o es azul? Es un falso dilema ocasionado por la manera en que nombramos los

colores ¿Por qué no crear una tercera categoría? De hecho así sucedió con este otro color,

que podía ser rojo o amarillo antes de la adopción de la palabra “naranja” por el idioma

español. Mientras más matices distingamos, más preciso y rico será nuestro entendimiento. Los

antónimos también son una forma en la que el falso dilema está integrado en nuestro

lenguaje. ¿Este personaje es alto o bajo? ¡Depende de con quién lo compares! Tendemos a pensar como

opuestos conceptos que, en la realidad, sólo son direcciones relativas dentro de una gama

continua. Así pasa también con términos como “amigo” y “enemigo”, “bien” y “mal”, “amor” y

“odio” y sobre todo “correcto” y “equivocado”. Este modo de pensar es tan prevalente en el

pensamiento occidental porque, para poder avanzar hacia un pensamiento más racional,

durante el renacimiento se revivieron y pulieron los métodos de discusión y debate de Aristóteles y

otros pensadores clásicos, basados en la deducción y la lógica. Ante dos posiciones divergentes,

se trata de decidir cuál es verdad encontrando las fallas en el argumento del contrario:

cada bando no puede estar bien y mal al mismo tiempo. Por lo tanto es un método confrontativo.

A este modo de proceder, detectando errores, le llamamos “pensamiento crítico”. Usado con rigor

es sumamente poderoso: durante siglos ha sido la base para la búsqueda de la verdad en la ciencia,

la ley y la política. Cualquier idea intrusa se debe someter a un intenso escrutinio usando

los marcos de referencia existentes, que asumimos como probados y eternos. Pero entonces ¿El único

pensamiento bueno es el pensamiento libre de errores? ¿Existe tal cosa? Pues… si quisieras

evitar todo error al conducir una bicicleta… la mejor estrategia sería dejar la bicicleta

en tu casa. Si aplicamos sólo el pensamiento crítico ¡nunca propondríamos ideas nuevas!

¡¿Acaso estamos cometiendo la herejía atrevernos a decir que el pensamiento crítico no sirve!?

¡Jamás! Pero señalar los errores no es suficiente. Por un lado las falacias,

aunque son razonamientos erróneos, no necesariamente dan conclusiones falsas:

muchas veces le atinamos. Si digo: “Cada que llueve está nublado. Está nublado:

por lo tanto llueve” es un argumento falaz ¡Pero es posible que, en efecto,

esté lloviendo! Pensar que una conclusión es falsa porque el razonamiento contiene una falacia es,

a su vez otra falacia: el argumento desde la falacia o “argumento ad logicam”. Y se

vuelve una falsa dicotomía cuando toma la forma de “si demuestro que estás equivocado,

eso significa que estoy en lo correcto” ¡Qué común es esto en las discusiones! Incluso hay

veces en las que, quien discute así, parece pensar que señalar en el adversario un error,

una contradicción o una carencia, se desmorona por completo la posición contraria, cuando puede

haber en ella nociones valiosas o verdaderas. Ese es el otro límite del pensamiento crítico:

nos priva de expandir nuestro conocimiento. Nadie, en una discusión que quiera ganar, va a llamar la

atención sobre los aspectos que podrían beneficiar al bando opuesto, aún si éstos podrían enriquecer

enormemente la exploración y comprensión del tema. El segundo motivo que vuelve a esta falacia nociva

es que, cuando nuestro modo de pensar descansa predominantemente sobre la falsa dicotomía,

tendemos a privilegiar el ataque como modo de diálogo, y suele dar un sentido de satisfacción

al atacante. El hábito de este pensamiento confrontativo se extiende a movimientos, grupos

y partidos que sienten que no tienen que proponer nada: con estar en contra de algo es suficiente.

Esto genera la consabida división “ellos contra nosotros” que tan terribles consecuencias ha

traído en la historia. ¿Será posible reconocer que ese político que te simpatiza tanto también

comete errores o que no siempre actúa guiado por las mejores intenciones? ¿O darte cuenta

que ese político al que detestas también ha tenido algún logro o propuesta benéfica?

Finalmente, cansarse de señalarle al otro que se equivoca rara vez hará que cambie

de opinión. Dice De Bono que los patrones difícilmente mueren cuando se les ataca:

más bien tienden a reforzarse. Bien decía Ursula K. Le Guin: “Oponerse a algo es mantenerlo. Debes

ir a otro lugar, fijar otra meta. Sólo entonces caminarás otra ruta.” La conclusión es que,

para ir más allá del pensamiento crítico, necesitamos del pensamiento creativo,

complejo, propositivo y constructivo… pero ese es tema para otro video ¡Curiosamente!

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