El hombre más hambriento de la historia: Tarrare
¿Alguna vez has sentido un hambre de esas podrías comerte un caballo? Esto puede sonar exagerado,
pero hubo un hombre que podía comerse la cuarta parte de una vaca ¡todos
los días! Era francés y tuvo una vida francamente extraordinaria:
su habilidad quiso ser aprovechada en la guerra con consecuencias tragicómicas y,
en su peor momento, hizo cosas espantosas. Acompáñanos a conocer la historia de:
Tarrare: el hombre más hambriento de la historia.
No se sabe su nombre real, pero sí que nació en una granja cerca de Lyon, a finales del Siglo
Dieciocho. Comía tanto que, en la adolescencia engullía el equivalente a su propio peso
diariamente. Sus papás lo echaron de casa porque no lo podían mantener. Afortunadamente para él,
Tarrare no era melindroso y se comía lo que encontraba, pero su hambre no menguaba. Vagó con
pandilleros y mendigos hasta que un charlatán lo contrató para su espectáculo: frente a la multitud
comía canastas completas de manzanas, piedras y animales vivos: su favorito eran las serpientes.
Su boca era grande y sus dientes destacaban por el maltrato al que los sometía.
Pese a su opípara dieta, Tarrare no engordaba: no pesaba más de 50 kilos. Pero su barriga se
podía hinchar lo que hiciera falta. Lo que sí era extraordinario era su olor:
los que lo conocieron dicen que apestaba y que incluso se podían ver los vapores hediondos
que emanaban de su cuerpo. Sus flatulencias eran frecuentes y ruidosas: se cree que su
sobrenombre venía del dicho “bom bom tarrare” que se usaba para referirse a las explosiones
durante la revolución francesa. También tenía diarrea crónica, y era especialmente fétida.
Tarrare se unió al Ejército Revolucionario Francés, y sus raciones nunca eran suficientes,
aunque las complementaba pidiéndole a sus compañeros, así que cayó enfermo
en el hospital, completamente exhausto. Ahí lo conoció el médico Pierre-François Percy,
quien lo empezó a estudiar. Le daban raciones cuádruples, pero aún así lo encontraban comiéndose
las sobras de otros pacientes, buscando en la basura e incluso comiéndose cataplasmas.
Una vez Percy, curioso por ver de qué era capaz, lo dejó comerse lo que quisiera:
rápidamente se echó dos pasteles de carne grandes, varios platos de grasa con sal,
15 litros de leche y, completamente hinchado, durmió la siesta de inmediato.
Otro día le llevaron un gato vivo: lo mató de una mordida, bebió su sangre,
se lo comió completo (menos los huesos) y luego vomitó la piel y el pelo. Dicen que,
después de eso, los animales domésticos huían solo de verlo, anticipando su funesto destino.
Nadie sabe bien por qué Tarrare era así. Su condición se llama “polifagia”, que significa
“comer mucho”, pero más que un trastorno es un síntoma de otros desórdenes: las personas con
diabetes o con hpertiroidismo pueden presentar polifagia ¡pero nunca al nivel de Tarrare!
¿Cómo funciona el hambre? Cuando nos faltan nutrientes y tenemos el estómago vacío, el
estómago produce una hormona llamada grelina que detona la sensación de hambre. Cuando comemos, el
estómago se expande y sus nervios envían a través del nervio vago una señal al hipotálamo. Además,
los nutrientes que se absorben en el intestino delgado liberan mensajeros químicos: 20 hormonas
diferentes que responden a nutrientes específicos (entre ellas la leptina) que viajan por la sangre
y llegan al hipotálamo donde reducen la sensación de recompensa que experimentamos al comer.
No sabemos qué parte de este mecanismo tenía descompuesta Tarrare: se cree que posiblemente
tenía alguna forma de hipertiroidismo: el exceso de hormona tiroidea aceleraba su metabolismo,
lo hacía adelgazar y tener hambre todo el tiempo. Un animalito que nos recuerda a Tarrare es la
musaraña pigmea americana. Este roedor mide apenas 5 centímetros y apenas llega a los 4
gramos de peso. Su metabolismo es tan rápido que necesita estar comiendo constantemente,
día y noche: a diario devora 3 veces su peso en insectos y sólo duerme unos minutos cada vez,
porque si llega a pasar una sola hora sin comer, se muere. ¿Era Tarrare un hombre–musaraña?
Cuando estudiaron los poderes de Tarrare, los oficiales del ejército decidieron aprovecharlos:
lo usarían como espía. Le dieron a tragar una cajita de madera con un mensaje dentro
y le ordenaron cruzar las líneas enemigas del ejército prusiuano. La misión era encontrarse
con un oficial aliado prisionero y, una vez que defecara, recuperar la cajita y entregar
el mensaje. Desgraciadamente, Tarrare no hablaba alemán, levantó sospechas y fue capturado. Los
soldados enemigos lo desnudaron, lo revisaron de pies a cabeza y no encontraron nada sospechoso.
Pero después de recibir una severa paliza, Tarrare reveló su misión. Los enemigos lo amarraron
a una letrina y recuperaron la cajita para descubrir el importantísimo mensaje que decía:
“Coronel ¿recibió usted el mensaje?”. Enojadísimo, el general prusiano mandó ahorcar a Tarrare,
pero se arrepintió en el último momento y, después de otra paliza, lo dejó libre.
Tarrare no quiso repetir tan penosa experiencia y se internó en un hospital para ver si lo curaban
de su apetito, pero ningún tratamiento funcionó. Lo peor es que Tarrare escapaba de su habitación
y salía del hospital para pelearse con los perros por carroña, o se bebía la sangre de los pacientes
a quienes les acababan de realizar sangrías, e incluso se metía a la morgue a manducarse
los cadáveres ¡Ugh! Un día, un niño de un año desapareció del área de pediatría. ¿Adivinen a
quién voltearon a ver todos? Percy no lo quiso ni defender ni acusar y echó a Tarrare del hospital.
Dos años después Percy lo encontró enfermo: decían que se había tragado un tenedor de oro,
pero el médico vio que lo que tenía era tuberculosis. Tarrare estaba completamente
exhausto y murió a los pocos días. Nunca ha habido otro caso similar. Se piensa que, de ocurrir
algo similar en nuestros días, se detectaría y corregiría desde una edad muy temprana. ¡Ah! Y el
tenedor de oro… nunca se encontró. ¡Curiosamente! ¡Hey! ¿Te gustan nuestros videos? ¡Ayúdanos a
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