¿De dónde salió el mito del "Macho Alfa"? -
¡Ahh! No hay nada como ser un macho alfa, lomo plateado, músculos de acero, barba de leñador,
hambre de náufrago, sed de vikingo, voz atronadora, manos de lija, pelo en pecho,
cartera forrada, furia de titán, siempre dominante nunca indominante... Muchos dicen
que ser el hombre más fuerte y agresivo te llevará a la cúspide de la jerarquía. Se
dice que el alfa es quien “se queda con todas las nenas” y tiene muchas ventajas. Además,
afirman que este orden es lo “natural” pero, ¿y si todo fuera un mito?
¿De dónde salió el mito del Macho Alfa?
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Quien inventó el término “alfa” fue el etólogo Rudolf Schenkel, quien en 1947 observó manadas
de lobos grises. Notó que un par de lobos del grupo dirigían a los demás y que sólo
ellos se apareaban. En ciertas manadas, los machos luchaban por ocupar el puesto de líder: el alfa,
el primero. Y en los años 70 el biólogo David Mech publicó un libro que popularizó el término.
¡Ándale, mi rey! ¡Estas jerarquías de los lobos seguro también se aplican a las personas! ¡Awooo!
Pues... había un asunto curioso y un error. El asunto curioso es que Schenkel había observado,
no sólo a un macho, sino a un macho y una hembra: eran la pareja alfa. El error era
que los observadores de lobos no se habían fijado que la pareja eran, simplemente,
los padres de los demás lobos. Las manadas eran familias. Y en la vida silvestre no solía haber
peleas para ganar el control: simplemente a veces un lobo se separaba de la manada para buscar
pareja y fundar otra familia. Las peleas sólo se habían observado en manadas “artificiales”,
hechas en cautiverio, donde juntaban a lobos que no estaban emparentados.
Cuando David Mech corrigió el error era demasiado tarde: ya todo el mundo hablaba
de “machos alfa” y usaban el término para justificar todo tipo de conductas: desde la
infidelidad masculina y hasta el capitalismo. Si así son los animales ¿por qué no nosotros?
El psicólogo Jordan Peterson usa como ejemplo las langostas. Después de pelear por dominancia,
las langostas ganadoras segregan serotonina, lo que las hace expandirse, y las perdedoras pierden
serotonina, lo que las encoje. Peterson encuentra interesante que la serotonina
tiene efectos similares en los humanos. Pero el problema es que llega al extremo de afirmar que,
como compartimos ancestros con las langostas, esto significa que las jerarquías, la lucha por el
poder y la desigualdad son naturales y necesarias para las sociedades humanas. Y esa tesis no
se sostiene. ¿Por qué poner como ejemplo a las langostas y no a las mantis, donde las hembras
suelen comerse a los machos? ¿O a los hamsters que se comen a sus crías si se estresan demasiado?
Es cierto que las especies de animales tienen modos de organización que pueden incluir
jerarquías. Los clanes de nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, tienen machos alfa. Y
sí suele haber despliegues de poder de su parte y de sumisión de los subordinados. Pero también
es cierto que el macho alfa no siempre es el más fuerte o agresivo. A veces es el que más acicala
a los demás o más comida regala. Y puede estar aliado con otros chimpancés, machos y hembras,
quienes comparten posiciones de poder. Y no siempre la pasa mejor que los demás: su nivel de
estrés puede ser mayor que el de sus subordinados. Igual de cercanos a los humanos son los
bonobos. También manejan jerarquías, pero en este caso son las hembras las alfa. Y los
conflictos entre bonobos suelen resolverse con intercambios afectivos y sexuales.
Al contrario de lo que piensa Peterson, las jerarquías humanas no proceden directamente
de la naturaleza. Si fuera así, serían iguales a lo largo del tiempo y en todas las culturas y la
historia no existiría. La evidencia indica que los modos de organizarnos tienen un fundamento
social y cultural y que van cambiando en diferentes lugares y en diferentes momentos.
El antropólogo Chris Boehm refiere que las sociedades humanas fueron igualitarias y
matrilineales por muchas generaciones. Fue a partir de la aparición de la agricultura
y la acumulación de recursos que surgieron las sociedades patrilineales, las jerarquías
verticales y con ellas, por un lado, un gran desarrollo tecnológico pero por el otro,
la explotación y la guerra tal como la conocemos. Y sí: es cierto que en promedio los hombres
tenemos 20 veces más testosterona corriendo por nuestra sangre que las mujeres. Eso se refleja en
mayor crecimiento muscular y óseo, y los estudios indican que también en comportamientos más
arriesgados. Una investigación mostró que muchos criminales mostraban niveles de testosterona más
altos que el promedio, pero también los tenían deportistas y ¡bomberos! Otro estudio vio que
quienes conservaban niveles altos de testosterona después de un fracaso en una competencia,
era más probable que lo intentarán de nuevo. Entonces sí hay una base biológica para esas ganas
masculinas de “ser mejor”, pero la verdad es que no nacemos con el género ya construido: se aprende
a ser hombre. La noción del macho alfa está vinculada con el concepto de hipermasculinidad:
tomar todas esas ideas que culturalmente relacionamos con el estereotipo masculino,
como fuerza, independencia, resistencia, agresividad o iniciativa sexual, y exagerarlas
convirtiéndolas en musculosidad, soberbia, insensibilidad, violencia y promiscuidad.
Y no todos podemos ni queremos encajar en ese estereotipo que más bien es dañino para
los demás y tóxico para uno mismo. ¡Hay muchas maneras de ser hombre! Y si crees que sólo siendo
así vas a encontrar pareja, estás equivocado. Todas las encuestas muestran que a diferentes
mujeres les gustan diferentes cualidades en los hombres y características como la amabilidad,
el apoyo, la inteligencia y la autoconfianza son factores que suelen ser muy atractivos.
Quizá estás pensando que, a pesar de todo lo que dijimos, los machos alfa existen entre
nosotros y les suele ir muy bien. La verdad es que las sociedades humanas son más complejas.
Tu supervisor puede tener poder sobre tí en la oficina, pero en los partidos de fútbol
puede ser que seas tú el que domine la jugada. Un policía de tránsito tiene autoridad en la calle,
pero si se enferma debe aceptar la autoridad de la doctora, y a su vez si la doctora quiere
construir una casa, tiene que admitir la autoridad del arquitecto… quien se tiene
que subordinar al agente de tránsito cuando va manejando. ¡Ni conviene ni se puede que haya
alguien que intente dominar todos los ámbitos! Es muy fácil distinguir cuando alguien quiere
ser el “alfa” a toda costa fingiendo seguridad en situaciones que no domina, y es terrible
vivir sintiendo que para probar tu masculinidad debes reprimir tus emociones y nunca pedir ayuda.
¿Tú que piensas? ¿Es posible ser fuerte, y al mismo tiempo sensible? ¿Seguro de uno mismo sin
ser arrogante? ¿Tener seguridad sin ser agresivo? ¿Persistir en tus metas sin tratar de someter a
los demás? ¿Ser hombre sin ser un macho alfa? Cuéntanos en los comentarios ¡Curiosamente!
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