El hombre del labio torcido - 01
Isa Whitney, hermano del difunto Elías Whitney, director del colegio Teológico de San Jorge, era muy aficionado al opio. Adquirió ese hábito, según he sabido, de resultas de un loco capricho que tuvo cuando estaba en el colegio: habiendo leído la descripción que hace De Quincey de sus sueños y sensaciones, se puso a rociar con láudano su tabaco para que éste le produjera los mismos efectos. Y así encontró, como tantos otros, que es más fácil contraer un hábito que el deshacerse de él: durante varios años fue esclavo de la droga, y objeto de una mezcla de horror y compasión de parte de sus amigos y parientes. Todavía me parece verle, con su cara amarilla y terrosa, sus párpados caídos y sus saltonas pupilas, todo encogido en una silla; despojo y ruina de un hombre de cualidades nobles.
Una noche—era en junio del 89—sonó la campanilla de mi casa, más o menos en la hora en que un hombre da su primer bostezo, y mira el reloj. Yo me incorporé en mi sillón, y mi mujer, dejando en su falda el tejido que trabajaba, hizo un pequeño gesto de desagrado.
—¡Un enfermo!—dijo.—Vas a tener que salir.
Yo solté un refunfuño, pues no hacía mucho que había vuelto a casa, después de un día fatigoso.
Oímos que la puerta se abría, palabras dichas de prisa y luego unos pasos rápidos en el pasadizo. La puerta de la sala en que estábamos se abrió de golpe, y una señora, vestida con un traje de color sombrío y un velo negro, entró precipitadamente.
—Perdónenme ustedes que venga tan tarde,—empezó a decir, y en seguida, perdiendo el dominio de sí misma, corrió hacia mi mujer, le echó los brazos al cuello y se puso a sollozar sobre su hombro.—¡Oh!—¡Estoy en un trance tan malo—exclamó.—¡Necesito que me ayuden!…
—¡Cómo!—dijo mi mujer, alzándole el velo.—¡Es Catalina Whitney! ¡Me has dado un susto, Catita! No tenía la menor idea de quién podrías ser cuando entraste.
—No sabía qué hacer, y vine directamente a verte.
Eso sucedía siempre: las personas que estaban en algún apuro acudían hacia mi mujer como los pájaros a un faro.
—Has hecho muy bien en venir. Ahora, vas a tomar un poco de vino con agua y a sentarte aquí cómodamente y decírnoslo todo. ¿O quieres mejor que Santiago vaya a acostarse para que estemos solas?
—¡Oh, no, no! Necesito que el doctor me aconseje y me ayude también. Se trata de Isa. Hace dos días que no ha vuelto a casa. ¡Temo tanto que le haya sucedido algo!
No era la primera vez que nos hablaba de la condición de su marido, a mí como a médico, a mi mujer como a una antigua amiga y condiscípula. La calmamos y consolamos con las mejores palabras que pudimos hallar. ¿Sabía dónde estaba su esposo? ¿Podríamos encontrarlo y llevárselo?
Sí, al parecer. Ella había recibido noticias seguras de que últimamente, cuando le acometía el mal, se iba a un fumadero de opio situado en el extremo más oriental de la City.
Hasta entonces, sus orgías se habían limitado a un día: por la noche volvía tembloroso y tiritando. Pero esa vez el acceso había durado cuarenta ocho horas, y sin duda estaba todavía allí, entre la hez de la gente del puerto, aspirando el veneno ó durmiendo sus efectos. Se le encontraría en el «Bar de Oro» Callejón Alto de Swandan, su esposa estaba segura de ello. Pero ¿qué podía hacer ella? ¿cómo podía una mujer joven y tímida entrar en semejante lugar y sacar a su marido de entre los facinerosos?
Tal era el caso, y por supuesto no tenía más que una solución. ¿Quería que yo la acompañara? Y luego, pensándolo bien ¿para qué había de ir ella? Yo era el médico de Isa Whitney, y como tal tenía influencia en él: más fácil me sería manejar el asunto si iba solo. La prometí sobre mi palabra enviárselo a su casa en un coche dentro de dos horas si estaba realmente en el lugar que ella me indicaba; y así fue como al cabo de diez minutos había dejado mi sillón y salido de mi cómodo saloncito y me dirigía apresuradamente hacia el este en un coche, en una extraña excursión, cual me parecía en ese momento, aunque sólo lo futuro podía mostrarme todo lo extraño que era.
En la primera parte de mi aventura no encontré dificultad. El Callejón Alto de Swandan es una inmunda callejuela que se desliza por atrás de los muelles que limitan la margen norte del río hasta el este del puente de Londres. Entre una tienda de ropavejero y un despacho de bebidas, estaba el antro que yo buscaba: se entraba en él por una empinada escalera que se perdía en una abertura negra como la boca de una caverna, Ordené el cochero que esperara y bajé las gradas gastadas en el centro por el incesante roce de los pies de los borrachos. La luz vacilante de una lámpara de aceite puesta sobre la puerta, me permitió ver el camino y entrar en un cuarto largo y de techo bajo lleno del humo pesado y obscuro del opio y atestado de camillas de madera como el entrepuente de un buque de inmigrantes.
Por entre la nube de humo se podían ver cuerpos que yacían en extrañas posturas: hombros caídos, rodillas encogidas, cabezas echadas hacia atrás y barbas que apuntaban hacia arriba y aquí y allá un ojo obscurecido y sin brillo que se volvía hacia el recién venido. En las negras sombras se destacaban pequeños círculos de luz roja, ya brillantes, ya débiles, según el veneno quemado estuviera derritiéndose ó hubiera ya llenado las tazas de las pipas de metal. Los más yacían silenciosos; pero algunos murmuraban algo entre dientes, otros hablaban entre ellos con una voz extraña, baja, monótona; su conversación salía como a borbotones y luego se sumían todos en el silencio, cada cual mascullando sus propios pensamientos y prestando poca atención a las palabras de su vecino. En el fondo de la habitación había un pequeño brasero en que ardía carbón de madera, y a su lado, en un banquito de madera de tres patas, estaba sentado un anciano alto, flaco, con la cara apoyada en ambos puños, los codos en las rodillas y la vista fija en el fuego.
Cuando entré, el mozo de servicio corrió a mi encuentro con una pipa y una provisión de opio indicándome una cama vacía.
—Gracias, no he venido a quedarme—le dije.—Aquí está un amigo mio, el señor Isa Whitney, y deseo hablar con él.
A mi derecha sentí un movimiento y una exclamación, y mirando a través del humo, vi a Whitney pálido, demacrado y con las ropas en desorden, que clavaba los ojos en mí.
—¡Dios mío! ¡Es Watson!—dijo.—Estaba en un lastimoso estado de reacción, todos sus nervios en tensión.—¿Qué hora es, Watson?
—Cerca de las once.
—¿De qué día?
—Del viernes, 19.
—¡Justo cielo! Yo creía que del miércoles. Y es miércoles. ¿Por qué quiere usted asustar a su amigo?
Ocultó la cara entre sus brazos y empezó a sollozar en tono chillón.
—Le digo a usted que es viernes, hombre. Su señora lo ha esperado a usted en angustias estos dos días. ¡Debería usted avergonzarse de sí mismo!
—Si, estoy avergonzado. Pero usted se equivoca, Watson, pues sólo he estado aquí unas horas: tres pipas, cuatro pipas… yo no me acuerdo de cuántas. Ahora me voy con usted. No querría que Catalina sufriera… pobre Catita! Déme usted la mano. ¿Tiene usted un coche?
—Sí, en la puerta espera.
—Entonces, vamos. Pero debo estar debiendo algo aquí. Pregunte usted cuánto debo, Watson. Estoy sin fuerzas, nada puedo hacer solo.