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Sherlock Holmes - El misterio del valle Boscombe, El mist... – Text to read

Sherlock Holmes - El misterio del valle Boscombe, El misterio del valle Boscombe - 07

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El misterio del valle Boscombe - 07

Holmes se dirigió al lado más lejano de este árbol, se echó, con la cara contra el suelo una vez más, y lanzó un débil grito de satisfacción. Durante un largo rato permaneció allí, revolviendo las hojas y ramas secas, poniendo dentro de un sobre algo que a mi no me pareció otra cosa que polvo, y examinando con su lente, no sólo el suelo, sino también la corteza de árbol, en cuanto yo podía ver. Entre el musgo había una piedra de contornos desiguales, y también la examinó y luego se la guardó. Después siguió un sendero por entre la arboleda hasta que llegó al camino principal, donde se perdían todos los rastros.

—El caso es en extremo interesante—dijo viviendo a sus maneras naturales.—Me imagino que esta casa gris de la derecha es la del guardabosques. Voy allí, a hablar una palabra con Morán, y quizás a escribir dos líneas. Una vez que haya hecho eso, podremos volvernos a tomar nuestro lunch. Váyanse ustedes ahora al coche, yo iré dentro de un momento.

Al cabo de diez minutos nos hallábamos en el coche, en camino de regreso a Ross, Holmes llevando todavía consigo la piedra que habla recogido del suelo.

—Esto puede interesarle a usted, Lestrade—dijo, enseñándola.—El asesinato ha sido hecho con esta piedra.

—No le veo señales.

—No las tiene.

—¿Cómo lo sabe usted, entonces?

—El césped crecía debajo de ella. Estaba allí sólo desde hace pocos días. No hay señas del lugar de donde pueda haber sido tomada. La forma corresponde a las heridas. No hay traza de ninguna otra arma.

—¿Y el asesino?

—Es un hombre alto, zurdo, cojea de la pierna derecha, usa botas de caza de suelas gruesas y un sobretodo gris, fuma cigarros, y lleva en el bolsillo un cortaplumas romo. Hay varios otros indicios, pero éstos serán bastantes para ayudarnos en nuestra investigación.

Lestrade se rió.

—Siento decir que todavía estoy escéptico—dijo. Las teorías son muy buenas todas, pero tenemos que habérnosla con un jurado británico de cabeza dura.

Nous verrons—contestó Holmes, tranquilamente.—Trabaje usted conforme a su método, que yo lo haré conforme al mío. Esta tarde estaré muy ocupado, y probablemente volveré a Londres en el tren nocturno.

—¿Y dejará usted inconclusa su investigación?

—No; terminada.

—Pero ¿y el misterio?

—Está resuelto.

—¿Quién es el criminal, pues?

—El hombre que ya he descripto.

—Pero ¿quién es él?

—Seguramente no seria difícil averiguarlo. Esta comarca no es tan populosa.

Lestrade se encogió de hombros.

—Yo soy un hombre práctico—dijo—y no voy ciertamente a ponerme a recorrer la región en busca de un señor zurdo que cojea de una pierna. Me convertiría en el hazmerreír de mis compañeros del departamento central.

—Muy bien—contestó Holmes con calma. Yo le he proporcionado a usted una oportunidad. Ya estamos en el alojamiento de usted. Hasta otra vista. Antes de marcharme le escribiré a usted dos líneas.

Lestrade se quedó en su posada, y nosotros seguimos en dirección a nuestro hotel, donde encontramos el lunch en la mesa. Holmes guardaba silencio, y en su cara había una expresión dolorosa, como si se hallara en una posición embarazosa.

—Mire usted, Watson—me dijo, cuando hubieron sacado el mantel.—Siéntese usted en esa silla, y déjeme usted predicarle un momento. No sé en verdad qué hacer, y el consejo de usted me será muy valioso. Encienda usted un cigarro, que voy a exponer los hechos.

—Ruego a usted que lo haga.

—Bien, pues. Al examinar este caso, hay dos puntos en la narración del joven Mc Carthy, que nos chocaron a ambos instantáneamente, aunque a mí me impresionaron en su favor y a usted en su contra. Uno fue el hecho de que su padre hubiera, según lo que él dice, gritado «¡cuii!» antes de verle; el otro, la singular alusión del moribundo a una rata: balbuceó varias palabras, usted comprende, pero eso fue todo lo que el oído del hijo alcanzó. Nuestra investigación debe empezar por este doble punto, y nosotros comenzaremos por presumir que lo que el joven dice es absolutamente cierto.

—¿Qué quería decir el grito de «¡cuii!» entonces?

—Claro está que no se dirigía al hijo. Este, y el padre lo sabía, estaba en Bristol: sólo una mera casualidad hizo que se encontrara al alcance de su voz. El «¡cuii!» era para llamar a la persona, cualquiera que ella fuese, con quien el padre tenía cita. Pero «¡cuii!» es un grito claramente australiano, y, en el hecho, los australianos lo usan. Hay poderosos motivos para presumir que la persona con quien Mc Carthy esperaba encontrarse en la laguna de Boscombe era alguien que había estado en Australia.

—¿Y lo de la rata?

Sherlock Holmes sacó del bolsillo un papel plegado y lo extendió sobre la mesa.

—Este es un mapa de la colonia de Victoria—dijo.—Anoche le pedí por telégrafo a Bristol.

Puso la mano sobre un punto del mapa, y:

—¿Qué lee usted aquí?—me preguntó.

—Leo ARART.

Entonces levantó la mano, y volvió a preguntar:

—¿Y ahora?

—BALLARART.

—Perfectamente. Esa es la palabra que el hombre pronunció, y de la cual su hijo alcanzó a oír sólo las dos últimas sílabas. Trataba de decir quién lo había asesinado: «Fulano de Tal de Ballarat.»

—¡Eso es maravilloso!—exclamé.

—Es únicamente obvio. Y ahora, ya ve usted, he reducido considerablemente el terreno. La existencia de una prenda de vestir gris era un punto que, al aceptar como correcta la versión del hijo, no dejaba lugar a duda. Ahora hemos salido de una simple vaguedad a la concepción definida de un australiano de Ballarat que tiene un sobretodo gris.

—Cierto.

—Y de uno que estaba en su casa en la comarca, pues al lago sólo se puede llegar por la granja ó por las tierras de Turner, adonde sería difícil que llegara gente extraña.

—Eso es.

De ahí nuestra expedición de hoy. Al examinar el terreno conocí los pequeños detalles que dí a ese imbécil de Lestrade acerca de la personalidad del criminal.

—Pero, ¿cómo llegó usted a conocerlos?

—Usted conoce mi método: se funda en la observación de las cosas pequeñas.

— Ya sé que podía usted calcular, con poca diferencia, la estatura de la persona por el largo de sus pasos. Sus botas podían también ser descriptas por los rastros.

—Sí; eran unas botas muy raras.

—Pero, ¿su cojera?

—La impresión de su pie derecho era siempre menos clara que la del izquierdo: el hombre pesaba menos sobre ese pie. ¿Por qué? Porque cojeaba: era cojo.

—¿Y su zurdez?

—Usted mismo encontró extraña la naturaleza de la herida, tal como la describía el médica encargado de su examen durante la investigación inicial. El golpe había sido dado de bien de cerca de atrás, y sin embargo, estaba en el lado izquierdo. Pero, ¿quién, sino un zurdo, podía haber hecho eso? Ese hombre había estado detrás de ese árbol durante la conversación del padre con el hijo. Hasta había fumado allí: yo encontré la ceniza del cigarro, el cual pude clasificar inmediatamente como cigarro de la India, gracias a mi especial conocimiento de las cenizas de cigarro. Usted sabe que he consagrado alguna atención a esto, y que he escrito una pequeña monografia sobre las cenizas de ciento cuarenta variedades diferentes de tabaco de pipa, cigarro y cigarrillo. Cuando encontró la ceniza, miré en derredor y descubrí la cola del cigarro entre el musgo, adonde lo había arrojado el hombre. Era un cigarro indio, de la clase fabricada en Rotterdam.

—¿Y la boquilla?

—Vi que el extremo del cigarro no había estado en su boca: por lo tanto, usaba boquilla. La punta había sido cortada, pero no con los dientes, y como el corte no era parejo, deduje que el hombre tenia un cortaplumas con poco filo.

—Holmes—le dije entonces:—ha tenido usted en torno de ese hombre una red de la que no puede escaparse, y ha salvado usted la vida de un inocente tan exactamente como si hubiera usted cortado la cuerda en que ya lo hubieran ahorcado. Veo la dirección adonde todo esto apunta. El culpable es…

—¡El señor Juan Turner!—gritó el lacayo del hotel, abriendo la puerta de nuestra sala y haciendo entrar al visitante.

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