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Sherlock Holmes - El misterio del valle Boscombe, El mist... – Text to read

Sherlock Holmes - El misterio del valle Boscombe, El misterio del valle Boscombe - 06

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El misterio del valle Boscombe - 06

Esa noche no llovió, como Holmes había previsto, y el día amaneció claro y sin nubes. A las nueve, Lestrade se presentó con un carruaje a buscarnos, y los tres partimos para la granja de Hatherley y la laguna de Boscombe.

—Esta mañana hay una noticia seria—anunció Lestrade:—se dice que el señor Turner, el propietario de Hall, está tan enfermo, que se teme fallezca.

—¿Es hombre de edad, supongo? dijo Holmes.

—Como de sesenta años; pero su organismo ha sido minado por su vida en el exterior, y desde hace algún tiempo está mal de salud. Este asunto le ha producido muy mal efecto. Era antiguo amigo de Mc Carthy, y, puedo agregar, también su generoso benefactor, pues he oído decir que le había dado la granja de Hatherley gratis para que viviera en ella.

—¡Hola! Eso es interesante—dijo Holmes.

—¡Oh, si! En cien otras formas le ha servido: todos en la comarca hablan de su bondad para con él.

—¡Es posible! ¿Y no le choca a usted el que ese Mc Carthy, que parece haber tenido él también algunos bienes, y haber sido deudor de tantos favores de Turner, hablara todavía de casar su hijo con la hija de éste, la cual, es de presumir, será la heredera de la fortuna, y eso de una manera tan segura como si se tratara meramente de pedir la mano de la joven para que todo lo demás siguiera? Más extraño aún es desde que sabemos que Turner era adverso a la idea. Su hija nos lo dijo suficientemente. ¿No deduce usted algo de eso?

—Ya hemos llegado a las deducciones e inferencias—dijo Lestrade, guiñándome el ojo.—Me parece bastante difícil alcanzar los hechos, Holmes, sin volar hacia las teorías y las fantasías.

—Tiene usted razón,—le contestó Holmes, severamente;—para usted es difícil alcanzar los hechos.

—Sea como sea, he descubierto un hecho que parece para usted difícil de coger—contestó Lestrade, con algún calor.

—¿Y cuál es?

—Que Mc Carthy, padre, murió a manos de Mc Carthy, hijo, y que todas las teorías en contra de esa son pura luz de luna.

—Bueno; pero la luz de la luna es más brillante que la niebla—dijo Holmes, riendo. Pero mucho me engaño si ésta que está a la izquierda no es la granja Hatherley.

—Sí, esa es.

La casa era amplia, su aspecto indicaba comodidad. Tenía dos pisos, techo de pizarra, y grandes matas de liquen amarillo trepaban por las grises paredes. Las ventanas cerradas y las chimeneas sin humo le daban, sin embargo, una apariencia opresora, como si el peso de aquel horror gravitara aún pesadamente sobre ella. Llamamos a la puerta, y allí la criada, por petición de Holmes, nos enseñó los botines que su patrón había tenido puestos en el momento de su muerte, y también un par de los del hijo, pero no el que había tenido en aquel momento. Después de medirlos muy cuidadosamente por siete u ocho diferentes puntos, Holmes expresó el deseo de que lo condujeran a la plazoleta, desde la cual todos seguimos el sendero que conducía a la laguna de Boscombe.

Sherlock Holmes se transformaba cuando seguía una pista como ésa. Las personas que habían conocido solo al tranquilo pensador y logista de la calle Baker, no habrían podido reconocerle. Su cara se enrojecía y se obscurecía; sus cejas se convertían en dos lineas duras y negras, y sus ojos arrojaban por debajo de ellas vivos destellos. Su cara se inclinaba hacia el suelo, los hombros se le caían, los labios se apretaban, y las venas de su largo cuello sobresalían, duras como cuerdas. Las narices parecían dilatársele con un apetito de caza, puramente animal, y su mente se concentraba de manera tan absoluta en el asunto que tenía ante sí, que la pregunta u observación que llegaba a sus oídos no penetraba en ellos, ó, cuando más, provocaba en respuesta un gruñido rápido e impaciente. Veloz, silenciosamente, seguía el camino que se abría por entre los prados, y después por entre el bosque, hasta la laguna de Boscombe. El terreno era húmedo, pantanoso, como es todo aquel distrito, y había en él las trazas de muchos pies, tanto en el sendero como sobre el corto césped que lo limitaba por ambos lados. A ratos, Holmes se apresuraba, a ratos se detenía de golpe, y una vez hizo un pequeño détour por la pradera. Lestrade y yo íbamos detrás de él, el detective indiferente y despreciativo, mientras yo observaba a mi amigo con el interés que brotaba de mi convicción de que cada uno de sus pasos se dirigía a un fin definido.

La laguna de Boscombe, que es una pequeña sábana de agua de color rojizo y de unas cincuenta yardas de diámetro, está situada en los limites de la granja de Hatherley con el parque privado del acaudalado señor Turner. Por encima de la arboleda que se extendía por la orilla más lejana de la laguna, veíamos los rojos tejados de la mansión del rico propietario. En el lado de Hatherley, la arboleda era muy espesa, y había una estrecha faja de menudo césped, a veinte pasos entre el limite de la arboleda y las cañas del borde del lago. Lestrade nos enseñó el lugar exacto en que el cadáver había sido hallado, y, verdaderamente, el suelo estaba tan blando por la humedad, que con toda claridad, ví la señal que había dejado el cuerpo del muerto. Para Holmes, como yo podía verlo en su ansiosa cara y en sus inquisidores ojos, había muchas otras cosas que leer en el pisoteado césped: dió una vuelta por todo el lugar, como un perro que sigue un rastro, y luego volvió, para hablar con Lestrade.

—¿Qué ha tenido usted que hacer en la laguna?—le preguntó.

—He hurgado con un rastro. Pensé que podía haber bajo el agua alguna arma u otro indicio, Pero ¿cómo es posible que usted?…

—¡Oh, chist, chist! No tengo tiempo. Ese pie izquierdo de usted, con la punta hacia adentro, está por todas partes. Un topo podría seguirlo: allá se pierde entre las cañas. ¡Oh! ¡Qué sencillo habría sido todo si yo hubiera venido antes de que otros llegaran como un rebaño de búfalos y galoparan por encima de los rastros. Este es el sitio en que el grupo del guardabosque se detuvo: esa gente ha borrado todo rastro en un espacio de seis u ocho pies en torno del cadáver. Pero aquí hay tres rastros de los mismos pies, aislados.—Sacó una lente, y se echó sobre su impermeable, para ver mejor, hablando siempre más consigo mismo que con nosotros. —Estos son los pies del joven Mc Carthy. Dos veces anduvo, y una vez corrió rápidamente, por lo cual las suelas están impresas profundamente y los tacos apenas son visibles. Esto comprueba su versión, corrió cuando vió a su padre en el suelo. Luego, aquí están los pies del padre, de cuando se paseaba de un lado para otro. ¿Y esto qué es, entonces? La culata de la escopeta del hijo, puesta en tierra por éste mientras escuchaba. ¿Y esto? ¡Ja, ja! ¿Qué tenemos aquí? ¡Puntas de pies, puntas de pies! Y cuadradas, botines bastante poco usuales. Vienen, van, vuelven a venir… por supuesto que en busca del sobretodo. Ahora ¿de dónde vinieron?

Corría de un lado para otro, a ratos perdiendo el rastro, veces encontrándolo, hasta que nos encontramos ya dentro del lindero del bosque, y bajo la sombra de una alta haya, el árbol más grande del lugar.

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