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Sherlock Holmes - El carbunclo azul, El carbunclo azul - 01 – Text to read

Sherlock Holmes - El carbunclo azul, El carbunclo azul - 01

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El carbunclo azul - 01

En la segunda semana, después de Navidad, fui a visitar a mi amigo Sherlock Holmes con la intención de presentarle mis felicitaciones de año nuevo. Le encontré reclinado en el sofá, vestido con una bata color púrpura, unas cuantas pipas a su derecha, al alcance de su mano, y un montón de diarios de la mañana, arreglados, que, evidentemente, acababa de estudiar, también a su alcance. Al lado del sofá había una silla de madera, en la cual estaba colgado, en el ángulo del respaldo, un sombrero de fieltro muy raído y abollado, usado hasta más no poder, y roto en varias partes. Una lente y una pinza que había en la silla, indicaban que el sombrero había sido colgado allí para someterlo a un examen.

—Está usted ocupado—dije,—quizás le molesto.

—En manera alguna. Tengo gusto de ver a un amigo con quien puedo discutir mis descubrimientos. El asunto es perfectamente trivial; pero (señalando con el dedo el viejo sombrero) hay algunos puntos relacionados con él, no enteramente desprovistos de interés, ni aun de enseñanza.

Me senté en el sillón, y me calenté las manos delante del chisporroteante fuego, pues afuera reinaba una recia helada y los vidrios de la ventana estaban cubiertos de una espesa capa de hielo.

—Supongo—observé—que, así, fea como es, esta cosa está relacionada con alguna historia de muerte, que es la clave de que se va usted a guiar para aclarar algún misterio y procurar el castigo de algún crimen.

—No, no, ningún crimen—dijo Sherlock Holmes, riéndose. —Solamente uno de esos fantásticos incidentes pequeños que suceden cuando tiene usted cuatro millones de seres humanos que se empujan los unos a los otros en el espacio de unas cuantas millas cuadradas. Entre la acción y la reacción de un hormiguero de humanidad tan denso, hay que esperar que ocurran todas las posibles combinaciones de acontecimientos, y más de un pequeño problema se presentará, que llame la atención y sea raro sin ser criminal. Ya nos ha sucedido tener que hacer con casos de esa especie.

—Tan es así—contesté—que de los últimos seis casos que he agregado a mis apuntes, tres carecen del carácter criminal ante la ley.

—Precisamente usted alude a mi tentativa para recuperar los papeles de Irene Adler, al singular asunto de la señorita María Sutherland y a la aventura del hombre del labio torcido. Pues bien: no dudo de que también este pequeño asunto va a caer dentro de la misma categoría. ¿Usted conoce á Peterson, el comisionista?

—Sí.

—A él pertenece este trofeo.

—¿Es un sombrero suyo?

—No, no: lo encontró. No sabemos quien sea el dueño. Ruego a usted que lo mire, no como una galerita estropeada, sino como un problema intelectual. Pero, primero, diré a usted cómo ha venido a dar aquí. Llegó en la mañana de Navidad, en compañía de un buen ganso gordo, el cual, no tengo duda de ello, se asa en este momento delante del fuego de Peterson. Los hechos son estos: a eso de las cuatro de la mañana de Navidad, Peterson, mozo honrado a carta cabal, como usted sabe, volvía de una pequeña fiesta, y pasaba por la Avenida Tottenham en dirección a casa. Por delante de él vió, a la luz del gas, a un hombre de elevada estatura, que andaba con paso no muy firme y llevaba colgado del hombro un ganso blanco. Al llegar a la esquina de la calle Goodge, estalló una riña entre ese individuo y un pequeño grupo de vagabundos. Uno de éstos hizo caer al suelo el sombrero del hombre, el cual, entonces, levantó su bastón para defenderse, y al darle vuelo hacia atrás, rompió la vidriera de una tienda. Peterson había corrido a proteger al hombre contra sus asaltantes; pero éste, asustado de haber roto el vidrio y al ver que se acercaba una persona vestida con un uniforme que le daba aspecto oficial, dejó caer el ganso, echó a correr, y se perdió en el laberinto de callejuelas que se extiende por detrás de la Avenida Tottenham. También los vagabundos habían huido al aparecer Peterson, de modo que éste quedó dueño del campo de batalla, y también del botín de la victoria, que consistían en este raído sombrero y en el más irreprochable ganso de Navidad.

—¿Los cuales, naturalmente, debieron ser devueltos a su dueño?

—Querido amigo: ahí está el problema.—Cierto es que en una pequeña tarjeta atada a la pata izquierda del ganso estaban impresas estas palabras: «Para la señora de Enrique Baker», y verdad es también que las iniciales «E. B.» están legibles en el forro de este sombrero; pero como hay algunos miles de Bakers y algunos centenares de Enrique Baker en esta nuestra ciudad, no es fácil devolver estos bienes a su legitimo dueño.

—Entonces ¿qué hizo Peterson?

—Me trajo las dos cosas, sombrero y ganso, en la misma mañana de Navidad, sabedor como es de que hasta los más pequeños problemas me interesan. El ganso quedó en depósito hasta esta mañana que, a pesar de la temperatura fría, comenzó a hacer ver que era necesario comerlo sin más tardanza. Su hallador se lo ha llevado, pues, para que sufra el último destino de un ganso, y yo sigo depositario del sombrero perteneciente al desconocido caballero que perdió su manjar de Navidad.

—¿No puso avisos en los diarios?

—No.

—Entonces, ¿qué clave podría usted tener con respecto a su identidad?

—Solamente lo que es posible deducir.

—¿Del sombrero?

—Precisamente.

—Usted se chancea. ¿Qué puede usted descubrir en este sombrero viejo y estropeado?

—Tome usted esta lente, usted conoce mis métodos. ¿Qué puede usted mismo descubrir con respecto a la individualidad del caballero que ha usado esta prenda?

Tomé con ambas manos el maltratado objeto, y lo volví de un lado a otro, con ademán más triste que alegre. Era un sombrero negro muy ordinario, de la usual forma redonda, duro, y muy gastado por el uso. El forro había sido de seda roja, pero estaba bastante descolorido. No tenía el nombre del fabricante; pero, como Holmes habia observado, tenía las iniciales «E. B.» escritas en un lado. Un ganchito para sujetarlo del cordón elástico atravesaba el ala. pero el cordón fallaba, Por lo demás, estaba roto y abollado, en extremo polvoriento, y tenia varias manchas, aunque parecía que se hubiera tratado de cubrirlas con tinta.

—Nada puedo ver en él—dije, devolviéndolo a mi amigo.

—Al contrario, Watson, lo puede usted ver todo; lo que sucede es que no acierta usted a razonar lo que ve. Es usted demasiado tímido para sacar deducciones.

—Bueno. ¿Y usted podría decirme lo que deduce de este sombrero?

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