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Sherlock Holmes - Las cinco pepitas de naranja, Las cinco pepitas de naranja - 02

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Las cinco pepitas de naranja - 02

El joven arrastró su silla y expuso sus mojados pies al calor de las llamas.

—Yo me llamo—dijo—Juan Openshaw; pero lo que me concierne personalmente tiene poco que hacer, en cuanto alcanzó a comprender, con este horrible asunto. Se trata de una cuestión de herencia, de modo que para dar a ustedes una idea de los hechos, tengo que volver hasta el principio.

«Deben ustedes saber que mi abuelo tuvo dos hijos: mi tío, Elías, y mi padre, José. Mi padre tenía una pequeña factoría en Coventry, la cual extendió en la época de la invención de la bicicleta. Sacó patente para la «llanta Openshaw», y tan bien le fue en el negocio, que pronto pudo venderlo y retirarse con un buen capital.

«Mi tío Elías emigró a América en su juventud, y se hizo agricultor en Florida, donde se decía que había prosperado. Durante la guerra, peleó en el ejército de Jackson, y después bajo las órdenes de Hood, y llegó al grado de coronel. Cuando Lee rindió las armas, mi tío volvió a su granja, donde permaneció tres ó cuatro años.

En 1869 ó 1870, regresó a Europa y compró una pequeña propiedad en Sossex, cerca de Horsham. Había hecho una considerable fortuna en los Estados Unidos, y su razón para abandonar aquel país era la aversión que tenía a los negros y su disgusto por la política republicana que les concedió la libertad. Era un hombre singular, de carácter altivo y violento, rudo en sus palabras cuando estaba enojado, y de inclinaciones a la más absoluta soledad.

Dudo de que en todos los años que vivió en Horsham pusiera una vez los pies en el pueblo. Tenía un jardín y dos ó tres trozos de terreno en torno de su casa, y allí hacía ejercicio, aunque también se pasaba a menudo semanas sin salir de su cuarto. Bebía mucho brandy, fumaba abundantemente, pero no gustaba de la sociedad, ni quería tener amigos, ni siquiera ver a su hermano.

«Conmigo no rezaba eso; al contrario, me tomó cariño desde la primera vez que me vió: esto debe haber sido en 1878, después de haber estado él unos ocho ó nueve años en Inglaterra. Rogó a mi padre que me dejara vivir con él, y siempre fue muy bueno conmigo, a su manera. Cuando no estaba ebrio, solía llamarme para jugar chaquete y damas, y poco a poco me hizo su representante ante los criados y ante la gente que tenia que arreglar negocios con él, de modo que cuando llegué a los 16 años era en gran parte el amo de la casa. Yo tenía todas las llaves, y podía ir adonde quería y hacer lo que me agradaba, mientras no le turbara sus hábitos de reclusión. Había en esto, sin embargo, una excepción singular: tenía él un cuarto, una habitación de madera situada entre las buhardillas, que estaba siempre cerrada y a la cual no permitía que entrara yo ni nadie. Con la curiosidad propia del niño había yo mirado por el agujero de la cerradura, pero nunca había alcanzado a ver más que un amontonamiento de viejos baules y atados como el que debía haber en semejante cuarto.

«Un día—esto sucedía en marzo de 1883—había una carta con estampilla extranjera en la mesa, delante del plato del coronel. No era cosa común que recibiera cartas, pues pagaba todas sus cuentas al contado y no tenía amigos de ninguna clase.

«¡De la India!—dijo, al tomarla.—Sello de Pondicery! ¿Que será?

«La abrió apresuradamente, y de adentro saltaron cinco pepitas secas de naranja, que se desparramaron en su plato. Yo empecé a reírme al ver eso, pero la risa se desvaneció de mis labios al ver la expresión de su cara: el labio inferior caído, los ojos salidos de las órbitas, la cutis del color del yeso, y la mirada fija en el sobre que todavía tenía en la mano temblorosa.

—«¡K. K. K! gimió; y luego: ¡Dios mio! ¡Dios mío! Mis pecados recaen sobre mi cabeza!

—¿Qué es eso, tío?—exclamé.

—«La muerte—contestó: y levantándose de la mesa, me dejó palpitante de terror.

«Yo tomé el sobre y ví, trazadas con tinta roja en la parte interior, la letra K tres veces repetida. Dentro del sobre no había habido otra cosa que las cinco pepitas secas. ¿Cuál podía ser la razón de su abrumador terror? Me levanté también de la mesa del desayuno, y al subir la escalera me encontré con él que bajaba llevando en una mano una vieja y mohosa llave que debía ser de la buhardilla, y en la otra un pequeño cofre de bronce, como los que sirven para guardar dinero.

—Pueden hacer lo que quieran, pero yo contrarrestaré todavía su acción—dijo, con una imprecación.—Dí a María que hoy necesito fuego en mi cuarto, y envía a llamar a Fordham, el abogado de Horsham.

«Hice lo que me ordenaba, y cuando el abogado llegó me avisaron que mi tío me quería ver en su cuarto. El fuego ardía vivamente, y en el fogón había una cantidad de cenizas negras y ligeras, como de papel quemado, y el cofre de bronce estaba abierto y vacío a un lado. Al mirar el cofre noté, con sobresalto, que en la tapa estaban impresas las tres K. que había leído por la mañana en el sobre.

«Quiero, Juan—me dijo mi tío—que seas testigo de mi testamento. Dejo mis propiedades, con todas sus ventajas y sus desventajas, a mi hermano, tu padre, del cual, sin duda, pasarán a ti. Si puedes gozar de ellas en paz ¡tanto mejor! Si no lo puedes, sigue mi consejo, hijo mío, y cede los bienes a tu más mortal enemigo. Siento mucho darte semejante arma de dos filos, pero no puedo decir qué giro tomarán las cosas. Firma el papel que el señor Fordham presenta.

«Firmé el papel, y el abogado se lo llevó. El incidente me produjo, como ustedes pueden suponer, la impresión más profunda, y yo lo volví y revolví en mi mente, sin alcanzar a deducir nada de él. Y no podía desprenderme del vago sentimiento de temor que había dejado tras de sí, aunque la sensación se hacía menos aguda a medida que las semanas pasaban, y nada ocurría que turbara la habitual rutina de nuestras vidas. Fácil me era notar un cambio en mi tío, sin embargo: bebía más que nunca, y se mostraba menos inclinado que nunca a cualquier clase de sociedad. Pasaba la mayor parte de su tiempo en su cuarto, con la puerta cerrada con llave, pero a veces salía, en una especie de frenesí de embriaguez, y se precipitaba fuera de la casa y corría por todo el jardín, revólver en mano, gritando que no temía a hombre alguno, y que a él no había hombre ni diablo que pudiera degollarlo como al carnero en el matadero. Y cuando le pasaba el acceso de furor, volvía despavorido a la casa, y se encerraba con llaves y cerrojos, como el hombre que no puede seguir afrontando el terror que yace en el fondo de su alma. Hubo veces que le vi la cara, aun en días fríos, tan inundada de sudor que parecía que acabara de empaparla en una jofaina.

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