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Sherlock Holmes - Un caso de identidad, Un caso de identi... – Text to read

Sherlock Holmes - Un caso de identidad, Un caso de identidad - 06

고급 1 스페인어의 lesson to practice reading

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Un caso de identidad - 06

El señor Windibank dió un violento salto en su silla, y dejó caer los guantes.

- Tengo placer de oír lo que usted me dice - contestó.

- Es cosa curiosa - observó Holmes- que una máquina de escribir tenga realmente casi tanta individualidad como la letra de una persona. A no ser enteramente nuevas, no hay dos que escriban exactamente igual. Algunas letras se gastan más que otras, y las hay que sólo se gastan por un lado. Ahora, usted, señor Windibank, notará en esta carta suya que cada vez que hay una «e», aparece ligeramente borrada en la parte superior, y cada «r» tiene un pequeño defecto en la cola. Hay en la carta otros catorce rasgos característicos de la máquina de usted, pero éstos son los más claros.

- Toda la correspondencia de la oficina la escribimos en esa máquina, y no hay duda de que está algo gastada- contestó nuestro visitante, lanzando á Holmes una penetrante mirada de sus ojillos brillantes.

- Y ahora voy á enseñar á usted, señor Windibank, algo que es en realidad un estudio muy interesante - continuó Holmes. - Pienso escribir, uno de estos días, una pequeña monografia sobre la máquina de escribir y sus relaciones con el crimen. Este es un asunto al cual he consagrado alguna atención. Tengo aquí cuatro cartas que proceden del hombre desaparecido. Todas las cuatro han sido escritas con máquina. En cada una de ellas no sólo aparecen las «e» sin cola, borradas en la parte superior y las «r» a «e» sino que además podrá usted observar, si quiere usted usar mi lente de aumento, los otros catorce rasgos característicos á que he aludido.

El señor Windibank se paró de un salto y tomó su sombrero.

- No puedo perder tiempo en oír tan fantásticas divagaciones, señor Holmes - dijo. - Si puede usted agarrar al hombre, agárrelo usted y cuando ya lo tenga, avíseme.

- Muy bien - replicó Holmes, levantándose y acercándose á la puerta la cerró con llave.- ¡Pues aviso á usted que ya lo tengo!

- ¿Qué? ¿Dónde? - gritó el señor Windibank, palideciendo hasta los labios y mirando en torno suyo, como una rata en la trampa.

- ¡Oh! eso de nada le servirá a usted…de nada - dijo Holmes suavemente. - No hay posibilidad de negarlo, señor Windibank. La cosa era demasiado transparente, y me dirigió usted un cumplido muy malo cuando me dijo que me seria imposible resolver una cuestión tan sencilla. ¡Eso es! Siéntese usted y hablemos.

Nuestro visitante se desplomó en una silla, con una cara de muerto y la frente brillante de sudor.

- Nada… nada hay en ello que la ley castigue - balbuceó.

- Así lo temo; pero, aquí entre nosotros, señor Windibank, esta es la farsa más cruel, egoísta é inhumana, hecha de la manera más mezquina que he visto en mi vida. Ahora, voy á describir rápidamente el curso de los sucesos, y usted me contradecirá si me equivoco.

El individuo estaba desplomado en su silla, con la cabeza caída sobre el pecho, como alguien que se siente literalmente aplastado. Holmes apoyó ambos pies en un lado de la estufa, y echado hacia atrás en su sillón, con ambas manos en los bolsillos, empezó á hablar, más consigo mismo, al parecer, que con nosotros.

- El hombre se casó por dinero, con una mujer mucho mayor que él - dijo, - y usufructuó el dinero de la hija mientras ésta vivió con ellos. La suma era considerable para gente de su posición, y su pérdida habría determinado una notable diferencia en la vida de la casa; valía la pena de conservarla. La hija era de carácter bueno; amable, pero fácil de concebir un afecto y de ser vehemente á su manera, de modo que era evidente que, uniendo á eso sus prendas personales y su pequeña renta, no se quedaría soltera durante mucho tiempo. Y su casamiento significaría, por supuesto, la pérdida de cien libras anuales. Entonces ¿qué hace el padrastro para impedir esa pérdida? Adopta el fácil recurso de guardarla en la casa, prohibiéndola que acepte amistades con personas de su edad. Pero en breve se convence de que eso no le servirá para mucho tiempo: la joven da señales de independencia, insiste en afirmar sus derechos, y, por último, anuncia su decidida intención de ir á un baile, ¿Qué hace entonces su inteligente padrastro? Concibe una idea más favorable para su cabeza que para su corazón. Con la connivencia y ayuda de su esposa, se disfraza, cubre esos penetrantes ojos con unos anteojos ahumados, esconde sus facciones detrás de un bigote y de un par de tupidas patillas, baja esa voz clara á un murmullo insinuante, y, doblemente seguro por lo corto de vista que es la joven, se presenta como el señor Hosmer Angel, y aleja á todos los pretendientes, fingiéndose enamorado él mismo.

- Al principio no fué más que una broma - gruño nuestro visitante. - Nunca creímos que fuera hasta muy lejos.

- Podría ser. Pero, como quiera que fuera, la joven se dejó decididamente arrastrar, y convencida de que su padrastro estaba en Francia, ni por un momento se le ocurrió la sospecha de una farsa traidora. Se sentía halagada por las atenciones del caballero, y el efecto de éstas aumentó por la admiración que la madre expresaba á cada instante. Entonces empezó el señor Angel á visitar la casa, pues claro estaba que si se quería producir un efecto real, había que llevar el asunto hasta donde pudiera ir. Hubo entrevistas y compromiso, que servía para apartar a la joven de cualquiera otra afección. Pero el engaño no podía continuar así para siempre. Esos supuestos viajes á Francia implicaban incomodidades. Lo que había que hacer era, evidentemente, poner fin á las cosas de una manera tan dramática, que dejara en la mente de la joven una impresión permanente y la impidiera por algún tiempo fijarse en ningún otro pretendiente. De ahí esos votos de fidelidad sobre la Biblia, y de ahí también las alusiones á la posibilidad dé que en la mañana del día de la boda sucediera algo. Santiago Windibank deseaba que la señorita Sutherland estuviera tan ligada á Hosmer Angel, y tan insegura acerca de su suerte, que durante los diez años siguientes, por lo menos, no prestara oídos á ningún otro hombre. Fué con ella hasta la puerta de la iglesia, y luego, como no podía ir más lejos, se evaporó á tiempo, mediante la conocida trampa de entrar en un coche por una portezuela y salir por la otra. ¡Me parece que esa es la cadena de los sucesos, señor Windibank!

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