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Sherlock Holmes - Un caso de identidad, Un caso de identi... – Text to read

Sherlock Holmes - Un caso de identidad, Un caso de identidad - 05

고급 1 스페인어의 lesson to practice reading

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Un caso de identidad - 05

Acerqué á la luz el pedacito de papel impreso:

«Desaparecido - decía, - en la mañana del 14, un caballero llamado Hosmer Angel. Estatura, unos 5 pies 7 pulgadas, robusto, tez cetrina, pelo negro, un poco calvo en el centro, patillas negras y tupidas, bigote tupido; anteojos ahumados, ligera dificultad en el hablar. La última vez que se le vió estaba vestido con una levita negra de solapas de seda, chaleco negro, cadena de oro Albert, pantalón gris Harris de rayas, polainas habano, botines de elásticos. Estaba empleado en una oficina de la calle Leaderhall. La persona que dé informaciones, etc., etc.»

- Muy bien - dijo Holmes. - Por lo que hace á las cartas - añadió, recorriéndolas con la vista - son de las más comunes. Ninguna presenta indicios personales del señor Angel, salvo una que contiene una cita de Balzac. Hay en todas ellas, sin embargo, un punto que no dudo haya llamado la atención de usted.

- Que están escritas con máquina.

- No sólo eso, sino que la firma está igualmente hecha con máquina. Mire usted, las palabras tan limpiamente impresas al final: Hosmer Angel. Luego ve usted que hay fecha, pero no dirección, salvo «calle Leaderhall», lo que es bastante vago. Lo de la firma es muy sugerente…en una palabra, podemos decir que es concluyente.

- ¿En qué?

- Querido amigo, es posible que usted no vea el gran peso que lo de la firma tiene en el asunto.

- No alcanzo á ver otra cosa que el deseo de ese hombre de negar que la firma era suya en el caso de que se le siguiera un juicio por ruptura de promesa de matrimonio.

- No, no es ese el punto. Sin embargo, voy á escribir dos cartas que resolverán el asunto. Una es para una firma de la City, la otra para el señor Windibank, el padrastro de la joven; á éste le preguntaré si puede venir á vernos mañana á las seis de la tarde. Al fin y al cabo, es conveniente entenderse con los parientes masculinos. Y ahora, doctor, nada podemos hacer hasta que nos lleguen las respuestas á esas dos cartas, de modo que pondremos nuestro pequeño problema en la casilla de los aplazados.

Yo había tenido ya tantas razones para creer en el sutil poder de razonamiento de mi amigo y en su extraordinaria energía en la acción, que comprendí que debía tener algunos fundamentos sólidos para la manera segura y desembarazada con que trataba al singular misterio que había sido llamado á sondear. Sólo una vez le había visto fallar: el caso del rey de Bohemia y de la fotografía de Irene Adler; pero cuando volvi la memoria al intrincado asunto de la Señal de los Cuatro y á las extraordinarias circunstancias del Estudio en Escarlata, me dije que la madeja que él no pudiera desenredar tenía seguramente que estar muy enredada.

Le dejé en su cuarto, todavía exhalando el humo de su pipa negra de yeso, con la convicción de que, al volver en la mañana siguiente, encontraría en sus manos todos los elementos necesarios para descubrir la identidad del desaparecido novio de la señorita María Sutherland.

Un caso médico de suma gravedad preocupaba mi atención en esos momentos, y durante todo el día siguiente estuve ocupado en la cabecera del enfermo. Hasta cerca de las seis de la tarde no me vi libre, y en el acto me metí en un coche y corríá la calle Baker, algo temeroso de llegar demasiado tarde para asistir al dénouement del pequeño misterio. Pero encontré á Sherlock Holmes solo, medio dormido, su largo y delgado cuerpo medio enroscado en el sillón. Una formidable batería de botellas y retortas, y el penetrante olor del ácido hidroclórico, me dijeron que había pasado el día en los trabajos químicos para él tan queridos.

-¿Y lo ha resuelto usted? - le pregunté al entrar.

- Si; era bisulfato de barita.

- ¡No, no; el misterio! - le repliqué.

- ¡Oh! ¿Hablaba usted de eso? Yo pensaba en las sales que he estado analizando y mezclando. Ningún misterio había en el asunto, aunque, como dije á usted ayer, algunos de sus pormenores son interesantes. Lo único malo es que (por lo menos yo lo temo) no existe ninguna ley que alcance al malvado.

- Pero ¿quién es él, y cuál ha sido su objeto al abandonar á la señorita Sutherland?

No bien había salido esta pregunta de mi boca, y antes de que Holmes hubiera tenido tiempo de abrir los labios para contestar, oímos pesados pasos en el pasadizo y un golpe en la puerta.

- Es el señor Windibank, el padrastro de la joven- dijo Holmes. - Me escribió que vendría á las seis, ¡Adelante!

El hombre que entró era robusto y de estatura mediana, de unos treinta años de edad, completamente afeitado y de cutis cetrino, de maneras suaves é insinuantes, y con un par de ojos pardos maravillosamente penetrantes. Lanzó una ojeada interrogadora á cada uno de nosotros, colocó su reluciente sombrero de pelo en la cómoda, y después de saludar con una ligera inclinación de cabeza, se dejó caer en la silla que tenía más cerca.

- Buenas tardes, señor Windibank - dijo Holmes. Creo que es de usted esta carta escrita con máquina, en la que me decía usted que vendría esta tarde á las seis.

- Si, señor. Temo haber llegado con algún atraso, pero no soy dueño de mi tiempo, ¿sabe usted? Siento que la señorita Sutherland haya molestado á usted con este asuntito, porque opino que no se debe lavar en público ropa tan sucia como ésta. Si ha venido ha sido contra mi voluntad; pero es una muchacha excitable, impulsiva, como usted habrá podido notar, y una vez que ha tomado una resolución sobre un asunto, no es fácil disuadirla. Por supuesto, no me molesta tanto que haya venido á ver á usted, pues usted no pertenece a la policía oficial; pero no es agradable ver una desgracia de familia como esta, divulgada afuera. Además, es un gasto inútil, porque ¿cómo habla usted de poder encontrar á ese Hosmer Angel?

- Al contrario - dijo tranquilamente Holmes, - tengo toda clase de razones para creer que conseguiré descubrir al señor Hosmer Angel.

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