Un caso de identidad - 02
Cuando una mujer ha sido ofendida por un hombre, ya no vacila, y el síntoma corriente es la rotura de un alambre de campanilla. En el presente caso podemos dar por seguro que se trata de un asunto de amor, pero que la señorita no está todavía extremadamente enojada, ni perpleja ni resentida.
Cuando decía estas últimas palabras, sonó un golpe en la puerta, y el muchacho entró á anunciar á la señorita María Sutherland, y esta en persona asomó por detrás de la pequeña figura negra del sirviente, parecida á una fragata con sus velas desplegadas, detrás de un frágil botecillo. Sherlock Holmes la saludó con la desembarazada cortesía que era una de sus cualidades notables, y después de haber cerrado la puerta y hecho que la visitante se sentara en un sillón, la miró con la manera minuciosa y al mismo tiempo abstraída que le era peculiar.
- ¿No le parece á usted - dijo- que tan corta de vista como es usted, es esforzarse demasiado el trabajar tanto en la máquina de escribir?
- Al principio tenía que esforzarme mucho - contestó; - pero ahora sé donde están las letras sin mirar.
Pero en seguida, dándose cuenta de todo el significado de la observación de Holmes, se estremeció violentamente, y miró con temor y asombro la ancha cara de su interlocutor, que rebosaba de buen humor.
- ¡Usted ha oído hablar de mi, señor Holmes! - exclamó. Sino ¿cómo podría usted saber eso?
- No importa - dijo Holmes, riéndose: - es parte de mi profesión el saberlo todo. Quizás me habré ejercitado en ver lo que para otros pasa inadvertido. Y si así no fuera por qué habría usted venido á consultarme?
- He venido á ver á usted, señor, porque he oído hablar de usted á la señora Etherege, al esposo de la cual encontró usted tan fácilmente cuando la policía y todos lo habían dado por muerto. ¡Oh, señor Holmes! ¡Ojalá pudiera usted hacer otro tanto por mi! No soy rica, pero de todos modos, tengo unas cien libras anuales que me pertenecen personalmente, aparte de lo que gano en la máquina, y lo daría todo por saber lo que ha sido del señor Hosmer Angel.
- ¿Por qué ha venido usted tan á prisa á consultarme?- preguntó Sherlock Holmes, con las puntas de los dedos juntas y los ojos en el cielo raso.
Otra vez apareció una expresión de asombro en la cara en cierto modo inexpresiva de la señorita Maria Sutherland.
- Si; salí violentamente de la casa - dijo - porque me enojó el ver la indiferente manera con que el señor Windibank, es decir, mi padre, tomaba el asunto: no quería advertir á la policía, ni venir á ver á usted, y su inacción y sus repetidas afirmaciones de que no había motivo para alarmarse, me sacaron de quicio por último. Me he marchado de la casa con todas mis cosas, y he venido directamente á ver á usted.
- El padre de usted - dijo Holmes- el padrastro, puesto que su apellido es diferente del de usted.
- Si, mi padrastro. Le digo padre, aunque parece raro que llame así á un hombre que es apenas cinco años y medio mayor que yo.
- ¿Y la madre de usted vive?
- ¡Oh, si! Mi madre está viva y bien de salud. No crea usted que me agradó mucho, señor Holmes, cuando se casó nuevamente al cabo de tan poco tiempo de haber muerto mi padre, y con un hombre que era cerca de quince años menor que ella. Mi padre tenía una plomeria en la avenida de Tothenham Court, y al morirse dejó el negocio en buenas condiciones; mi madre siguió manejándolo con el señor Hardy, el jefe del taller; pero cuando llegó el señor Windibank la hizo vender el establecimiento, porque él, en su calidad de agente viajero para la venta de vinos, era muy superior á aquel negocio. Reciberon cuatro mil setecientas libras por el capital y prima, lo que no se acercaba siquiera á lo que mi padre habría sacado si hubiera vivido.
Yo esperaba ver á Sherlock Holmes, impaciente ante esta narración interminable é inútil, pero, al contrario, la escuchó con la atención más concentrada.
- La pequeña renta anual que recibe usted- preguntó - viene de la venta del negocio?
- ¡Oh, no, señor! Es cosa completamente distinta; me la dejó mi tío Ned, en Auckland, Está en títulos de Nueva Zelandia, que producen 4 y medio por ciento. El capital es dos mil quinientas libras, pero yo sólo puedo cobrar los réditos.
- Lo que me dice usted me interesa en extremo - dijo Holmes. - Y, una vez que percibe usted una suma tan respetable como son cien libras al año, y además tiene usted lo que gana, sin duda viaja usted un poco, y se da gusto en cuanto le agrada. Yo creo que una señora ó señorita sola pueda vivir muy bien con una renta de unas sesenta libras.
- Ya podría vivir con mucho menos que eso, señor Holmes, pero usted comprenderá que viviendo como vivo en la casa de mis padres, no deseo ser una carga para ellos, lo que hace que ellos gocen de mi dinero mientras esté yo en la casa. Naturalmente á mí me parece muy justo. El señor Windibank cobra los intereses cada trimestre, y los entrega á mi madre, y para mis gastos personales yo me arreglo bien con lo que gano con mi máquina. Me pagan dos peniques por cada hoja y á menudo hago quince y hasta veinte hojas en un día.
- Me ha explicado usted su posición con mucha claridad - dijo Holmes. - El señor es mi amigo, el doctor Watson, delante del cual puede usted hablar con tanta libertad como delante de mi mismo. Tenga usted la bondad de decirnos ahora todo lo que se refiere a las relaciones de usted con el señor Hosmer Angel.