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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, Los auxiliares ... – Text to read

Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, Los auxiliares de Baker Street - 03

고급 1 스페인어의 lesson to practice reading

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Los auxiliares de Baker Street - 03

Tomé el periódico y leí la corta noticia, que tenía por encabezamiento: «Misterioso asunto en Upper Norwood.»

El señor Bartolomé Sholto, de Pondicherry Lodge, Upper Norwood, decía el Standard, fué hallado muerto en su cuarto, anoche, como á las 12, bajo circunstancias que indican la existencia de un crimen. Según nuestros informes, en la persona del señor Sholto no se han hallado señales visibles de violencia, pero una valiosa colección de piedras preciosas de la India, que el difunto había heredado de su padre, ha sido substraida de la casa. El descubrimiento fué hecho por el señor Sherlock Holmes el y doctor Watson, que habían ido á la casa con el señor Tadeo Sholto, hermano del muerto. El conocido miembro de la fuerza de detectives, señor Athelney Jones, estaba casualmente y por singular fortuna, en la estación de policía de Norwood, y á la media hora del primer aviso ya se encontraba en el terreno. En el acto consagró sus ejercitadas y notables facultades á procurar la detención de los criminales, y el feliz resultado ha sido el arresto de Tadeo Sholto, hermano del muerto, junto con el ama de llaves, señora Bernstone, un criado indio llamado Lal Rao y el portero, llamado Mc. Murdo. Es indudable que el ladrón ó ladrones conocían bien la casa, pues el señor Jones ha podido, mediante sus probados conocimientos técnicos y su poder de minuciosa observación, comprobar que los malvados no pudieron entrar por la puerta ni por la ventana, sino por el techo del edificio, penetrando por una puerta-claraboya en un cuarto que se comunicaba con aquel en que el cadáver fué hallado. Este hecho, que ha sido perfectamente puesto en claro, prueba de manera concluyente que no se trata de ladrones que hubieran entrado á la casa entregados á la casualidad. La pronta y enérgica acción de los funcionarios de la ley, prueban la gran ventaja de que en ocasiones como ésta pueda operar inmediatamente un cerebro vigoroso y enérgico. No podemos menos que señalar en esto, un argumento en favor de los que deseen ver más descentralizado nuestro servicio de detectives, y puesto así en contacto más inmediato y efectivo con los asuntos que le corresponde investigar.»

- ¿No es admirable? - dijo Holmes, saboreando su taza de café. - ¿Qué piensa usted de eso?

- Lo que creo es que hasta usted y yo hemos estado muy cerca de ser arrestados como cómplices.

- Yo también lo creo, y ahora mismo no respondería de nuestra libertad si Jones sufriera un nuevo ataque de energía.

En ese instante sonó la campanilla con fuerza, y la señora Hudson, la patrona de la casa, dió algunos gritos de cólera y confusión.

- ¡Por Dios, Holmes! - exclamé medio levantándome de mi asiento. - Creo que ya están ahí en busca nuestra.

- No, la situación no es tan grave. Quienes están ahí son los de la fuerza no oficial: los irregulares de Baker Street.

Mientras Holmes hablaba, oímos en la escalera un rumor de pies desnudos, muchas voces chillonas, y luego entraron en el cuarto una docena de pilluelos de las calles, sucios y harapientos. No obstante su tumultuosa entrada, se notaba en ellos cierta disciplina, pues inmediatamente se alinearon enfrente de nosotros, mirándonos, como si esperaran nuestras órdenes. Uno de ellos, más alto y de más años que los otros, se puso á nuestro frente, con una expresión de importancia y superioridad muy divertida en semejante escarabajito.

- Recibí su telegrama, señor - dijo, - y en seguida me vine con ellos. Ochenta centavos, y también doce para el ómnibus.

- Aquí están - contestó Holmes, sacando el dinero. - En adelante, los otros pueden informarte a ti, Wiggins, y tú á mí. No es posible que ustedes invadan la casa de esta manera. Sin embargo, no está demás por ahora que todos sigan mis instrucciones. Necesito saber el paradero de un vaporcito llamado La Aurora, perteneciente á Mordecai Smith, y pintado de negro con dos fajas rojas, chimenea negra con una franja blanca. Está río abajo, en alguna parte… Uno de ustedes debe ir al desembarcadero de Mordecai Smith, que está enfrente de Millbank, y preguntar si la lancha ha regresado ya.

Divídanse el trabajo, y registren minuciosamente ambas orillas. Apenas sepan algo, vengan á avisarme. ¿Han entendido?

- Si, gobernaor - contestó Wiggins.

- Para el pago, la misma tarifa que antes, y veinticinco pesos para el que encuentre el vaporcito. Aquí tienen un día adelantado. ¡Y largo de aquí!

A cada uno le dió veinticinco centavos, y todos se precipitaron escaleras abajo. Al instante los vi desde la ventana desbordarse por la calle.

- Si la lancha no se ha ido á pique, ellos me la encontrarán - dijo Holmes levantándose de la mesa y encendiendo su pipa. - Esos pueden ir á todas partes, verlo todo, oír lo que todos hablan. Espero que antes del anochecer me traigan la noticia de que la han descubierto. Mientras tanto, lo único que nosotros podemos hacer es esperar. Hasta que hayamos encontrado La Aurora ó al señor Mordecai Smith, no tendremos en nuestras manos la otra punta del hilo roto.

- Me parece que Toby podría comerse estos restos.

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