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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, Los auxiliares de Baker Street - 02

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Los auxiliares de Baker Street - 02

- Lo principal con esta clase de gente - dijo Holmes, cuando estuvimos sentados en los bancos de la chalana, - es no dejarles adivinar nunca que sus informaciones pueden ser de la menor importancia para uno; en el mismo instante en que llegan á creerlo, cierran la boca como una ostra. Por el contrario, si usted les escucha como protestando de la confidencia, tal cual yo lo acabo de hacer, tiene usted la probabilidad de obtener cuanto desee.

- Ahora parece que todo está claro - observé.

- ¿Y qué haría usted ahora?

- Alquilaría un vaporcito y me iría río abajo siguiendo la pista á La Aurora.

- Querido amigo, esa tarea sería colosal. La Aurora puede haber tocado en cualquiera de los muelles de uno u otro lado del río entre este punto y Greenwich. Desde el puente comienza un perfecto laberinto de desembarcaderos que tiene varias millas de extensión, y aún cuando no se dedicara usted á otra cosa emplearía usted en ella días y más días para visitarlos todos.

- Entonces acudamos á la policía.

- No. Probablemente llamaré á Athelney Jones, pero sólo en el último momento. No es mal hombre, y no deseo hacer nada que pueda herirlo en su profesión. Pero ya que hemos ido tan lejos en este asunto, tengo el capricho de desenredarlo solo.

- ¿Y si pusieran avisos en los periódicos pidiendo datos á los empleados de los muelles?

- Peor que peor. Nuestros hombres verían entonces que la persecución de que eran objeto arreciaba y se apresurarían á abandonar el país. Aun sin eso, hay probabilidades de que se ausenten; pero mientras se crean perfectamente en salvo, no se darán prisa á hacerlo. La energía de Jones nos va a servir en este sentido, pues es más que probable que su opinión sobre el asunto se abra paso hasta la prensa diaria, y los fugitivos creerán entonces que todos seguimos un falso rastro.

- ¿Y ahora qué vamos á hacer? - le pregunté en el momento en que desembarcábamos, cerca de la penitenciaría de Millbank.

- Tomar ese carruaje, irnos á casa, comer algo, y dormir una hora. Es casi seguro que esta noche la pasaremos también en vela. ¡Pare usted en una oficina de telégrafos, cochero! Vamos á quedarnos con Toby, porque todavía nos puede servir.

Nos detuvimos en la oficina de correos de la calle Great Peter, y Holmes envió su telegrama.

- ¿Para quién cree usted que es? - me preguntó al entrar en el coche, que se puso otra vez en marcha.

- Mi palabra que no lo sé.

- ¿Recuerda usted la división de detectives de donde saqué algunos para el asunto Jefferson Hope?

- ¿Y…? - le contesté riéndome.

- Pues este es un caso en que sus servicios nos serán inapreciables. Si me fallan, tengo todavía otros recursos; pero primero voy á ensayarlos á ellos. El telegrama era para Wiggins, mi sucio lugarteniente, y espero que antes de que hayamos concluido de almorzar, lo tengamos en casa con su pandilla.

Eran ya cerca de las nueve de la mañana, y yo comenzaba á sentir una fuerte reacción después de la serie de sobreexcitaciones de la noche. Estaba cansado y como aturdido, la mente obscura y el cuerpo rendido. Yo no participaba del entusiasmo profesional que impulsaba á mi compañero, ni tampoco el asunto me interesaba como un mero y abstracto problema intelectual. En cuanto a la muerte de Bartolomé Sholto, como no conocía á éste sino por referencias y muy poco, no podía sentir una intensa antipatía por sus asesinos. Pero la cuestión del tesoro era otra cosa, esas riquezas pertenecían á la señorita Morstan, en todo ó en parte, y mientras hubiera una probabilidad de recuperarlas, yo estaba decidido á dedicar mi vida á ese objeto. Verdadera que si yo encontraba el tesoro, con eso la colocaba lejos de mi alcance; pero el amor que se dejara influir por semejante reflexión sería mezquino y egoísta. Si Holmes se empeñaba en buscar á los criminales, yo tenía razones diez veces más poderosas para dedicarme á descubrir el tesoro.

Un baño que tomé en casa y un completo cambio de ropa me reconfortaron de manera maravillosa. Cuando bajé á nuestro cuarto, encontré el almuerzo servido, y Holmes vertía el café en las tazas.

- Aquí lo tiene usted - me dijo riéndose y enseñándome un periódico desplegado. - Entre el enérgico Jones y el ubicuo reporter han arreglado la cosa. Pero lo mejor es que coma usted primero su jamón con huevos, pues ya debe usted tener la cabeza llena con esta cuestión.

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