×

우리는 LingQ를 개선하기 위해서 쿠키를 사용합니다. 사이트를 방문함으로써 당신은 동의합니다 쿠키 정책.

Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, Los auxiliares ... – Text to read

Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, Los auxiliares de Baker Street - 01

고급 1 스페인어의 lesson to practice reading

지금 본 레슨 학습 시작

Los auxiliares de Baker Street - 01

- ¿Y ahora? - pregunté. - Toby ha perdido su fama de infalible.

- Toby ha procedido conforme á sus facultades - me contestó Holmes, bajándolo de sobre el barril y sacándolo afuera del aserradero. - Si usted piensa en la cantidad de creosota que se transporta por las calles y caminos de Londres en un solo día, no se asombrará de que con el rastro que seguimos se haya cruzado otro. Ahora se usa mucho la creosota, especialmente para la preparación de la madera. El pobre Toby no tiene la culpa.

- ¿Supongo que vamos á volver en busca del rastro?

- Sí; y felizmente no tenemos que desandar mucho camino. No cabe duda de que lo que hizo vacilar tanto al perro en la esquina de la plaza Knight, fué el encuentro de dos rastros diferentes, que se cruzaban en distintas direcciones. Nosotros hemos seguido uno equivocado, y ahora es claro que debemos tomar el otro.

La cosa se hizo sin dificultad. Condujimos á Toby al lugar de su equivocación, y vimos que después de olfatear en un ancho espacio, partió en dirección distinta de la anterior.

- Ahora debemos preocuparnos de que no nos lleve al sitio de procedencia del barril de creosota - observé.

- Ya lo había pensado; pero fíjese usted en que ahora sigue por la acera, y el barril ha pasado, naturalmente, por el costado de la calle. No; esta vez vamos por el buen camino.

El perro se dirigía hacia la ribera, y atravesó la plaza Belmont y la calle Prince. Al llegar al pie de la calle Ancha, cortó en línea recta hacia el río, encaminándose al pequeño muelle de madera, en el cual se detuvo, olfateando y mirando la obscura corriente que pasaba por abajo.

- No estamos de suerte - dijo Holmes. - Aquí han tomado un bote.

Había algunas pequeñas lanchas y botes varados en la orilla ó amarrados al muelle. Hicimos que Toby los recorriera de uno en uno, pero por más que los olió no dió señales de haber descubierto el rastro.

Junto al muelle se alzaba una pequeña casa de ladrillos, que en su segunda ventana ostentaba un letrero de madera que decía: «Mordecai Smith,» en gruesas letras, y más abajo: «Botes de alquiler, por hora y por día. » Una segunda inscripción, trazada sobre la puerta, nos informó de que también había una lancha de vapor, dato confirmado por una cantidad de coke amontonado en el muelle. Sherlock Holmes miró lentamente en derredor, y su rostro adquirió una expresión ominosa.

- Esto se pone malo - dijo. - Los tales sujetos son más vivos de lo que yo esperaba. Parece que se han preocupado de disimular su retirada, y temo que aquí, en este lugar, hubiesen preparado de antemano un serio plan.

Holmes se iba aproximando á la casa cuando la puerta se abrió, y por ella salió corriendo un muchachito de unos seis años y rizados cabellos, perseguido por una mujer gruesa y colorada, que tenía en la mano una enorme esponja.

- Vén á lavarte, Juanito - gritó la mujer. Vén pronto, renacuajo, canalla, que si tu padre vuelve y te encuentra así, no será poco lo que tengamos que oírle.

- ¡Lindo chiquillo! - exclamó Holmes, desplegando su estrategia. - ¿Qué buenos colores tiene el pícaro! Dime, Juanito, ¿qué es lo que tú querrías?

El chico reflexionó un momento.

- Yo queyo un chilín - contestó.

- ¿Y nada más?

- Queyo mejó do chilines - contestó el prodigio, después de otra meditación.

- ¡Pues aquí los tienes, agárralos! ¡Lindo chico, señora Smith!

- Dios lo bendiga á usted, señor. Cierto, es lindo, y también malo. Mucho trabajo me cuesta manejarlo, sobre todo cuando mi marido sale y se está varios días afuera.

- ¿Y ahora está ausente? - dijo Holmes con expresión de desconsuelo. - Lo siento mucho, pues yo deseaba hablar con el señor Smith.

- Desde ayer por la mañana está afuera, señor, y para decir la verdad, ya empiezo á inquietarme por él. Pero si es por un bote, señor, quién sabe si yo lo podría servir lo mismo.

- Deseaba alquilarle la lancha de vapor.

- ¡Vaya! Bendito sea usted, señor; pero él se ha ido en la lancha de vapor. Esto es lo que me da qué pensar, pues á bordo no había más carbón que el necesario para ir cuando mucho hasta Woolwich y volver. Si se hubiera ido en la chalana, yo no tendría cuidado, pues muchas veces ha tenido que ir á Gravesend llevando algo, y si ha encontrado trabajo por allá, se ha quedado. ¿Pero para qué sirve un vaporcito sin carbón?

- Puede haberlo comprado en el muelle de abajo.

- Puede haberlo comprado, señor, pero él no es capaz de eso, pues muchas son las veces que le he oído gritar contra los precios que cobran por unos cuantos sacos. Y, por otra parte, á mi no me es simpático ese cojo pata de palo, con su cara tan fea y su manera de hablar tan rara. ¿A qué puede venir tantas veces á la casa?

- ¿Un cojo pata de palo? - preguntó Holmes con negligente sorpresa.

- Sí, señor. Un hombre moreno, con cara de mono, que viene y vuelve á venir en busca de mi viejo. Anoche fué él quien lo hizo levantar de la cama, y lo que es más, mi marido sabía que el cojo iba á venir, pues había hecho vapor en la lancha. Se lo digo á usted con franqueza, señor: yo no estoy tranquila con lo que pasa.

- Pero mi querida señora Smith - dijo Holmes encogiéndose de hombros; - se está usted asustando de una nada. ¿Cómo es posible que diga usted que la persona que vino anoche fué el hombre de la pierna de palo? Yo no me explico cómo puede usted estar tan segura.

- Por su voz, señor. Conocí su voz, que cuando uno la oye cree ver una niebla muy espesa. Vino y golpeó en la ventana; serían como las tres. «Arriba, camarada – dijo: - es hora de salir al trabajo. » Mi viejo despertó á Jim - mi hijo mayor - y los dos se fueron, casi sin decirme una palabra. Yo oía el tuntún de la pata de palo en las piedras.

- ¿Y estaba solo el hombre de la pierna de palo?

- No podría decirlo con seguridad, señor. No oí más voz que la suya.

- Pues lo siento mucho, señora Smith, porque necesito una lancha de vapor, y tengo muy buenas noticias de la… Déjeme usted acordarme… ¿Cómo se llama?

- La Aurora, señor.

- ¡Ah! ¿No es una lancha vieja, verde, con una faja amarilla, y muy ancha en el medio?

- No, por cierto. Es una cosita tan fina que no hay en todo el río una que la iguale. No hace mucho que la pintaron de negro con dos fajas rojas.

- Gracias. Ojalá tenga usted pronto noticias del señor Smith. Yo voy á bajar al río, y si veo á La Aurora, avisaré al señor Smith que usted está inquieta. ¿Dice usted que la chimenea es negra?

- No del todo, señor. Negra con una faja blanca.

- ¡Ah! ¡Cierto! Los costados eran los negros. Adiós, señora Smith. Aquí viene un botero con su chalana, Watson. Tomémoslo para cruzar el río.

Learn languages from TV shows, movies, news, articles and more! Try LingQ for FREE